La semana pasada el mundo conmemoró 25 años de la masacre en Srebrenica, cuando en plena guerra civil, más de 8.000 hombres y niños musulmanes bosnios fueron asesinados por serbiobosnios en las narices de Naciones Unidas. Un año después del genocidio de Ruanda, donde el gobierno hegemónico Hutu mató al 70 % de la minoría étnica Tutsi, durante 100 días que acabaron con la vida de cerca de 1 millón de personas, también frente a las miradas impávidas de Naciones Unidas. Ambas atrocidades han nublado ante nuestros ojos las posibilidades de conocer el mundo que realmente habitan quienes allí tratan de reconstruir su historia y de pasar la página.
Ojalá que la muerte nos deje conocer Bosnia - Herzegovina y Ruanda. Y perdernos en las alcobas de “La casa de nogal” donde Miljenko Jergović, trata de contar lo que pasaba en Yugoslavia, cuando el Mariscal Tito no metía la mano en la vida de la gente y tampoco había guerras en Los Balcanes. O compartir la sensación de estar por primera vez en Ruanda, mientras que Joseph Ndwaniye, reconoce su tierra después del genocidio en “La promesa que le hice a mi hermana”.
Ojalá que la muerte nos deje conocer Bosnia - Herzegovina y Ruanda. Para embelesarnos con los contrastes entre las tradiciones africanas que estallan en una diversidad de colores, y los edificios modernos e imponentes de Kigali, la capital ruandesa en el África oriental. Diferencias que también llenan los ojos en Bosnia, en el Puente de Mostar, que recuerda la arquitectura otomana, y en Stolac, donde la mirada encuentra unas cuevas que datan de 15 mil años atrás.
Ojalá que la muerte nos deje conocer Bosnia - Herzegovina y Ruanda. Escuchando sus músicas tradicionales, con todos los metales que recuerdan al medioevo y todas las influencias turcas y otomanas que han enriquecido los sonidos de Bosnia. Y todos los sonidos tradicionales de Ruanda que cuenta las historias de Héroes y Reyes.
Ojalá que la muerte nos deje conocer Bosnia - Herzegovina y Ruanda. A través de sus platos típicos, que para el caso de Ruanda no son tan picantes como los de los demás países de África, y nos podemos encontrar con sabores tan conocidos como una Tilapia frita. Y en el caso de Bosnia, muchos sabores turcos y otomanos, con la mezcla de una infinidad de especias que han pasado por allá.
Ojalá que la muerte nos deje conocer Bosnia - Herzegovina y Ruanda. Para que no antepongamos la historia de un pueblo a la naturaleza de la gente. Y es que no se trata de pasar de seguido la vista y perder la lección de tolerancia frente a la historia. Es simplemente ayudar a las personas que aún están allí construyendo todos los días, a escribir una nueva página.