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Las bromas que hacemos reflejan nuestras creencias; un chiste racista o sexista no solo puede ser hiriente, también deja ver prejuicios o sesgos inconscientes de quien lo hace y
de quienes se ríen con el mismo.
Por Caty Rengifo Botero - JuntasSomosMasMed@gmail.com
Recientemente, en un ambiente de alegría y risas durante una reunión, se hizo un “chiste” que disminuyó la energía que estaba sintiendo, un chiste con tono racista y completamente inapropiado e inaceptable en todos los sentidos. El tono de mi reacción quizás no fue el más adecuado, yo me tomé lo dicho de manera personal y les expresé mi decepción diciendo: Esperaba más de ustedes. Después del incómodo momento quedé con una sensación rara en el corazón y durante el fin de semana he reflexionado sobre cómo reaccioné ante el “chiste” y hoy me gustaría compartir mis pensamientos con ustedes.
Durante los primeros días me sentí mal y reflexioné sobre mi tono, llegando a la conclusión de que no fue el más apropiado, ya que estuvo influenciado por mi tendencia a tomar las cosas de manera personal. A pesar de que mi reacción no fue la mejor debido al sarcasmo que utilicé, lo cual no se alinea con mi objetivo de “ser huella y no cicatriz en mi vida y en la de los demás”, comprendí que señalar el error del “chiste” y dejar claro que hay temas que no son graciosos fue lo correcto.
Las bromas que hacemos reflejan nuestros valores, nuestras creencias; un chiste racista o sexista no solo puede ser hiriente, el mismo también deja entrever prejuicios o sesgos inconscientes de quien lo hace y de quienes se ríen con el mismo y aunque estos prejuicios muchas veces no son deliberados, los mismos fomentan estereotipos y discriminación.
Por eso, es vital ser conscientes del efecto de nuestras palabras y seleccionar nuestras bromas con cuidado. Un chiste verdaderamente bueno puede ser hilarante sin depender de estereotipos dañinos o actitudes discriminatorias. Al hablar con consideración por lo que estamos diciendo, mostramos respeto tanto por los demás como por nosotros mismos.
En otras palabras, ejercemos la comunicación asertiva que tanto le falta a nuestra sociedad. Como dicen por allí, uno no puede ser luz y sombra al mismo tiempo, la coherencia entre lo que somos y lo que decimos es un pilar fundamental en un mundo en donde el poder de las palabras divide poblaciones.
Espero que mi reflexión de estos días y la historia que hoy les traigo sirva como detonante para que nos cuestionemos sobre el tipo de bromas que perpetuamos en el tiempo, el tipo de “chistes” que enseñamos a nuestros hijos y el tipo de comentarios que consideramos bromas.
Las palabras tienen poder y debemos usarlas con responsabilidad, como decía mi abuelo: “Es mejor ser dueño de tu silencio, que esclavo de tus palabras”.