Por hernando uribe c.
En el evangelio de Lucas encontramos un cuadro sorprendente, la visitación de María a su prima Isabel, que embelesa a quien lo lee con atención. Cuando María llega a casa de Isabel, Juan, el niño, que lleva seis meses en su seno, “salta de gozo”. Tanta sensibilidad en semejante criatura deja absorto al lector, y más, si sigue leyendo: “¿de dónde a mí que la madre de mi Señor venga a mí?”. El desconcierto es aún mayor al constatar que “Isabel quedó llena del Espíritu Santo”.
Sabemos que el Espíritu Santo es el Espíritu de Jesús, el Niño que María acaba de concebir, y que ya está haciendo milagros. Cuando nos encontramos a una persona con espíritu, nos sentimos felices, y más si tenemos la oportunidad de compartir sus ilusiones, pues aun sin darnos cuenta está irradiando en nosotros su interioridad. Hay visitas más enriquecedoras que todo el oro del mundo.
¿Qué magnetismo irradiaba María y más su hijo recién concebido?, pues, para quien sigue leyendo, la sorpresa sigue aumentando. “¡Feliz la que ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor!”. La sensibilidad sutilísima de estas personas para percibir lo inefable desborda toda fantasía.
Quien hizo saltar de gozo a un niño de seis meses de concebido es de un poder inenarrable para ejercer influjo bienhechor en quien se acerca a Él. Además, el niño que vivió esa experiencia se encontró con que sus sentimientos y pensamientos se llenaron de luz y de una fortaleza asombrosa, hasta ser capaz de dar la vida por quien así orientó sus pasos, pues la loca pasión de un potentado lo hizo decapitar.
Si para Oscar Wilde los evangelios son maravillosos poemas en prosa, para mí son, además, libros magistrales de antropología y teología. En cada página encuentro un tratado de lo que estoy llamado a ser, hijo de Dios. Cuanto más medito el cuadro evangélico de esta visita, más comprometido me siento en cultivar mi interioridad, el secreto de mi grandeza humana.
Cuanto más me detengo en este cuadro evangélico de la visitación, más anhelo saber qué emoción movía la pluma y los dedos del evangelista Lucas. Quisiera sintonizar con Juan saltando de gozo con un cuerpecito apenas en formación, determinando para siempre su vocación de profeta excepcional.
Jesús y Juan Bautista, los dos niños por nacer, y María e Isabel, las dos mamás gestantes, son los cuatro personajes que ponen a volar mi fantasía por el firmamento infinito de su corazón, de modo especial en este tiempo de pandemia, Adviento y Navidad