Por David Galeano*
La discusión sobre la incorporación de la energía nuclear en Colombia está cobrando un impulso sin precedentes, situando al país en el umbral de una era energética revolucionaria. Con el objetivo de clarificar su relevancia y despejar dudas, a continuación, se explora cómo este giro hacia lo nuclear podría marcar un antes y un después en nuestra concepción de sostenibilidad y seguridad energética.
La llama nuclear tendrá un impulso significativo con una iniciativa legislativa que podría cambiar el curso de nuestra historia energética. En marzo de este año se presentará en el Congreso de la República, un proyecto de ley sobre Seguridad Nuclear y Protección Radiológica que busca ser el pilar sobre el cual Colombia construya un futuro energético robusto y seguro. Este proyecto no solo refleja un compromiso político transversal, sino también un consenso sobre la necesidad de abordar los retos y oportunidades que el tema nuclear presenta. A través de este esfuerzo colaborativo, que involucra a sectores tan diversos como la energía, la salud y la agricultura, el país se embarca en una discusión integral sobre cómo la energía nuclear podría contribuir significativamente al bienestar y progreso de nuestra sociedad.
Este nuevo comienzo simboliza más que una simple diversificación de nuestra matriz energética; representa una apuesta decidida por una Colombia más verde, más innovadora y tecnológicamente avanzada. La energía nuclear, con su capacidad para generar electricidad de manera continua y sostenible, emerge como una solución prometedora ante los desafíos climáticos y de sostenibilidad del siglo XXI.
La diversificación de nuestra matriz energética es crucial en el contexto del cambio climático, que amenaza con alterar los patrones de lluvia y, por ende, la capacidad de generación de las hidroeléctricas, columna vertebral de nuestro sistema energético. La dependencia excesiva de una única fuente de energía expone al país a vulnerabilidades ante eventos climáticos extremos y variaciones en la disponibilidad de recursos naturales. Por otro lado, las energías solar y eólica, aunque son complementos valiosos y sostenibles, enfrentan el desafío de la intermitencia. Sin el sol o el viento, su capacidad de generación se ve comprometida, lo que resalta la importancia de contar con fuentes de energía confiables y constantes, como la nuclear, que pueden garantizar el suministro ininterrumpido de electricidad.
Además, el sistema interconectado nacional se beneficiaría enormemente de la inclusión de la energía nuclear, proporcionando un equilibrio en la matriz energética que podría mitigar los riesgos asociados con la sobredependencia de las hidroeléctricas. A medida que el cambio climático se intensifica, la seguridad energética se convierte en una preocupación aún más crítica, haciendo imperativo expandir nuestra infraestructura energética de manera que incorpore fuentes diversas y resilientes. La energía nuclear, por su capacidad de producir grandes cantidades de electricidad de forma sostenible y con una huella de carbono mínima, se presenta como una solución estratégica para complementar y fortalecer nuestro sistema energético frente a los desafíos futuros.
Para poner en perspectiva la magnitud de lo que Colombia se propone alcanzar, veamos algunos números. La Unidad de Planeación Minero-Energética (UPME) ha incorporado en el Plan Energético Nacional (PEN) 2022-2052, y continuará en el PEN 2024-2054, la inclusión de la energía nuclear con proyecciones de generar hasta 1800 MW para el año 2038. Pero ¿qué significan estas cifras? Para dar una idea, 900 MW podrían abastecer aproximadamente a 750,000 hogares colombianos, lo que representa un avance significativo hacia la seguridad energética y la reducción de nuestra dependencia de fuentes fósiles.
Este compromiso con la energía nuclear no es nuevo. Desde 1965, Colombia opera el reactor nuclear IAN-R1 en Bogotá, gestionado por el Servicio Geológico Colombiano (SGC). Además, en 2012, se designaron aproximadamente 20 millones de hectáreas como ‘reserva estratégica’, de las cuales cerca de un millón podrían tener potencial para la explotación de uranio. Estas acciones demuestran que Colombia tiene tanto la experiencia como los recursos naturales necesarios para avanzar en este camino.
El sector académico ha respondido con entusiasmo a estos desafíos. La Universidad Nacional de Colombia y la Universidad de Antioquia han sido pioneras en ofrecer cátedras y diplomados en energía nuclear, preparando a la próxima generación de profesionales en este campo. Además, la formación de la Red Nuclear Colombiana y la realización de eventos educativos sobre energía nuclear subrayan el compromiso con el conocimiento y la innovación.
Es importante destacar el papel de la cooperación internacional en este esfuerzo. La Dirección de Asuntos Políticos Multilaterales de la Cancillería de Colombia y el Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA) han dialogado sobre las prioridades del país en el uso pacífico de la ciencia y tecnología nuclear, lo que refleja nuestro compromiso con la seguridad y la cooperación global en este ámbito.
La transición hacia la energía nuclear es un proceso complejo que requiere tiempo, inversión y sobre todo, un consenso nacional. Siguiendo el modelo del OIEA, se estima que el desarrollo de un programa nuclear en Colombia podría consolidarse en la década posterior al 2030. Este esfuerzo conjunto refleja la determinación de Colombia de avanzar hacia una era de sostenibilidad energética y autonomía tecnológica, equilibrando los imperativos de seguridad, desarrollo económico y protección ambiental.
La discusión sobre la energía nuclear en Colombia trasciende los intereses económicos o académicos; es una cuestión de relevancia nacional que concierne a todos los ciudadanos. Al invertir en energía nuclear, Colombia no solo busca asegurar su futuro energético sino también contribuir a la lucha global contra el cambio climático, promoviendo un desarrollo sostenible y responsable. Este camino hacia la energía nuclear es un testimonio de la planificación estratégica y la colaboración interinstitucional, demostrando que, con el diálogo y el compromiso, podemos superar los desafíos y aprovechar las oportunidades que esta fuente de energía ofrece.
Es esencial que el sector privado se sume a estos esfuerzos, especialmente las empresas del sector eléctrico, que ya están capacitando a su personal y desarrollando planes de negocio basados en la tecnología nuclear. Esta colaboración entre el gobierno, la academia y el sector privado es crucial para realizar la visión a largo plazo de integrar la energía nuclear en la matriz energética del país. La participación del sector empresarial no solo acelerará el desarrollo tecnológico y la implementación de proyectos nucleares, sino que también contribuirá a la creación de infraestructura, la generación de empleo cualificado y el fortalecimiento de la economía nacional.
La energía nuclear en Colombia no es solo un proyecto; es una realidad en construcción que requiere del apoyo y comprensión de todos. La transición hacia un modelo energético más diversificado y sostenible es una tarea compleja, pero con beneficios claros y tangibles para el país y sus ciudadanos. Es una invitación a imaginar un futuro donde la energía sea limpia, abundante y segura.
Este momento de inflexión en nuestra historia energética es una oportunidad para educarnos, participar en el debate y contribuir a la construcción de un legado energético sostenible. La discusión sobre la energía nuclear no es un tema reservado para expertos o intereses económicos específicos; es una conversación nacional sobre nuestro futuro común y el planeta que dejaremos a las próximas generaciones.
Por lo tanto, la adopción de la energía nuclear en Colombia representa no solo un desafío técnico y político, sino también una promesa de progreso y sostenibilidad. Es una decisión que nos involucra a todos, desde legisladores y académicos hasta ciudadanos comunes, cada uno con un papel que desempeñar en este viaje hacia un futuro energético seguro y sostenible.
*Phd, docente UdeA.