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Rosa Montero
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La primera piedra

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Por Rosa Montero

Hace varias semanas publiqué un artículo sobre el caso de Alexi McCammond, esa joven y brillante periodista norteamericana que, tras ser nombrada directora del Teen Vogue, se vio obligada a dimitir cuando la sometieron a un linchamiento por unos pocos tuits que había publicado a los 17 años, unas frases machistas y racistas pero tontísimas, adolescentes y leves, por las que, además, ya había pedido perdón años atrás. Pues bien, un lector me escribió: “¿Y dónde queda el derecho a rectificar cuando nos hemos equivocado?”. En efecto, me dije, ese es un gran tema: el derecho que todos tenemos a equivocarnos. Y luego me topé con un segundo comentario. Decía así: “Me ha recordado otro artículo tuyo, creo que de 2003, sobre el derecho a equivocarnos”.

A veces me asalta el acongojado temor de haberlo dicho todo ya lo menos veinte veces, después de tantos años publicando artículos.

Pero no, no cuentas lo mismo. Porque el camino de la vida es siempre distinto. Porque profundizas tu conocimiento y vas cambiando de mirada e incluso de opinión. ¡Porque vas aprendiendo de tus errores!

Hoy estoy convencida de que tenemos no sólo el derecho a equivocarnos, sino, de alguna manera, incluso el deber. Me refiero a que somos seres pensantes, o eso se supone; y a que, por consiguiente, debemos intentar pensar el mundo por nosotros mismos, fuera de los dogmas y los prejuicios de grupo, tan acogedores y protectores, pero también tan embrutecedores. Y, cuando piensas por tu cuenta, es inevitable equivocarse algunas veces. En realidad, es así como avanza el conocimiento.

Los científicos conocen bien la importancia esencial del error en el aprendizaje de las cosas; en última instancia, sabemos lo que hoy sabemos del mundo, desde lo más grande a lo más pequeño, desde las brutales explosiones estelares de las supernovas hasta los quarks, esas partículas cuánticas diminutérrimas, gracias al método empírico, esto es, avanzando por un camino de aciertos y de fallos. Por eso, y contra lo que mucha gente suele creer, si una investigación científica termina demostrando que la hipótesis que estaban estudiando es errónea, ese resultado no supone un fracaso. Porque descubrir nuestras equivocaciones es un hallazgo que nos hace más sabios.

Vivimos tiempos tremendamente intolerantes, y el manejo inexperto de las redes (algún día aprenderemos a controlarlas) está fomentando una virulencia inquisitorial en el corazón de los más mostrencos. Esa ferocidad cerril que rechaza el reconocimiento del error y ensalza una pureza inhumana y dogmática no sólo nos va a impedir madurar como personas, sino también como sociedad. En este sentido, los países protestantes siempre han sido más inclementes que los católicos. Cuando viví en Estados Unidos admiré muchas cosas de su cultura (la meritocracia, por ejemplo), pero me espantó su afán vengativo: allí quien yerra está perdido para siempre. En el catolicismo, en cambio, disponemos de ese invento esencial de la confesión y la absolución, lo cual, seas creyente o no, ha terminado originando una cultura que reconoce la falibilidad humana.

Aprender a perdonarnos nuestros errores nos permite enmendarlos y crecer, nos obliga a ponernos en el lugar de los demás y a cultivar la empatía. Ya lo decía la Biblia: quien esté libre de culpa que tire la primera piedra. El único ser humano incapaz de equivocarse es el que está muerto

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