Entre 1945 y 1953 la región sobre la que se cerró lo que Winston Churchill denominó el Telón de Hierro pasó a ser controlada por policías secretas, marcada por las estructuras socialistas e ideologizada por el aparato de propaganda que creó una realidad paralela de prosperidad y felicidad. Así En los Estados comunistas de Europa del Este se practicó el culto a Stalin, igual que en la Unión Soviética, y el fracaso de las políticas comunistas, las persecuciones y el terror es taparon con desfiles y celebraciones organizados para tapar un sistema cuyo único resultado desde 1917 ha sido el colapso y la aniquilación del individuo.
Precisamente por ello en 1961 en Berlín se construyó un muro que la separó en dos. Y dividió así un mundo de otro. Detrás del muro se siguieron aplicando las tres estrategias principales de control comunista: El control policial, que utilizó la violencia selectiva para neutralizar enemigos políticos específicos, mezclando la violencia física y el terror psicológico con efectos devastadores sobre la población, el control de los medios de comunicación y, por último, la neutralización de la sociedad civil a través de la prohibición de grupos independientes, que hoy en día llamamos ONGs.
Esto no había comenzado en 1961, sino que se hacía necesario contener el fracaso y para ello hizo falta un muro. A partir del fin de la II Guerra Mundial el bloque soviético implementó políticas de persecución y terror, primero para imponer su modelo, luego para impedir que surgiera la opción democrática. En 1945 hubo elecciones en muchas parte del Este, pero si los soviéticos las hicieron fue porque confiaron en el control de sus policías, de los medios de comunicación y con el apoyo de los jóvenes que viniendo de la guerra perdida por el fascismo empujarían hacia lo que entonces se vendió como el extremo opuesto de la ideología que causó tanta destrucción. La gente sí se adhirió a sus partidos comunistas para darse cuenta rápidamente que en ese extremo también había limpieza étnica, violaciones, ideologización, persecución a todo tipo de oposición y de apoyo a ideas liberales y de libertad.
El muro de Berlín se volvió el símbolo de separación de esos dos mundos: el totalitario y el democrático. En el mundo comunista el individuo no existía, el Estado gobernaba a través del terror. En el democrático, con todos sus defectos el hombre pasaba a ser dueño de su destino.
Con la caída del muro muchos pensaron que había llegado el fin de la historia. Que la democracia había ganado como única narrativa de organización social. Pero el fantasma del muro sigue presente, se sigue vendiendo la noción de que el comunismo no ha sido bien aplicado y que la democracia es la culpable de todas las desigualdades. La narrativa de la reivindicación de las víctimas sigue siendo más contundente que la de la historia de la libertad. El muro de pensamiento no ha caído y esto es un gran fracaso para la humanidad, seguir creyendo que ideologías cuya destrucción debe contenerse con muros son las soluciones a nuestros problemas, para después tener que salir a morir para derribarlos .