Siempre es admirable contemplar el despliegue de humor y reflexión que ciertas personas, no muchas desafortunadamente, exhiben al hablar. Por estos días hemos tenido la oportunidad de escuchar a Emma Thompson, actriz londinense de grandes y memorables papeles en el cine, hablar del último personaje que acaba de interpretar. La película aún no ha sido estrenada fuera de festivales como Sundance o la Berlinale, pero la historia de Nancy en Good Luck to you, Leo Grande, promete.
A sus sesenta y dos años, Thompson se ha enfrentado con valor a su primer desnudo integral y escucharla explicar el proceso es fascinante. Porque asegura que hace diez años no habría estado lista para este papel y a la vez, a su edad se convierte en un reto extraordinario dado que no estamos acostumbrados a ver cuerpos sin tratar en la pantalla. No hay horas de gimnasio, ni quirófano ni dobles de por medio.
En las ruedas de prensa la actriz se ha cuestionado sobre qué es la intimidad, el placer y la vergüenza o por qué esta sociedad nos recuerda constantemente lo imperfectas que somos y la necesidad de vernos de una determinada manera. “Nuestros cuerpos no encajan con los imposibles y crueles ideales de lo que debe ser un cuerpo”, ha dicho.
La escena que ha dado para hablar horas y horas es la de Nancy, la protagonista, una profesora viuda que se para desnuda frente al espejo y contempla lo que ve. Simplemente se mira aceptando su cuerpo sin juzgarlo, ejercicio que muy pocas mujeres podríamos hacer por los niveles de autoexigencia que nos hemos impuesto... ¿o que nos han impuesto? Porque, sin importar la edad, las mujeres siempre encontramos una excusa para no estar satisfechas con lo que vemos reflejado en el espejo. Adolescencia, juventud, madurez, menopausia y vejez. Cualquier etapa justifica el inconformismo. Y lo absurdo es que tras el paso de cada una de ellas añoramos luego lo que tuvimos y no supimos apreciar en su momento.
En ese sentido Emma Thompson rompe moldes al quedar desnuda en la pantalla, expuesta y vulnerable, e invita a cada una a realizar ese ejercicio de contemplación en la intimidad. ¿Por qué ese desespero por parecerse a cuando la autenticidad de lo que tenemos nos convierte en únicas? La lucha, como casi todas, empieza con uno mismo y a partir de ahí puede trascender. Para qué seguir transmitiendo y perpetuando, generación tras generación, esa sensación de incomodidad que convierte el simple hecho de probarse un vestido en una amarga experiencia de insatisfacción.
Arrugas, flacidez, celulitis, pelos (o no pelos), manchas y adiposidades. No son características exclusivamente femeninas, pero sí nos hemos encargado nosotras mismas de darles una connotación negativa con la que nos autoflagelamos. El mensaje debería ser: lo que refleja el espejo es una vida y si esto es lo que hay, es hermoso. ¡Gracias, Emma, por esa invitación a mirarnos de verdad frente al espejo!