Me acabo de pasar cerca de tres horas intentando sacar por Internet un abono para cuatro espectáculos en un teatro de Madrid. En primer lugar el procedimiento es ridículamente complicado, pero además, y para mi desgracia, ha ido dando errores todo el rato. Traté de corregirlos una y otra vez con progresiva irritación hasta que, desesperada, me rendí. He pagado el maldito abono pero no he conseguido una sola entrada, y siento esa desesperación algo kafkiana que sólo se experimenta ante las pifias electrónicas o los servicios de telefonía robotizados. Es como darte de cabezazos contra un caos ciego y sordo. Se me ocurrió hacer la gestión por Internet por la facilidad que supone, pero lo cierto es que habría sido mejor haberme acercado a pie hasta...