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P. Hernando Uribe
Columnista

P. Hernando Uribe

Publicado

El prestigio

Por hernando uribe c.

hernandouribe@une.net.co

Prestigio es una palabra hermosa, llena de inspiración al que la pronuncia, dándose cuenta de su significado. Prestigio, según la RAE, es realce, estimación, renombre, buen crédito y, también, fascinación causada por la magia de un sortilegio. El prestigio pone a volar la fantasía por el espacio infinito. Cada uno mire hasta dónde se atreve a desplegar sus alas.

Con razón, el gran buceador de la interioridad, Charles Du Bos (1883-1937), escribió: “No hay verdadero prestigio, prestigio válido, como el prestigio de lo insondable, y solamente Dios es insondable”. De modo que todo el que adquiere prestigio participa de la condición divina, algo tan necesario al ser humano, si se propone no ser náufrago del mar de la incertidumbre, como la pandemia siglo XXI.

Un cargo suele dar prestigio a quien lo desempeña. Mas el prestigio no siempre va unido al cargo, pues quien lo desempeña mal, se desprestigia y desprestigia el cargo, y lo aprestigia quien tiene carisma para desempeñarlo. Caso singular el de Angela Merkel, que gobernó a Alemania durante 16 años imprimiendo gran estabilidad a la Unión Europea en tiempos de crisis. Muy carismática, además del prestigio personal, deja a Alemania con gran prestigio mundial.

Cuatro escritores de fama mundial, Cervantes, Dostoievski, San Juan de la Cruz y Oscar Wilde aprestigiaron la cárcel escribiendo en ella obras maestras. Cada uno hizo de ese lugar inhóspito un laboratorio de inspiración sublime. Dostoievski escribió en “Diario de un escritor”, refiriéndose a las prisiones de Siberia, “aun allí es posible vivir una vida ideal”. Oscar Wilde leía en la cárcel, todos los días, en griego, después del desayuno, “esos cuatro maravillosos poemas en prosa que son los evangelios”. Y San Juan de la Cruz compuso en la cárcel, de memoria, el Cántico Espiritual, que lo aprestigia como el poeta más grande de la lengua.

Hay un caso singularísimo, que es, no una cárcel, sino la cruz, el castigo más infamante de su época, que se convierte en el símbolo de amor más prestigioso de la humanidad al morir Jesús en ella y, así, la adoración de la santa Cruz es la oración más arrobadora del creyente. “Oh, Cristo, te adoramos y te bendecimos porque por tu santa Cruz redimiste al mundo”.

A la súplica del buen ladrón: “Jesús, acuérdate de mí cuando vuelvas como Rey”, Jesús le responde: “Te lo aseguro: hoy estarás conmigo en el Paraíso” (Lc 23, 42-43). En esta respuesta encuentra su prestigio insondable el hombre de la pandemia siglo XXI, pues el Paraíso es, no un lugar, sino una persona, Jesús, el de la respuesta

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