No creo que Fajardo sea ni mal administrador, ni incompetente, ni corrupto. Lo contrario, creo que podría llegar a ser un buen presidente. Pero el Fajardo candidato presidencial tiene un problema irremediable: es un tipo profundamente aburrido, liviano e insípido. Tan insípido que tiene contagiada de su insipidez a toda la Coalición Centro Desesperanza, quienes tenían la oportunidad perfecta para llevar al mitológico “centro” al poder en el 2022.
Pero empecemos por lo fundamental: Sergio Fajardo es un candidatazo. Memorable exalcalde, decente exgobernador. Un outsider. Buen mozo, bien hablado. El criminal inventor del juvenil jean sin correa con la camisa por dentro. El paquete completo.
Sin embargo, se le agotó su buena primera impresión. Fajardo está entrando en la peligrosa categoría del eterno candidato: el Álvaro Gómez que siempre está cerca, pero al que nunca se le da. Se le siente el desgaste. Se ahoga en un discurso de lugares comunes y obviedades. “Apostarle a la educación”. “Luchar contra la corrupción”. “Superar los odios”. “Propuestas” inanes con las que, prepotentemente, se siente en derecho de sacar pecho por ser el único “programático”: como si a punta de aburrir gente se llegara a ser presidente.
Perdiendo sus banderas anticorrupción y proeducación contra Petro, Rodolfo y compañía, solo le queda una cosa en que refugiarse: que está en el “centro”. El extremo centro. El angostísimo y moralmente superior centro, orgullosamente excluyente. Un centro que, en su defensa innegociable de la “coherencia”, le apuesta a restar en vez de sumar, sin importar que en esta obsesión irracional haya dejado hasta de ser coherente: lleva un año recorriendo el país para vencer las “maquinarias” compartiendo manteles con el zar de la mermelada Juan Fernando Cristo. Vendió como candidato de “centro” al maoísta Jorge Enrique Robledo. No le dio pena compartir el logo de su coalición con Fecode y con aliados de Quintero como León Fredy Muñoz.
Tan infantil y reduccionista se volvió la visión de la política de Fajardo que le reventó el proyecto político que llevaba ingeniándose más de un año: llegó Íngrid Betancourt a demostrarle que se podía tener una visión todavía más intelectualmente insultante sobre las maquinarias y la corrupción. Casi acaba con su coalición, dejándole una cicatriz imborrable para el 13 de marzo: el aval del ASI, la fábrica de avales. El mismo logo comparte alianzas regionales con su tan despreciada “política tradicional”.
Hay algo peor que ubicarse un “extremo ideológico”: estar en el vacío. El conjunto vacío, la nada. La insoportable levedad del ser. En eso está quedando Sergio Fajardo, llevándose al “centro” con él. No hay ola verde, no hay emoción. Nada más hay costumbre y un reconocimiento luego de años de campaña que lo jalona en las encuestas. Pero ya parece uno de los “mismos de siempre”. No está tibio: está helado. En manos de Fajardo, el centro parece encaminado a contentarse con el premio al juego limpio: a nuevamente ver como una “victoria” su fracaso