Por hernando uribe c.
Leemos en San Lucas (21, 25-26): “Habrá señales en el sol, en la luna y en las estrellas; y en la tierra, angustia de las gentes, perplejas por el estruendo del mar y de las olas [...] porque las fuerzas de los cielos serán sacudidas”. Texto que llamamos apocalíptico, terrorífico.
Lo que sigue completa el sentido de este texto, fundamental para su comprensión, pues determina el comportamiento de quien lo lee. “Entonces verán venir al Hijo del hombre en una nube con gran poder y gloria. Cuando empiecen a suceder estas cosas, cobren ánimo y levanten la cabeza porque se acerca su liberación”.
Esta segunda parte, que es un contraste total con la primera, da el verdadero sentido del texto. El buen lector se detiene a meditar lo que significa la venida del Hijo del hombre con todo su poder y gloria a llenar de ánimo y consuelo al creyente trayéndole la liberación.
El texto apocalíptico no es para infundir miedo y desconcierto, sino consuelo y fortaleza. Se interesa en la profundidad permanente de la existencia del hombre y del universo y en cómo debe ser el comportamiento humano para alcanzar en todo momento la salvación, el distintivo de la creación.
Es una invitación a que no se nos nuble la mente con el vicio, la bebida y las preocupaciones de la vida, y a que estemos en vela, orando en todo tiempo para “tener fuerza y escapar a todo lo que va a venir, y poder así mantenernos en pie ante este Hombre”. Invitación que trae el mayor consuelo y fortaleza ante lo que puede afligirnos o hacernos daño.
En 2 Corintios (1, 3-5) encontramos esta asombrosa oración: “Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de la misericordia y Dios de todo consuelo, que nos consuela en todas nuestras luchas, para poder nosotros consolar a los que están en toda tribulación, mediante el consuelo con que nosotros somos consolados por Dios. Porque si es cierto que los sufrimientos de Cristo rebosan sobre nosotros, también por Cristo rebosa nuestro consuelo”.
El último libro de la Biblia, el Apocalipsis, significa revelación de Jesucristo, y termina con esta dulcísima oración: “Amén. ¡Ven, Señor Jesús!”. Es la oración del alma enamorada que, ante las amenazas, estragos y horrores de la pandemia universal, espera con afán la llegada del Amado, que tiene el poder de vencer toda amenaza y llenar de consuelo por traer la salvación.
El creyente ora casi en silencio con las palabras del salmo 24: “El Señor es bueno y es recto, y enseña el camino a los pecadores”