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Insensatez

En medio del bloqueo impidieron el ingreso de personal científico para realizar estudios inmunológicos a dos riñones donados para trasplantes.

26 de noviembre de 2024
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  • Insensatez

Por Juan David Ramírez Correa - columnasioque@gmail.com

Mi madre trabajó toda su vida en la Universidad de Antioquia. Hacía parte del equipo de investigaciones científicas que, entre otras cosas, determinaba la compatibilidad entre un donante y el potencial receptor para un trasplante de órganos como riñones, hígados y corazones. En el laboratorio revisaba meticulosamente los reactivos para encontrar el match y junto con un grupo de apasionados científicos, disfrutaba cada paso que daban en el proceso.

Hasta que llegaba el día. En una época en la que los celulares no existían, en cualquier momento entraba una llamada al teléfono fijo de la casa. “Estamos listos”, era el mensaje que anunciaba ir a la mayor prontitud al laboratorio para avalar la compatibilidad de un órgano listo para darle un nuevo sentido a la vida de una persona que podría llevar años esperándolo.

Un día una persona la saludó efusivamente. Minutos después le pregunté: “¿ese era Juan Piña, el cantante?”. Me acuerdo de él por “Patacón Pisao”, una canción del disco 14 Cañonazos Bailables, que lo hizo famoso, y que todos los años en diciembre se lo regalaba una aseguradora a mi papá. “Sí, a él le encontramos un riñón compatible y le salvamos la vida”, me respondió. Al igual que Juan Piña, miles de personas han prolongado su vida gracias a un donante. En 2023, la lista de espera en Antioquia para recibir un órgano llegó a 587 pacientes y se realizaron 348 trasplantes gracias a 110 donantes, es decir, el 31% de los requeridos.

Con un profundo amor por su Alma Mater, mi mamá dedicó su vida a prolongar la de otros. Sabía que con su trabajo y la ciencia por medio contribuía con creces a la tranquilidad de familias enteras. Su sentido de la vida estaba apegado a la ciencia. El mismo sentido que tienen millones de científicos, quienes, desde las universidades, ponen su conocimiento al servicio de la humanidad.

Pero hay unos a los que la vida les importa cinco y, tristemente, hacen que un espacio de ciencia como la universidad se apague.

Me refiero a los que instalaron la semana pasada un campamento en la Sede de Investigación Universitaria (SIU) de la U de A, entorpeciendo actividades como trasplantes y la atención a pacientes pediátricos, enfermos renales terminales y personas con lupus, dengue, leishmaniasis y alzhéimer.

En medio del bloqueo impidieron el ingreso de personal científico para realizar estudios inmunológicos a dos riñones donados para trasplantes. La consecuencia fue dolorosa: una persona perdió la posibilidad de ser trasplantado.

En un video y un comunicado, los estudiantes encapuchados expresaron su posición. Fue triste escuchar su diatriba insensata y victimera que desdibuja cualquier sentido de protesta. Triste, porque no se dan cuenta de que esquivan la realidad y eso los deja en la categoría de irracionales que no tienen amago de arrepentimiento y mucho menos sentido de solidaridad.

El pasado viernes los estudiantes levantaron el bloqueo, pero, con toda seguridad, no se preguntaron cómo está la persona que iba a recibir el riñón y mucho menos qué pasará con su vida. Ya hubo daño y dolor. ¿Tiene eso sentido? Hay que hacer algo y urgente, porque el sentido de la vida no puede basarse en la insensatez de quienes creen que aceptar errores es una derrota moral.

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