Un hombre le mencionó una vez a su médico que le encantaba el sonido de las estrellas. Días después comprendió que lo que oía en realidad eran grillos. Recién le habían puesto un implante coclear y apenas estaba descubriendo cómo suenan las cosas. Por azar llegué a un foro de Reddit en donde personas sordas comparten los sonidos que más los sorprendieron después de recibir su implante. Las respuestas son poesía pura. Imagínense crecer pensando que todos hablamos con la misma voz, que el helado hace ruido al derretirse y que las nubes suenan cuando se chocan. Imagínense oír por primera vez el sonido de la lluvia y al día siguiente, frente al sartén del desayuno, preguntar por qué la tocineta llueve. Imagínense descubrir que el viento suena, mientras que la nieve, en cambio, cae en absoluto silencio.
El diario británico The Independent alguna vez recogió testimonios de miles de lectores que dejaron en evidencia que a los seres humanos suelen gustarnos más o menos los mismos sonidos: los caballos caminando sobre el cascajo, la risa de los amigos después de contar un chiste, la lluvia golpeteando el techo, el canto de los pájaros, el ronroneo de los gatos.
Lo anterior me hizo pensar que hay sonidos atrayentes por sí solos; sin embargo, al analizar uno a uno mis favoritos, soy capaz de asociarlos a algún lugar, compañía o situación específica que hacen que el sonido sea aún mejor de lo que es. Yo, por ejemplo, tengo razones para que me guste el crepitar del fuego, los remos abriéndose paso entre las aguas quietas, el lomo de un libro cuando se abre por primera vez y el silbido de los trenes.
Hace años, viajando por Estados Unidos, mi pareja y yo atravesamos la legendaria ruta 66. La noche nos cayó encima de imprevisto durante uno de los trayectos y tuvimos que dormir en el único hotel que encontramos a lo largo de muchos kilómetros de pavimento. Resultó ser regentado por indios navajos y quedar al pie de la carrilera de un tren que nos arrulló toda la noche. Recuerdo la fuerza del silbido, primero lejana y luego invasiva, como si estuviera dentro del cuarto, luego dentro del oído, luego dentro de mí misma como el recordatorio de una etapa dichosa que no volvería a repetirse. Desde ese día detecto los trenes en las películas aunque el sonido sea secundario e irrelevante para la historia. Adonde vaya los oigo a lo lejos mucho antes de que cualquier otra persona lo haga. Los he esperado por horas al pie de la carrilera, incluso, bajo la amenaza de congelarme. La razón es que cada vez que los oigo vuelvo a la ruta 66, a esa noche, a ese hotel, a ese cuarto, a esa compañía. Entendí que para viajar no siempre hay que tomar el tren. A veces basta con detenerse, cerrar los ojos y escuchar su sonido. De la misma forma como, supongo, aquel hombre sigue alzando la vista al cielo todas las noches, porque no importa cuántos grillos haya, siempre será mejor imaginar que las estrellas suenan