María Brigida Rentería ya perdió la cuenta de cuántos niños ha traído al mundo. Su primer parto lo atendió en 1963, con apenas 14 años, en una época en la que hasta la menstruación era tabú. Oriunda de Guapi, Cauca, esta mujer afro ha sorteado los terrores de la guerra y el desplazamiento forzado, en medio de una lucha para que su saber ancestral sea reconocido y respetado.
La partería es un oficio que se niega a desaparecer en el Pacífico colombiano. En una casa blanca de tres pisos, ubicada en el barrio La Independencia, de Buenaventura, María, junto a más de 80 mujeres negras se han encargado, por más de 30 años, de ayudar a las madres antes, durante y después del embarazo.
Todas ellas hacen parte de la Asociación de Parteras Unidas por el Pacífico (Asoparupa). La matrona mayor y fundadora, Rosmilda Quiñones, se propuso velar por el reconocimiento de la partería tradicional, su reivindicación y la protección de su memoria.
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Ahora, las parteras ya son parte del atractivo turístico de Buenaventura, pues junto con sus rituales, la gastronomía, el viche y la música de marimbas, cununos, cantaoras, currulaos y arrullos, han buscado dar a conocer al mundo la riqueza cultural y ancestral de uno de los principales puertos del país.
“Una partera era vista antes como una bruja por trabajar con plantas medicinales. Hemos ido cambiando ese contexto y en 2021 lanzamos la Ruta de la Partera, una experiencia de turismo ancestral a través de la cual compartimos la identidad cultural y la esencia de lo que significa ser negra en el Pacífico. Lo primero que hacemos en el recorrido por la casa es mostrar los espacios y simbolismos, como el vientre en una escultura de una mujer negra que está embarazada. Eso es lo que representamos aquí: la magia de dar vida en un territorio como este”, comenta Liceth Quiñones, hija de Romina y actual directora de Asoparupa.
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Estos rituales son los que hacen parte del Museo de Memoria Viva de Asoparupa, la cual, con apoyo de la Embajada de Canadá en Colombia, constituyó una Agencia de Viajes y Turismo con el propósito de incentivar el turismo sostenible, ecológico y ancestral en el distrito portuario.
“La experiencia termina deleitando los sentidos con el ‘Arrullo a la Vida’, de las músicas y cantos tradicionales. Reunimos a las sabedoras ancestrales, quienes ofrecen su conocimiento y experiencia en el cuidado del cuerpo y la mente con las plantas, bebidas autóctonas como la tomaseca, pipilongo y gloriado; el poder del fogón, el sancocho de la ‘recién parida’, y la preparación de otros alimentos propios del territorio como la papachina, chontaduro y pepepán”, añade Quiñones.
Más que un puerto
Buenaventura es considerado uno de los principales puertos de comercio exterior de Colombia. Por esta zona se moviliza cerca del 45% de carga internacional y se exporta el 80% de la producción de café colombiano. Sin embargo, posee un potencial turístico que ha sido poco explorado.
Precisamente, con miras a fomentar esos destinos emergentes, muchas veces olvidados, el Ministerio de Comercio, a través del Fondo Nacional de Turismo (Fontur), ha aprobado ocho proyectos de turismo para el distrito portuario por $2.570 millones.
Uno de ellos fue el recibimiento del primer crucero con turistas extranjeros que zarpó en la Sociedad Portuaria de Buenaventura. Cerca de 400 alemanes pisaron el suelo bonaverense donde tuvieron la oportunidad de acercarse a la cultura y tradición del Pacífico colombiano, a través de muestras folclóricas y el encuentro de platoneras, las reconocidas mujeres afro que realizan una labor tradicional para ofrecer productos típicos y ancestrales de la región.
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Este hito lo estuvo preparando el Gobierno, la Alcaldía de Buenaventura y las comunidades locales desde hace un año, el cual contó con una inversión de más de $442 millones.
“Queremos posicionarnos en el mundo, que nos vean diferente y que sigan llegando más cruceros. Que sepan que somos un destino de turismo cultural y de naturaleza. Tenemos cuatro patrimonios culturales, ocho áreas protegidas y somos uno de los territorios más biodiversos de Colombia. Lo más difícil era convencer a la industria de los cruceros para que pusieran sus ojos en nuestro puerto”, afirma Nixon Arboleda, secretario de Turismo del distrito.
Es que a este lugar de afros, indígenas y pescadores le ha tocado vivir los años más crudos de la violencia y el narcotráfico. Por eso, aunque para muchos la noticia de un crucero no causa mayor asombro, para las comunidades locales representa una esperanza y una entrada de recursos para su subsistencia.
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“Esto es algo que estuvimos esperando por mucho tiempo. Para nosotros, que trabajamos desde el arte, estas son las oportunidades y entradas económicas que podemos tener. Labores como la danza tradicional no son bien retribuidas y menos en esta parte de la región”, cuenta Roberto Carlos González, director artístico de la Fundación Cultural Chonta Sonora.
Según este joven de piel morena, Buenaventura se ha caracterizado por un turismo más enfocado en negocios, el cual, hasta ahora, no les ha permitido mostrar su arte, costumbres y cultura.
Para los comerciantes, artistas, transportadores y guías es importante que actividades como estas se sigan promocionando y que, ojalá, duren más tiempo para que realmente contribuyan con la reactivación de la economía local.
“Los turistas que bajaron del crucero tuvieron varias actividades, como ir a la Reserva Natural San Cipriano, recorrer el malecón o ver los monumentos. Todas ellas muy importantes, pero en la noche debían seguir hacia otro país. Ojalá los próximos cruceros que lleguen se puedan quedar más tiempo, porque comerciantes como nosotros, que venimos desde Ladrilleros (un corregimiento ubicado a una hora en lancha de la ciudad) un solo día es muy corto. No alcanzamos a vender mucho”, recalca Fabián Bueno, director de la Fundación Biosfera Pacífico.
Turismo comunitario
Desde los helados de naidí, pepepán y chontaduro, postres de coco bañados en ‘arrechón’ -una mezcla de tomaseca, borojó, canela, clavos de olor y plantas medicinales-, el pescado encocao con papachina, hasta los sonidos de los cununos, tamboras y marimbas hacen parte del tejido social, familiar y comunitario de los bonaverenses.
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Todo esto, sumado a los manglares de las zonas costeras, que se extienden hasta el río San Juan y el río Naya, y las cascadas que se unen al mar reduciendo su salinidad y ayudando a conservar la temperatura del océano, hacen de este un destino que ofrece a los viajeros una fusión única de experiencias culturales y naturales. Además del espectáculo de las cerca de 1.000 ballenas que llegan cada año a Bahía Málaga a cumplir sus ciclos biológicos.
Lo anterior, para Marina Gamboa, una mujer negra, fuerte y de voz enérgica, creadora de la Fundación Juanchaco Ancestral, el Museo del Viche, y el Festival Marimba y Playa, es apenas una parte de lo que el territorio tiene para ofrecer. Por eso, pide a los gobernantes ejecutar ayudas y proyectos que impulsen el territorio, pues si los jóvenes de allí no encuentran oportunidades educativas ni laborales están obligados a migrar hacia otros lugares.
“En la Fundación, los niños y adolescentes ocupan el tiempo libre después de clases, aprendiendo un arte u oficio, ya que en nuestra comunidad no hay estudios superiores. Algunos de los muchachos que se ven pescando u manejando moto son bachilleres. En Ladrilleros, este pequeño corregimiento de Buenaventura, no hay universidad. Necesitamos que venga el Sena a dar capacitaciones, para que ellos puedan prepararse y vivir de eso”, manifiesta.
Marina ha ocupado gran parte de su vida a formar talentos sin ánimo de lucro. Su sueño, dice, es que su gente salga adelante, pues cree firmemente que “pueblo que se capacita, pueblo que progresa. Un estómago con hambre y un cerebro vacío lo que genera es violencia. Pido, de todo corazón, que apoyen a nuestra gente campesina, afro y ribereña, porque desde que tengamos oportunidades, nos quedaremos en nuestros pueblos”.
*Invitada especial a Buenaventura por Fontur