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Trump logró encarnar esa aspiración, convirtiéndose en un tótem de renacimiento, una figura que simboliza un nuevo comienzo.
Por Aldo Civico - @acivico
Quiero reflexionar nuevamente sobre el triunfo de Donald Trump y lo que este nos puede sugerir de cara a las presidenciales del 2026. Quiero centrarme en la emoción que definió su campaña: el optimismo, entendido, en términos de la doctrina católica, como “la esperanza de las cosas prometidas”. Se trata de un optimismo mesiánico, que llevó a una multitud a depositar su destino en un líder carismático, que parece ser capaz de guiarlos hacia una tierra prometida, más allá de la profunda crisis del presente. Es la promesa de una nueva edad de oro, donde el sueño americano volverá a ser alcanzable; esa aspiración que hoy parece inalcanzable, sin importar cuánto uno se esfuerce o sacrifique. Trump logró encarnar esa aspiración, convirtiéndose en un tótem de renacimiento, una figura que simboliza un nuevo comienzo. “Tranquilos —parece decir—, que mañana, gracias a mí, el sol volverá a brillar.”
Este optimismo se vio potenciado por un elemento de aventura y ciencia ficción, encarnado en la figura de Elon Musk y su promesa de que la humanidad pronto se convertirá en una especie interplanetaria. Es una declaración audaz: lo imposible puede hacerse realidad. La idea de colonizar Marte, profetizada por Musk, evoca la conquista de la luna que John F. Kennedy prometió en los años sesenta. Es un mensaje que proclama que no hay límites para quienes sueñan en grande, especialmente cuando se libera al individuo de las ataduras de la burocracia y las regulaciones. Trump y Musk lograron vender un sueño, y una mayoría significativa decidió comprarlo.
El optimismo que despertó Donald Trump me recuerda al que, en su momento, generó Silvio Berlusconi en Italia, quien solía afirmar que llevaba “el sol en el bolsillo”. Berlusconi supo capitalizar un momento de desencanto y fragmentación política para ofrecer una alternativa que no solo era pragmática, sino profundamente emocional. Su mensaje transmitía un optimismo contagioso, que se erigía en contraste directo con el pesimismo institucionalizado y la parálisis burocrática que muchos italianos asociaban con la política tradicional. Este enfoque resulta especialmente relevante hoy, porque los votantes ya no eligen entre derecha e izquierda (y mucho menos un insípido centro); ahora optan por lo nuevo frente a lo viejo, lo popular frente a lo elitista, la disrupción frente a la continuidad. En definitiva, eligen la esperanza frente al pesimismo, una narrativa que, irónicamente, se ha asentado en buena parte del progresismo contemporáneo, con su retórica que, por ejemplo, profetiza el apocalipsis ambiental.
Hoy, en Colombia, no percibo entre los precandidatos más destacados a nadie capaz de despertar un verdadero optimismo colectivo. El mensaje anti-petrista, por sí solo, no tiene el poder de movilizar a las masas; lejos de inspirar, solo profundiza el desaliento. Tampoco lo hará la infantilización de la política, que observo con cierto horror en algunos candidatos que intentan imitar a la generación Z en TikTok. Nada de esto es inspirador. Más bien, estudien a Donald Trump y a cómo ha logrado a movilizar el optimismo, incluso cuando, con la cara sangrienta después de un atentado, levantando el puño al cielo, grita a sus aficionados, fight! fight! fight!
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