Dijo Joseph Biden, presidente de Estados Unidos: “Hay verdad y hay mentiras, mentiras dichas para obtener poder y beneficio. Y cada uno de nosotros tiene un deber y una responsabilidad como ciudadanos, y especialmente como líderes, líderes que han prometido honrar nuestra Constitución y proteger nuestra nación, defender la verdad y derrotar las mentiras”.
Se han rastreado noticias falsas desde el siglo XV, pero el auge y el ecosistema de las redes sociales las ha catapultado. Según Andrea Grignolio Corsini, de la Universidad San Rafaelle Vitale de Milán, “los bulos tienden a crear dinámicas de exclusión entre diferentes grupos sociales, ellos consisten en información manipulada con algo real o con origen manufacturado, creado con fines políticos y de larga duración, si no se atajan de inmediato”. Esta sentencia resulta particularmente cierta en nuestra ciudad.
Sentimos cierta fascinación por las noticias falsas, alguna o muchas veces las hemos replicado o hemos sido víctimas de ellas, consciente o inconscientemente las distribuimos. Hace apenas ocho años el Diccionario Oxford eligió postverdad como la palabra del año debido al aumento inusitado del concepto en el contexto del referéndum sobre el Brexit y las elecciones presidenciales en Estados Unidos.
Afirman Grignolio y otros científicos reunidos recientemente en Europa que las noticias falsas activan áreas cerebrales relacionadas con la afectividad y generan falsas memorias en las cuales se llega a creer que uno experimentó los eventos o las situaciones descritas en las fotografías manipuladas o en las noticias fabricadas. Esto sucede con mayor facilidad si dicho material es consistente con mis prejuicios, ya que la gente interpreta los mensajes según sus principios. Cuando vemos algo que nos gusta, es más probable que pensemos que es verdad y entonces fortalecemos nuestras creencias. Por el contrario, cuando nos encontramos con información que está en conflicto con ellas, es probable que desacreditemos la fuente.
Las noticias falsas ayudan a formar percepciones erróneas que inducen a tomar decisiones equivocadas o a no ampliar la información y el conocimiento sobre un asunto. “Cuando las personas sienten que están más informadas, es más fácil que tomen decisiones más arriesgadas”, advierte Adrian Ward, partícipe de una investigación de la Universidad de Texas.
¿Hay solución? Parece que sí, pero obviamente requerirá voluntad y tiempo. Investigadores de las universidades de Cambridge y Bristol, en colaboración con Jigsaw (Google), lo creen así después de realizar un experimento denominado Inoculation Science. Los investigadores lo comparan con una vacuna que consiste en “microdosis de desinformación previa” que evita así su contagio en el futuro. “Los videos vacuna mejoraron la capacidad de las personas, de todos los ámbitos, para detectar información errónea y aumentaron su confianza en poder hacerlo nuevamente. También mejoraron la toma de decisiones sobre compartir o no los contenidos dañinos”. Según un artículo de El País de España.
Desmantelar la desinformación debería ser un propósito común. El ajedrecista ruso Garri Kaspárov lo expresó en una sentencia lapidaria: “la desinformación aniquila la verdad”