Cuando yo era niño, había cierta conmiseración hacia las mujeres sin hijos. A las que estaban casadas y carecían de ellos se las miraba con abierta lástima, y aún se oían frases como “Dios no ha querido bendecirlas con esa alegría”, o “Pobrecilla, mira que lo ha intentado y no hay manera”. En numerosos ambientes y capas de la sociedad se creía a pie juntillas en la absurda doctrina de la Iglesia Católica imperante en España, a saber: que la función del matrimonio era la procreación; que debían recibirse con gozo o estoicismo (según el caso) cuantas criaturas llegaran; que la misión de las madres era dedicarse en exclusiva a su cuidado; que era no solo normal, sino recomendable, que cualquier mujer, una vez con descendencia, dejara de lado su...