Es una sociedad mejor aquella donde las mujeres tienen más voz y más libertades. Gracias al fallo histórico de la Corte Constitucional que finalmente despenaliza el aborto, Colombia es hoy una sociedad más abierta. De hecho, no hay mejor camino para el progreso y la paz que ampliar las libertades. La gratitud es una obligación para las mujeres que perseveraron en esta lucha durante cuatro décadas. Como dice Noam Chomsky, “el cambio y el progreso muy rara vez son regalos que llegan desde arriba. Son el resultado de luchas desde abajo”.
La decisión de la Corte Constitucional también ubica a Colombia como al único país de Latinoamérica que legaliza el aborto hasta las veinticuatro semanas y como a uno de los pocos en el mundo. En su mayoría, en los países donde el aborto es legal, se contemplan doce semanas, o sea, el primer trimestre. La legalización del aborto hasta las veinticuatro semanas es quizás el aspecto que más controversia está causando. A finales del segundo trimestre, en el feto ya hay definición del sexo, entra en funcionamiento el sistema nervioso, se desarrolla la capacidad auditiva. La tasa de supervivencia fuera del útero para un feto en la semana veinticuatro es de alrededor del sesenta y cinco por ciento. Pero es solo entre la semana veinticuatro y la veintiocho cuando el cerebro del feto empieza a establecer conexiones importantes, interactuando con el ambiente alrededor y teniendo los primeros aprendizajes. Por esto, la Corte Constitucional quiso así garantizar la opción de la interrupción de embarazo y evitar que los obstáculos burocráticos, además de socioeconómicos, anulen el ejercicio de un derecho adquirido.
Una ampliación de las libertades también requiere que una sociedad reflexione críticamente sobre su capacidad de libertad. Kant y la Iluminación confiaron totalmente en la independencia del intelecto. Era mucho más pesimista Nietzsche, quien observaba: “nosotros los que conocemos somos desconocidos para nosotros”. Personalmente, coincido con el amigo y teólogo italiano Vito Mancuso, quien resalta cómo ni es el intelecto, ni la razón, ni la pasión lo que nos vuelve humanos, sino más bien un “espacio vacío” que está marcado por el caos. Esta vorágine, este caos, con toda su ambigüedad e indeterminación, es la libertad. Es conociendo y aprendiendo a movernos dentro de este “espacio vacío” que tenemos la opción de ser libres, justos y buenos; de ser humanos. O, por el contrario, la posibilidad de ser esclavos e injustos. Se vale entonces preguntarnos, ¿cómo ser capaces de libertad y quizás reconocer que la exaltación de la razón, por sí misma, no es suficiente? Por eso, este “espacio vacío” es también el espacio de la ética y de la espiritualidad; es decir, el espacio donde podemos desarrollar niveles superiores de consciencia y, por ende, de libertad. Esta construcción presupone un marco normativo que la hace posible. Al mismo tiempo, esto no es suficiente para ser capaces de lograr la libertad. La decisión histórica de la Corte Constitucional nos ofrece la posibilidad de explorar, conocer y aprender a habitar este “espacio vacío”.