Hay una expresión en italiano que traducida literalmente dice, “le cayó un azulejo sobre su cabeza”. Es una metáfora para indicar que alguien padeció un evento inesperado y desafortunado. Esta semana un azulejo le cayó sobre la cabeza a varios amigos y conocidos. A Guillermo le comunicaron que en plena pandemia lo iban a despedir de su rol como ejecutivo por una reestructuración interna que un consultor externo sugirió. Un cliente potencial de una amiga al momento de la firma del contrato se echó para atrás. Otra amiga tuvo que regresar a su país porque desde enero no ha logrado encontrar clientes debido a la pandemia. Otros amigos están viviendo crisis personales y familiares. Una amiga se enfermó de covid. ¿Qué decir de las víctimas de la explosión en Beirut? Son muchos los que están experimentando el invierno en su vida.
Al escuchar varios de los amigos y conocidos con los cuales he hablado en estos días, me acordé de aquel único sobreviviente de un naufragio que fue llevado por la corriente y arrastrado a una pequeña isla desierta. Orando apasionadamente cada día por la ayuda de Dios, el hombre exhausto, hambriento y herido escaneaba el horizonte desde el amanecer hasta el atardecer con la esperanza de ver algo, pero fue en vano. Ahora, el hombre había logrado construirse una pequeña cabaña con una madera flotante que había encontrado en la playa, pensando que al menos estaría a salvo de los depredadores allí. En la cabaña había colocado los pocos artículos, todas sus posesiones mundanas, que habían sido arrastradas a la isla con él. Un día, mientras el hombre estaba afuera buscando comida, se produjo un incendio en la cabaña, destruyendo el hogar improvisado y todo lo que había dentro. Las llamas crecieron y se extendieron, amenazando con consumir todo el bosque y una espesa nube negra de humo se elevó hacia el cielo.
Con evidente tristeza y dolor en su rostro, el hombre echó un vaistazo a los restos carbonizados de la cabaña y sus posesiones, y con rabia se volvió hacia Dios: “¿Por qué me envías desastre tras desastre?”. Después de pasar la noche en una cueva cercana, el hombre se despertó temprano en la mañana siguiente por el sonido del motor de un barco acercándose. Habían venido a rescatarlo. “¿Cómo sabían que estaba aquí?”, preguntó el hombre a sus rescatadores. “Vimos las llamas y la señal de humo que enviaste”, respondieron. No siempre hay soluciones simples y cercanas para los problemas que vivimos, pero lo que seguramente siempre podemos hacer es ofrecer un silencio y escuchar atentamente un dolor profundo para que pueda ser compartido y acompañado. Decía el escritor francés Marcel Proust que “somos sanados de un sufrimiento solo expresándolo al máximo”. Por eso cada dolor necesita de alguien que lo escuche, lo acoja, y lo comparta. Porque es cuando un dolor es compartido que puede haber luz y descubrir que cada crisis es también una invitación a la transcendencia. Porque siempre somos más grandes de los problemas que tenemos enfrentar.