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Manuela Zárate
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Manuela Zárate

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El canto de las sirenas comunistas

Por Manuela Zárate

@manuelazarate

Cuando cayó el muro de Berlín Fukuyama escribió su célebre ensayo El fin de la historia. Se suponía que el fin de la lucha de ideologías había llegado y que la democracia liberal había triunfado sobre el totalitarismo. Es lo que Timothy Snyder llama: “Política de la inevitabilidad”, cuando se asume que un hecho histórico tendrá como consecuencia un determinado desenlace. Fukuyama publicó su ensayo en 1992. Ese año Hugo Chávez intentaba derrocar al gobierno democrático de Carlos Andrés Pérez en Venezuela.

Fidel Castro tomó nota. Desde los años sesenta el líder cubano había puesto la mirada en Venezuela, cuya posición geopolítica era ideal para la expansión de su proyecto totalitario en la región. Lo narra Enrique Krauze en su libro el Poder y el delirio. Krauze cuenta cómo se fueron dando las condiciones que llevaron al derrumbe institucional de la que en los años 80 y 90 del siglo XX fuese la democracia más sólida de Latinoamérica. Venezuela llegó a ser un ícono de estabilidad y de desarrollo. Una afirmación que no busca negar sus problemas de pobreza, desigualdad y corrupción. Aunque tampoco puede negarse que si hubo un momento en que Venezuela cuando hubo chance de que quienes sufrían los embates de la pobreza salieran de esas condiciones y se fortaleciera una clase media que todavía no terminaba de surgir como Argentina o México, fue durante el gobierno de Carlos Andrés Pérez.

La historia es la que vemos hoy en las noticias. Una crisis migratoria sin precedentes en la región. El colapso institucional, político, social y militar. Es también la historia del fracaso socialista, pero también del éxito expansionista del modelo totalitario cubano, que se alió con las fuerzas del crimen organizado para apoyarse en un brazo armado que supera los de las dictaduras que se conocían en América Latina.

Lo más preocupante de todo esto es la forma cómo ese modelo ha logrado apoyarse en una narrativa que ha conseguido eco en otros países de las región. No sólo hay personajes como Florencia Lagos que recientemente afirmó que Chile estaría mejor si estuviera como Venezuela, sino que hay jóvenes que realmente creen que la utopía comunista es posible, que es la mejor opción frente a sus democracias imperfectas, que no argumentan, ni piensan en cómo mejorar el sistema que les permite expresar esas opiniones sino que ha comprado la idea de que hay que destruirlo.

Esa es la tragedia de conocer la historia. Fue Lenin precisamente quien en octubre de 1917 dio un golpe de Estado a un gobierno de transición en Rusia que iba a instaurar un gobierno de izquierda pero democrático. Lenin no sólo derrocó ese gobierno, sino que instaló un modelo de gobierno basado principalmente en el terror. De allí una nueva forma de gobierno: el totalitarismo, que encontraría otra expresión en el fascismo.

Muchos jóvenes se van tras el canto de esta sirena, creyendo realmente que en esa narrativa hay cabida para sus sueños, no se dan cuenta que los están llevando directamente a la guillotina. Uno no sabe lo que tiene hasta que estudia sobre ello.

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