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Hoy, se está dejando a un lado esa oscuridad y sordidez que dejó la administración pasada para recuperar esa esencia característica de Medellín.
Por Juan David Ramírez Correa - olumnasioque@gmail.com
Empecemos con datos: 350.000 personas viven con hambre en Medellín y el porcentaje de hogares en los que algún miembro comió menos de tres comidas al día es del 28%. Sigamos con otras estadísticas: al 54% de los hogares medellinenses no les alcanzan los ingresos para cubrir los gastos mínimos y un 33% se encuentra en un nivel leve de inseguridad alimentaria.
Lo anterior significa precariedad y, en un contexto social complejo como el nuestro, la precariedad es el camino expedito a la miseria.Hace un poco más de un año, Piedad Patricia Restrepo, vocera de la veeduría Todos por Medellín, escribió lo siguiente: “Los niños con hambre no aprenden. Los niños con hambre no logran todo su potencial, ni cognitivo ni social. Una niñez con hambre nos habla de una sociedad que tiene que revisar sus prioridades y enfocar esfuerzos para superar una situación éticamente cuestionable desde cualquier punto de vista”.
Su descripción es contundente y confirma que no hay excusas para encontrar una solución. Hablemos de la responsabilidad política. Quienes ostentan el mandato popular deben gestionar sin titubeos el asunto. Algo que no pasó en la administración pasada, donde Daniel Quintero y su equipo, con sus artimañas y capacidad de destrucción de la confianza, tiraron al traste el sentido común de esto: erradicar el hambre.
Durante su mandato, el programa Buen Comienzo, que venía desde administraciones anteriores garantizándoles la alimentación a los pequeños, se vino abajo. Hay pruebas de que los recursos del programa se usaron presuntamente con fines de corrupción. Algo similar pasó con el Programa de Alimentación Escolar (PAE), en el que también se investigan marrullas puestas al servicio de contrataciones excepcionales y transitorias.
Muy doloroso, más aún cuando Quintero usó el hambre como parte de su discurso populista. ¿Recuerdan la entrevista con Yamid Amat donde dijo que recurría a los mangos de los árboles de la calle para calmar el hambre porque en su casa no había comida? Verdad o mentira, usó el tema para su juego de poder. Hoy, se está dejando a un lado esa oscuridad y sordidez que dejó la administración pasada para recuperar esa esencia característica de Medellín, donde la solidaridad es un leitmotiv. Ahí es donde aparece esa magia ciudadana, construida a punta de civilidad.
Desde hace unos meses, empresarios, ciudadanos e instituciones de carácter cívico trabajan a título voluntario con la Alcaldía para encauzar soluciones contra el hambre, reconstruyendo el vínculo entre lo privado y lo público, un lazo que había destruido Quintero. Ese trabajo mancomunado se llama Alianza Hambre Cero y, como la intención es genuina, los resultados aparecen. El sábado pasado, hubo una donatón convocada por la iniciativa en la que se recogieron cerca de $600 millones y 58 toneladas de alimentos que se destinarán a mercados y a la entrega de 139.000 raciones de comida para los más vulnerables.
Un paso de muchos que se deben dar. Así se recobra la confianza y se avanza en la superación de esa historia tan incómoda que vivimos en los últimos años, una historia que más de 350.000 personas hoy la viven en forma de hambre.