Alfonso Ortiz fue un hombre de principios inquebrantables. Un ser excepcional, auténtico y respetuoso. Transparente, claro en sus convicciones, sensible y ante todo solidario. Valores todos que heredó de cuna y cultivó a lo largo de su vida.
Su manera de ser amable, simpática y cálida le permitió tratar a todos por igual, fueran adultos o niños, importantes o humildes.
Alfonso, de trato exquisito, fue amigo de sus amigos, los disfrutaba y frecuentaba; las tertulias para él, eran la exaltación a la amistad.
La familia fue su máximo orgullo y lo más importante en su vida. Con María Victoria, su querida esposa y cómplice, formó un hogar al que dedicó con desvelo y sacrificio todo su interés.
Sus hijos lo colmaban, eran todo para él, vivía por ellos...