No me imagino el sufrimiento de los amos en la segunda mitad del siglo XIX cuando las leyes los obligaron a dejar libres a sus esclavos. Aunque el mundo estaba cambiando, ellos seguían aferrados a un mundo esclavista que se desvanecía. Los amos, que se creían superiores, estaban convencidos de que los esclavos eran inferiores por naturaleza y que la esclavitud era aceptada por Dios (“no repugna a la ley natural y divina que un esclavo sea vendido, comprado, cambiado o regalado”, decía una caduca instrucción del Santo Oficio de 1866). Las iglesias dominicales en la católica Colombia (antes de 1852 cuando se deroga la esclavitud) y en los protestantes Estados Unidos (antes de 1862) se veían llenas mientras los esclavos preparaban en casa el regreso de sus amos del culto dominical.
Y aunque hoy existen muchas formas de esclavitud moderna y se practica de manera soterrada, ya la humanidad sabe que la esclavitud es inmoral e ilegal. No solo la ley humana la prohíbe, sino que nadie se atrevería a promocionarla en ningún ámbito social aunque en la Biblia se acepte (hasta en el Nuevo Testamento): “que los esclavos estén sometidos en todo a sus dueños”, Tito 2,9 (para los literalistas).
Pero, algunos todavía usan e invocan a Dios y a la “ley natural” para justificar el rechazo, los insultos y los ataques contra algunas personas por su orientación sexual. Por fortuna la sociedad está cambiando gracias a las nuevas generaciones más tolerantes, abiertas y tranquilas. Y aunque aún se presenten eventos de rechazo agresivos y violentos (que son noticia por desfasados e inhumanos) el mundo de hoy no es ni sombra de lo que fue hace 20, 50 o 120 años, en este tema, cuando metieron a la cárcel a Oscar Wilde por su amistad con el escritor y poeta Alfred Bruce Douglas.
En la vida real los jóvenes de colegios y universidades interactúan cada vez más con personas con orientaciones sexuales diferentes sin escandalizarse, insultarlas ni matonerarlas. Cada vez conseguimos una sociedad más respetuosa. En mi experiencia docente he visto que colegas profesores y alumnos que han pasado por los cursos universitarios que sirvo, que se identifican con la comunidad LGBTI+, son responsables, trabajadores, amables, respetuosos, emprendedores, tiernos y, sobre todo, brillantes en lo académico y en lo profesional.