Por fernando velásquez v.
Tras la pandemia, el panorama actual del país en todos los planos no podía ser más preocupante. La economía está arruinada, no existen partidos políticos con doctrinas sólidas y munidos de un compromiso con el colectivo social, el órgano Legislativo no cumple sus tareas o lo hace de forma mediocre, el Ejecutivo no tiene una dirección clara, los jueces no son independientes e imparciales, el sistema electoral es un fracaso, la pobreza crece de manera exponencial, las violaciones a los derechos humanos son la noticia de cada día y el accionar de los violentos se enseñorea, la corrupción lo permea todo y la indolencia o el silencio se imponen, la intolerancia gana cada vez más adeptos, etc.
Pero este estado de cosas no responde a hechos aislados porque esa ha sido nuestra cruda historia republicana. Ahora que los padres de la Patria rinden frívolos homenajes a los próceres de la Independencia, debe recordarse que la Constitución de 1821 —por muchos aclamada— se gestó en medio de intrigas, componendas, acuerdos bajo la mesa y actos de descomposición. Es más: los mismos que lideraron esa gesta se han perpetuado en el poder y hoy todavía gobiernan a través de sus descendientes.
Incluso, la disputa de entonces entre Santander y Bolívar —aunque con otros nombres y ropajes— todavía divide a la Nación; un enfrentamiento, cual perros y gatos, que no repara en métodos de degradación, virulencia verbal, actos físicos de fuerza, lucha por el poder, estigmatización, etc. Por eso, no es osado decir que doscientos años después la suerte de la Nación (o lo que queda de ella) sigue a la deriva, en medio del caos, la intransigencia, los odios y el nepotismo.
Desde luego, esta sociedad atormentada solo podrá salir adelante cuando sus gobernantes dejen de atropellar a las mayorías silenciosas y entiendan, de una vez por todas, que el poder real lo tienen los pueblos y las transformaciones sociales y políticas deben producirse para que, por lo menos, lleguen momentos en los cuales sea posible que todos nos podamos mirar a la cara como hermanos, no como enemigos irreconciliables. Mientras el que piense distinto a mí sea mi competidor y no se permita el disenso civilizado, no será viable construir una nación en la que quepamos todos porque, como diría Voltaire, “Si quereis que aquí se tolere vuestra doctrina, empezad por no ser ni intolerantes ni intolerables”.
No se puede seguir presas del miedo, el chantaje, la acción de los vándalos, el populismo de algunos irresponsables, el accionar de políticos indecorosos o el saqueo de los recursos, etc. Si bien el momento actual es muy crítico, también es cierto que se imponen difíciles definiciones y nuevos rumbos; esa es la razón por la cual no pueden cometerse errores al escoger a los futuros dirigentes. Para salir de la actual encrucijada, pues, hace falta reflexionar y tomar la iniciativa, movilizarse; urge conducir esta organización social a un puerto seguro.
Quienes gobiernen, legislen e impartan justicia tienen que ser los mejores, los más honestos y comprometidos, los más capaces y solidarios. Es iluso repetir el mismo círculo vicioso en cuya virtud, de cuatrenio en cuatrenio, en medio de la frescura y la improvisación, se suceden los relevos sin que se vea el cambio; un Estado de derecho serio no puede tolerar que sus dignatarios lleguen a improvisar y a aprender el oficio para el cual fueron escogidos y, luego, se vayan a usufructuar su tarea depredadora a otro lado.
Llegó, pues, la hora de transformar las cosas; es el momento para que tantas personas apáticas se hagan escuchar con sus propuestas encaminadas a tratar de sacar adelante al país. Se está a tiempo de ponerle coto a la debacle propiciada por el populismo, que, retador, amenaza; o, si no, como dijo esta semana el Dr. Alberto Velásquez Martínez en su magnífica columna, que el diablo nos coja confesados