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Alberto Salcedo Ramos
Columnista

Alberto Salcedo Ramos

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Pecado capital

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alberto salcedo ramos

salcedoramos@gmail.com

Todos creemos que Maradona era un genio del fútbol, pero Pelé –la otra gran lumbrera de las canchas– solo se refiere a él en forma despectiva: lo trata de “pobre diablo”, de “vergüenza para el deporte”, y jamás le reconoce ningún mérito. Desde luego, su aversión está correspondida por Maradona: “a Pelé que lo devuelvan al museo”, propuso hace poco. En otra ocasión llegó más lejos: “Pelé debutó sexualmente con un pibe y le pegaba a la mujer”. Alguien tendría que decirles lo ridículos que se ven al intentar reducirse entre sí a caricaturas grotescas, negándose mutuamente las virtudes que los demás mortales les alabamos.

La inquina entre Maradona y Pelé es similar a la que había entre los actores Marlon Brando y Montgomery Clift, entre los escritores William Faulkner y Ernest Hemingway, entre los políticos Lyndon Johnson y Gerald Ford. Los poetas –sentenció Woody Allen– son como los mafiosos: solo se matan entre ellos. La frase podría aplicarse a los escultores, a los médicos, a cualquier gremio. Pintor desnuca a pintor y abogado desnuca a abogado. En cambio, hay que ver la generosidad con la cual el músico elogia al dramaturgo, el dramaturgo al diseñador de modas y el diseñador de modas al acróbata de circo.

A los seres humanos, tan competidores, tan egoístas, nos cuesta lágrimas y sangre admitir las cualidades de quienes comparten oficio con nosotros, lo cual se torna más dramático cuando, para rematar, los colegas pertenecen a nuestra propia generación. Gore Vidal, por ejemplo, era un torrente de elogios cuando se refería a Walt Whitman, poeta que le llevaba 106 años, y una catarata de improperios cuando hablaba de Truman Capote, quien era narrador, como él, y tenía prácticamente su edad.

Se llama envidia y es uno de los siete pecados capitales. Un mal que, según el exciclista “Cochise” Rodríguez, destruye a más personas que el mismísimo cáncer. El envidioso es infeliz, amargado. Se pone, de entrada, en una situación de inferioridad. En su paladar de criatura enfadada, el mejor vino del mundo se transforma en un vinagre tóxico. Nada le sabe bien, nada le satisface. Lo paradójico es que por pasar tanto tiempo deseando anular al envidiado –a quien en el fondo admira de manera pervertida– el envidioso termina anulándose a sí mismo. Y a menudo se convierte en un vulgar hampón. Entonces es Caín asesinando a su hermano Abel, o la patinadora Tonya Harding mandando a romperle una rodilla a su colega Nancy Kerrigan, o la reina de belleza cucuteña que ordenó quemarle la cara con ácido a su competidora María Fernanda Núñez.

Dante Alighieri imaginó un escarmiento terrible para los envidiosos: cerrarles los ojos y cosérselos, para que jamás festejen la desgracia del prójimo. Me temo que el verdadero castigo no es condenarlos a la ceguera sino dejarles intacta la vista, justamente para que sufran más con los laureles ajenos. Porque ese es el problema de los envidiosos: se dan mala vida por cuenta de una pasión dañina que, de todos modos, es inútil, pues no les ahorra la desdicha de ver desfilar frente a su casa la carroza triunfal de los seres a los cuales envidian.

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