Llamamos sagrada a la Familia de Nazaret porque siempre estuvo inspirada y orientada por el Padre celestial, de modo que el instinto de lo divino fue el común denominador de su existencia, hasta el punto de hacer posible lo imposible en cada paso del camino. Un padre justo como ningún otro, una madre inmaculada como ninguna otra, y un hijo que mejoraba radicalmente la existencia humana en cada abrir y cerrar de ojos.
José, el padre, tuvo la magia de saber leer en los sueños la orientación de su destino. El acierto con que se dejaba guiar por ellos, por los sueños, es digno de toda admiración. María, la madre, hizo de la palabra de Dios su razón de ser, con esta respuesta inspiradora: “hágase en mí según tu palabra”. Tenía el arte de saber escuchar al que habla sin ruido de palabras y orientarse por lo que oía.
Y Jesús, el Hijo, que vivía navegando en el océano divino del Padre, podía decir: “En verdad, en verdad les digo: el Hijo no puede hacer nada por su cuenta, sino lo que ve hacer al Padre; lo que hace él, eso también lo hace igualmente el Hijo” (Juan 5,19), dándole sentido a todo con este presupuesto: “Yo y el Padre somos uno” (Juan 10, 30).
La Familia de Nazaret recibió una educación llena de sabiduría divina porque su pedagogo era el Padre, de quien fueron siempre los niños consentidos. Jesús a su modo, María a su modo y José a su modo. El ambiente que se respiraba en el hogar de Nazaret era la revelación continua del Dios uno y trino.
Tenemos el ejemplo asombroso de Jesús a los doce años, en que va con sus padres a Jerusalén. De regreso, sin que sus padres se den cuenta, el niño se queda en el templo como en su casa. Después de tres días, sus padres, desolados, lo encuentran “sentado en medio de los maestros, escuchándolos y haciéndoles preguntas”. Y como el educador de Jesús era su Padre, “todos los que lo oían, estaban estupefactos por su inteligencia y sus respuestas” (Lc 2,46-47).
La Familia de Nazaret es el regalo de los regalos. En ella, hombres del siglo XXI, tenemos el modelo de lo que estamos llamados a ser. La mente y el corazón en armonía constante: entender lo que amamos, amar lo que entendemos. La pandemia nos está obligando a ver el hogar con ojos de amor, con el desafío constante de aprender a convivir, la tarea primordial de la educación, el arte por excelencia del ser humano