En 1972 le preguntaron al Primer Ministro de China, Chun En-Lai qué pensaba sobre la Revolución Francesa y su respuesta fue: “es muy pronto para valorarla”. Quizás esa respuesta haya sido una evasiva inteligente, pero a la vez tiene toda la potencia de ser una verdad como una catedral. Es que los eventos históricos de esa magnitud, cuyo efecto se siente alrededor del mundo y durante generaciones, no se valoran bien sino con el paso del tiempo.
El mundo en que vivimos hoy, sus instituciones, la forma de hacer política, su narrativa, su lucha, es una herencia directa de la Revolución Francesa. Si por un lado es cierto que debemos empezar a hacer el ejercicio de tratar de entenderla y valorarla, por otro el estudio de la historia parece cada vez más devaluado y lejano. Esto nos explica el por qué pareciera que alrededor del mundo hay una ola de inestabilidad y violencia. Una sensación de que se han agotado todas las ideas y que hay que reciclar las viejas utopías aunque tengamos evidencia de que no llevan a nada.
Es desgarrador ver cómo América Latina está sumida en un discurso polarizado de ideas y posiciones que no sólo le son ajenas, sino que además probaron durante el Siglo XX que no funcionan y que además sus consecuencias son catastróficas tanto en pérdidas económicas como humanas. La extrema izquierda comunista que importa una narrativa de estado de bienestar, con un discurso que sí toma en cuenta la pobreza, la desigualdad y el racismo que son grandes males de nuestro continente, pero cuyas políticas más bien profundizan estos males y como ejemplo está el caso venezolano. Mal se puede hablar de resolver injusticias debilitando las instituciones cuyos principios son garantizarlas. Una izquierda que tiene mucho discurso y pocas propuestas reales y efectivas, que usa el resentimiento como catapulta política en vez del empoderamiento ciudadano como fuerza transformadora.
La izquierda en América Latina tiene un discurso que suena bonito. Inclusivo. Preocupado. Solidario. Pero en la práctica ha demostrado que esa preocupación se limita a usar los países y sus riquezas como minas. Los saquean y se van. O peor aún buscan cómo perpetuarse en el poder, estabilizando la pobreza y promoviendo la ignorancia no traen soluciones reales para resolver las enormes brechas que impiden el desarrollo, sino que a través de sus políticas las acentúan, estabilizando únicamente su poder.
En contraparte ha surgido en el otro extremo una ola nacionalista, xenófoba, ultra conservadora, bajo la ilusión de que bajo ese otro paraguas están la seguridad personal y la estabilidad democrática.
Ambas posturas vienen de corrientes de causaron enormes estragos en el Siglo XX. Importamos lecciones no aprendidas. Importamos el fracaso de una Historia que no es nuestra y de la que en el fondo nos habíamos salvado. Quizás sea hora de valorar las revoluciones que nos trajeron hasta acá. Intentar al menos sacarles si no el sentido, unas lecciones que nos alejen del camino certero de destrucción que ahora estamos transitando .