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Julián Posada
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Julián Posada

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Por Julián Posada - primiziasuper@hotmail.com

Dice El País de Madrid que los jóvenes están usando Tik Tok como buscador de información en reemplazo de Google, porque es rápido, adictivo y entra por los ojos. “Toda la sociedad está evolucionando hacia un pensamiento líquido. Como decía Bauman, estamos avanzando hacia una sociedad líquida y hacia un pensamiento superficial. ¿Por qué ocurre esto? En primer lugar, porque pensar cansa; en cambio, ver la imagen no. Es mucho más fácil avanzar hacia una sociedad líquida que avanzar hacia una sociedad de reflexión y pensamiento”, de acuerdo con el profesor Ubaldo Cuesta.

Es verdad que ver las imágenes no cansa, pero también es cierto que las hay llenas de contenido que exigen pausa y reflexión para que la certeza se transforme en duda, o las que revelan verdades dolorosas que cuestionan narrativas oficiales.

Huellas de desaparición, la exposición del Museo de Antioquia, da fe de ello. En esa sala enorme y casi a oscuras, un papel de colgadura impreso seduce por su diseño, los ojos hacen un barrido. Si lo bello es donde descansa la mirada, sobre la imagen que resulta fascinante ella se detiene. Al acercarse se descubre la crudeza de la información contenida. Las formas son datos cruzados y ordenados sobre la toma del Palacio de Justicia. Forensic Architecture de Londres, “que utiliza el entorno como herramienta para investigar una amplia gama de delitos, incluidas las violaciones de los derechos humanos y las violaciones por parte del Estado y las empresas”, fue la encargada de realizar la minería de la información y con ella ha construido estas obras que articulan diseño, arte y ética al servicio del esclarecimiento de sucesos que resultan incómodos. “Lo que se presentó como un escenario caótico de liberación de rehenes por parte de las fuerzas armadas ha servido por décadas para encubrir una planificada y organizada operación contrainsurgente”.

No menos bellas e intensamente dolorosas resultan las imágenes de la sección de la muestra dedicada al despojo de tierras en Urabá. Ahí están “la red y las conexiones jurídicas, financieras e institucionales que permiten ocultar las transferencias de la propiedad de la tierra”. Lo mismo sucede con las que acompañan la investigación acerca de la incidencia de la ganadería y la deforestación en el desplazamiento de los Nukak.

Cada objeto de esta exhibición pone de relieve que fondo y forma son lo mismo y que ética y estética van de la mano. Mientras camino pienso en Beatriz González, una de las más importantes artistas colombianas, próxima a cumplir 90 años. El Museo revisa su obra y, en coincidencia, recalca la transformación que sufrió su pintura a partir de la toma del Palacio de Justicia. Cada una de sus imágenes es una pregunta sobre nuestra realidad.

En estas exposiciones la imagen tiene la capacidad de convertirse en documento y conciencia crítica porque, como dijo Rilke: “La belleza no es sino el principio de lo terrible, lo que somos apenas capaces de soportar, lo que solo admiramos porque serenamente desdeña destrozarnos” 

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