Desde la vicepresidencia se propone que más mujeres ingresen a las fuerzas armadas. Pero yo pienso que una sociedad que ha vivido bajo el horror del imperio de las armas debería tratar de alejar de allí a sus ciudadanos, no atraerlos hacia él. El entrenamiento militar (legal o ilegal) es tan poderoso que sus adiestrados quedan convencidos de que la muerte “del enemigo” es necesaria o justificada. Cito a Reinaldo Spitaletta en una de sus columnas en El Espectador: según la Red Colombiana de Psicología Comunitaria el entrenamiento militar es tan deshumanizante que normaliza la brutalidad.
En un país tan violento como el que padecemos, donde las armas han sido protagonistas del dolor nacional de los últimos 50 años, las mujeres, víctimas y testigos directos de esa brutalidad, deberían, mejor, recibir todo el apoyo estatal para superar los traumas y ser, más bien, sanadas y preparadas para la reconciliación, la empatía, la solidaridad y la construcción de un mundo en paz. No estimular su vinculación a unas fuerzas armadas.
Por eso no estoy de acuerdo cuando desde la vicepresidencia de la República se propone, como se propuso la semana pasada, “promover la vinculación de más mujeres a la fuerza pública y contribuir a su desarrollo para que la sociedad colombiana se beneficie de su liderazgo y excelencia y reciba su aporte para tender mejores puentes de convivencia y armonía en la sociedad colombiana”. ¿Por qué no, más bien, direccionar todo ese estímulo gubernamental en el desarrollo de mujeres maestras, científicas, deportistas, mamás, o cualquier otra profesión (que no sea armada) para que, precisamente, la sociedad se beneficie de su liderazgo al tender puentes de convivencia y armonía? ¿Por qué estimularlo desde una fuerza armada y no desde la ciencia, por ejemplo?
Si lo que se pretende es alcanzar un país tolerante, respetuoso y en paz, para eliminar conductas y comportamientos violentos contra la mujer, como anuncia la misma vicepresidencia, no veo relación entre que las mujeres se vinculen a la fuerza pública y que se eliminen esos comportamientos violentos contra ellas. Esto solo se logrará cuando exista una política pública constante de educación para la paz, el respeto a la diferencia y la comprensión de la dignidad humana; así cualquier persona, en el lugar de la vida donde se encuentre, no actuará con violencia contra ninguna mujer.