ana cristina restrepo j.
Hace un par de semanas, asistí con mis hijos a un taller sobre aves rapaces en un parque científico. El tutor, con un poderoso halcón asido a su brazo, comenzó la sesión: “La visión romántica del vuelo corresponde a los seres humanos. Las aves vuelan porque lo necesitan: para desplazarse, para defenderse, para nutrirse”.
En el siglo XIX, en los suburbios de Londres, nació John Stuart Mill. Su pensamiento, que bebió de diversas fuentes, se convirtió en una especie de alas humanas: un individuo puede hacer con su vida lo que quiera, por más disparatado que parezca, siempre y cuando no haga daño a los demás. Su “atrevimiento” lo llevó a escribir Subjection of Women, un intento fallido por defender la equidad de género (el prejuicio social de la época había anidado en lo profundo de su alma).
Nadie es tan liberal como se cree.
Si bien el feminismo nos ofrece la posibilidad de conquistar nuevos territorios laborales, intelectuales, políticos, sentimentales y sexuales, todavía lloramos en el hombro de las amigas porque para muchas el sexo sigue amarrado al corazón; porque aun los hombres más libres, que se precian de amar mujeres también libres, repiten como un mantra: “Eres mía, solo mía”.
Decimos sí a la eutanasia, pero no queremos decidir sobre el cuerpo agonizante de un ser amado; nos solidarizamos con el libre albedrío del suicida porque jamás hemos enfrentado la imagen del cadáver de un hijo con una carta de despedida. Clamamos por el respeto a los gais, no obstante, nos sonrojamos si sentimos el más mínimo deseo homosexual...
¡Viva la libertad de cultos! aunque no encontremos sentido en la existencia de tanto dios (con o sin mayúscula). El pensamiento escéptico nos hace libres. Y nos condena a la duda, a la soledad.
La última columna de Yohir Akerman se atenía a los principios éticos de verificación y respeto a la verdad: su contenido, debatible; su procedimiento periodístico, correcto. Uno de los deberes del periodismo es “defender la buena fe de la población del engaño de los poderosos”, dice el maestro Javier Darío Restrepo, quien fue expulsado de estas páginas. El informe de La Sabana fue un abuso de poder académico: avaló una opinión disfrazada de investigación. Como la voz de Alejandro Ordóñez, un regreso a la premodernidad.
Akerman renunció, bajo presión. Su salida acaba con uno de los principios básicos que mueven al periodismo: la libertad.
El Colombiano nunca se ha reconocido como liberal, pero el deber ético le exige ser plural. “Bajo miradas de fuego”, sus “alas se derritieron”, como el poema de Baudelaire.
Esta columna rechaza el proceder de El Colombiano. Y no constituye una renuncia: es un ejercicio de resistencia, de disenso a favor de la libertad de expresión. Pienso en mis hijos, en los miles de niños que leen este periódico en sus escuelas: la libertad humana es como el vuelo del ave, un instrumento para desplazarnos, para defendernos, para nutrirnos.
Formar en la libertad es, también, un deber fundamental de la prensa.