El antisistema es un subversor del orden moral y ético, jurídico, político. Su destino consiste en destruír con la pretensión alucinada de gobernar a su amaño, pero lo suyo es el desgobierno, el caos administrativo, el abandono de responsabilidades elementales. El antisistema no oculta su intención de aniquilar principios, eliminar la riqueza de la tradición, refundar la historia sobre las ruinas que va amontonando como trofeos. El antisistema rechaza el Bien Común. No quiere saber nada de eso. Es un hacedor delirante del Mal Común.
A los antisistema se les identificaba hace unos veinte años apenas como una amenaza posible. Hoy en día han ganado tiempo y espacio mediante la estrategia de dividir, incordiar y acosar a los ciudadanos, calumniar e injuriar, mentir sin vergüenza, destacar como propias las iniciativas que sus antecesores habían inventado, copar los horarios de televisión y radio para propagar sus embustes, aborrecer el periodismo serio y honorable, alborotar los resentimientos y las frustraciones para encender la lucha de clases, exigirles a sus detractores reales o imaginarios un comportamiento maximalista del que no son capaces de dar ejemplo, porque se sienten con derecho a todo y a usar su varita mágica para pintar de pulcritud sus decisiones torcidas.
En la actualidad se han adueñado del poder en distintos lugares no pocos funcionarios antisistema. No es fácil dictaminar si proceden conforme con un plan supranacional común. Que opinen los expertos. Analistas políticos y comentaristas confiables han hecho el examen de ese tipo de asaltantes, que se apoderan del mando en ciudades y sociedades abiertas para aparecer como creadores iluminados de un mundo nuevo. Adanismo, se llama. No faltan los que les tienen miedo y al criticarlos se limitan a emitir mensajes flojos y eufemísticos. Como en su ignorancia retadora carecen de mínima formación jurídica, moral y ética, desafían todas las normas. Exhiben una repulsiva superioridad moral. Se burlan de la institucionalidad y celebran la candidez de sus engañados y los errores de cálculo político de los que les facilitaron la toma del poder. Mienten como vagamundos. Abusan de la fragilidad y la longanimidad alcahueta de la democracia cada vez menos útil. Les importan un comino la izquierda, la derecha, el centro, el comunismo, el capitalismo, el fascismo, cualquier ismo ideológico distractor. Pactan con el diablo si es preciso. Cada antisistema es un sujeto monstruoso, Frankenstein redivivo que destruye a sus ingenuos fabricantes. La lista de las protervidades de un mandatario antisistema cada cual puede ampliarla de acuerdo con su experiencia como ciudadano, como vecino, como espectador paciente, aguantador. No cabe esa lista en los límites de un artículo periodístico. El antisistema es un personaje que está ahí, anda suelto y ¡ah, difícil que resulta controlarlo!