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Rocío Arango Giraldo
Columnista

Rocío Arango Giraldo

Publicado

Estudiar bachillerato no es sólo cosa de “sardinos”

Rocío Arango Giraldo

arangogiraldo@gmail.com

@RocArangoG

¡El bachillerato es de todo menos “un sardino” o un joven! Se remonta más de 200 años atrás, a la época de Napoleón, cuando insistió en que todas las personas en Francia tuvieran la misma educación básica, posteriormente, la medida fue asumida por otros Estados. Según la Fundación Compartir y Fedesarrollo, en 2016 la tasa de permanencia escolar en la zona urbana fue de 82%, mientras que en la zona rural escasamente llegó al 48%. Pero, no sólo las personas jóvenes estudian bachillerato.

Sólo 56 de cada 100 ciudadanos en Colombia son bachilleres. Aunque, según el Ministerio de Educación Nacional, para 2019 el 6.4% de las personas que en Colombia estaban estudiando bachillerato eran adultos que cursan Ciclos Lectivos Especiales Integrados, o como se dice coloquialmente, “estaban validando el bachillerato”. En medio de toda esta situación que ha obligado a la virtualidad de la educación pública y privada de todos los niveles, vale la pena preguntarse: ¿Cómo están haciendo los estudiantes adultos de bachillerato?

Hago esta reflexión porque he podido acercarme a esta realidad desde la experiencia de quien ha sido mi mano derecha en la casa desde hace casi cinco años. Nelly tiene 54 años y empezó a “validar” desde la primaria y hoy en día cursa noveno grado, gracias a un convenio entre el colegio y su Caja de Compensación. ¡Todos los sábados sin falta está en clase, con la camisa del uniforme para la jornada virtual, frente al computador que le acondicionamos en su habitación!

La posibilidad de conectarse a una videollamada para acceder a la clase es todo un reto para la población adulta. Sin contar con que la inmensa mayoría no cuenta con infraestructura tecnológica, más allá de un teléfono inteligente, y la conectividad. Según el Ministerio de Tecnología de la Información y las Comunicaciones (MINTIC), para 2020 cerca de 21,7 millones de personas que cuentan con acceso a internet, frente a 23,8 millones que están en las zonas más apartadas y no tienen este beneficio. Aun así, ella misma me señala que es “mucha la gente que hace peripecias para poderse conectar”.

Pero como hay cosas que no dependen del gobierno, ni hay a quién echarle la culpa, salvo asumir la responsabilidad de todas las personas como ciudadanía: ¿Estamos poniendo nuestro granito de arena para facilitar la educación de los adultos en Colombia? Esta pregunta surge de las historias que ella me cuenta de sus compañeros con patrones que no permiten conectarse a Internet.

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