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P. Hernando Uribe
Columnista

P. Hernando Uribe

Publicado

El bautismo

Por hernando uribe c.

hernandouribe@une.net.co

Bautismo es una dimensión religiosa del ser humano, un modo de vivir su relación con el Creador, por lo cual el lenguaje que utilizamos es simbólico, hablamos de Dios con lenguaje humano, lenguaje que solo entiende quien cultiva su interioridad, porque Dios, por ser inespacial e intemporal, nos es inasible, no lo podemos ver, oír, oler, gustar ni tocar.

Bautismo significa inmersión. La inmersión tiene que ver con un líquido. Todo lo que se sumerge en un líquido queda impregnado de él. Tenemos la experiencia de sumergirnos en el agua, en una piscina, en un arroyo, en un río, más aún, en el mar, cuya inmensidad nos habla del Creador.

Ahora bien, hay un mar sin límites, infinito, nuestro Creador, en el cual nos vamos sumergiendo desde que nacemos. Mar que se caracteriza por su bondad y misericordia, hasta el punto de que ser sus náufragos constituye la máxima aspiración humana, opuesta al estupor que nos produce el mar que conocen nuestros sentidos.

El evangelista Marcos presenta en el capítulo sexto a Jesús, quien multiplica cinco panes para dar de comer a “cinco mil hombres”, sobreabundancia del amor. Luego se va solo a la montaña a orar, a cultivar su relación de amor con su Padre, a sumergirse en su Padre haciendo unidad con Él, a vivir su bautismo, hasta poder decir: “Yo y el Padre somos uno”, y así enseñorearse del mar, según Marcos, caminando sobre él.

En su libro Jesús de Nazaret, Benedicto XVI escribe: “El bautismo no se puede reducir a un simple rito”. Seres de ritos, en el rito bautismal celebramos nuestro bautismo, nuestra condición de hijos de Dios, que comienza en el vientre materno y culmina en el último instante de esta vida. Al morir acabamos de ser bautizados, de ser sumergidos en nuestro Creador. El buen lector del Evangelio, como Ratzinger, encuentra que “en las palabras de Jesús el término bautismo designa su muerte (cf. Mc. 10, 38; Lc. 12, 50)”.

Cultivo mi bautismo cantando con San Juan de la Cruz: “Descubre tu presencia / y máteme tu vista y hermosura”, con este comentario: “No le puede ser a aquel que ama amarga la muerte, pues en ella halla todas sus dulzuras y deleites de amor”. Y también: “Vivo sin vivir en mí, / y tan alta vida espero / que muero porque no muero”.

Dios está en todo. De mí depende la intensidad de mi relación con Él, el mar en que estoy llamado a sumergirme en forma continua mirando, escuchando, hablando y actuando con amor. Mi bautismo, mi tarea de todos los días 

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