Hay algo claro en el caso del hacker, y es que la versión de Andrés Sepúlveda no convence. Sus declaraciones están llenas de ambigüedades, contradicciones y, peor aún, llamados de autograndeza histérica en las que se quiere presentar más importante y peligroso de lo que realmente fue.
Sepúlveda no es un hacker. Es un mercachifle que adquiría información de inteligencia en un lado, para venderla como documentos confidenciales en el otro.
Ahora bien, eso no le quita que el Centro Democrático estaba comprándole su carreta, al parecer, creyendo que estaba en frente de un real mago de las interceptaciones, o un experto del manejo de tecnologías de la comunicación.
Me explico.
Sin contar las declaraciones del hacker, existen evidencias que demuestran irregularidades frente a este tema por parte de la campaña del candidato Óscar Iván Zuluaga. Algunas circunstanciales, pero otras irrefutables.
Dentro de las circunstanciales está la cantidad de negaciones y mentiras que dio Zuluaga en un inicio para admitir que conocía a Sepúlveda.
Primero dijo que no, después que sabía quién era, y solo cuando se divulgó el video en el que, irrefutablemente se muestra a un Zuluaga, más de cálculo que de principios, muy cómodo con las manos cruzadas en la cabeza discutiendo información confidencial del proceso de paz proveniente de interceptaciones ilegales de correos electrónicos, y preocupado porque el Gobierno pudiera dar de baja a “Timochenko” antes de las elecciones, es que tuvo que admitir que había trabajado con Sepúlveda sin dar explicaciones claras de qué hacía en esa reunión, pero, agregando, que el video era un montaje.
Y ahí se equivoca. El video constituye una prueba irrefutable. Porque sería casi imposible realizar un video en tan poco tiempo superponiendo imágenes y sonido que, a su vez, coincidan con las mismas que se detallan en los videos del allanamiento por parte de la Fiscalía. Esa tecnología resultaría inmensamente costosa y demorada por la producción y edición que se necesitarían.
Sin embargo, la evidencia más grave ahora viene de gente de mucha confianza de Zuluaga que trabajaba manejando una parte clave de su campaña: la contaduría.
Carlos Álvarez reveló a la Fiscalía movimientos irregulares de dinero dentro de la campaña que, premeditadamente, no quedaron dentro de los libros. Álvarez dijo que el hijo de Zuluaga, David, hizo varias transacciones bancarias a favor del hermano de Sepúlveda, y en los registros que el Centro Democrático entregó al Consejo Nacional Electoral aparece que la campaña le adeuda a David Zuluaga esos exactos millonarios montos.
Como David era el representante legal de la campaña, a él le corresponde dar explicaciones sobre cualquier interrogante que exista sobre esto.
Por eso el fiscal no se equivocó en llamar a los Zuluaga a interrogatorios. El camino del dinero muestra que hay algo sobre lo que Óscar Iván y David deben responder. Y aunque el que nada debe, nada teme, los Zuluaga se han encargado de demostrar su temor atacando la justicia y diciendo que esto es persecución política.
Ahora bien, en lo que se equivocó el ente investigador fue en la forma. Una citación judicial se notifica por medio de una acción judicial. No por medio de los micrófonos de la radio. Y aunque el llamado a interrogatorio ante esas evidencias es justificable, lo que no lo es, es hacer un show mediático con la justicia.