Medellín tiene su propio árbol: se llama calliandra medellinensis, y está tan escaso, en la ciudad ya hay solo 34, que si sigue así se va a extinguir. Quizá lo conoce como carbonero, porque es un tipo de carbonero, y seguro se ha cruzado con él: sus ramas verdes contrastan con unos pompones rojos despelucados que sueltan pelusitas muy delgadas.
Es uno de los pocos árboles endémicos de Medellín, por eso el nombre que significa “bellos estambres”, el cual le fue acuñado en los años 20 cuando el botánico Rafael Toro recorría las zonas verdes del Club Campestre y la mayoría de las tierras eran dedicadas a la agricultura y a la ganadería.
Entre los años 40 y 50 este individuo, de copa aparasolada y amplia, fue clasificado por la pareja de científicos norteamericanos Britton y Killip como una especie de Carbonero y a partir de ese momento se consolidó como calliandra medellinensis.
Según el Sistema de Árbol Urbano de Medellín y el Área Metropolitana del Valle de Aburrá (SMA), a la fecha hay registrados 34 arbustos de estos en distintos puntos: barrio San Germán (4), Villa Hermosa (3), Boston (3), en el Centro (5), Los Colores (2), Estadio (3), El Poblado (2), Aranjuez (2), Robledo (3), cerro El Volador (3), Campo Amor (1), Belencito (1) y Parque de Bolívar (2).
Los dos de este último lugar hacen parte del Decreto 0598 de 2019 (incluye a estos dos y a otras 600 de la capital antioqueña) en el que se definieron criterios de manejo para su conservación. “Estos ejemplares, sean árboles o palmas, hacen parte de la memoria individual y colectiva de las personas, de acuerdo a los criterios históricos, simbólicos, ecológicos y paisajísticos se definen como patrimonio cultural de Medellín”, dice Lucenit Solano, profesional de la Secretaría de Medio Ambiente de Medellín.
El calliandra medellinensis mide entre seis y diez metros de alto y el diámetro de su copa es entre 7 y 20 metros aproximadamente. Por sus colores vistosos, las formas en las flores, sus olores y néctar logra ser atractivo para aves e insectos. Según los estudios de la Escuela de Ingeniería de Antioquia, tiene una longevidad de 36 a 60 años.
Sus poderosas bacterias
Luis Buitrago, biólogo y divulgador científico del Parque Explora, dice que los carboneros tienen una asociación con bacterias que toman el nitrógeno del aire y lo convierten en abono que es asimilable para otras plantas. Es decir, la planta le da la energía a las bacterias (los azúcares que hace con la fotosíntesis) y las bacterias le pasan ese valioso y escaso nitrógeno a la planta.
Agrega que un carbonero, por ejemplo, podría crecer más fácil que otras plantas por esas bacterias. “Su suelo es muy fértil y en medio del centro con sus superficies duras y pisadas seguro es una pequeña isla de tierra nutritiva. Su copa aparasolada refresca y eso lo saben las ardillas, loras, palomas y transeúntes”.
Pero, ¿por qué hay tan poquitos? De acuerdo con Buitrago, así como los humanos, las plantas envejecen y a nivel fisiológico pueden perder la fertilidad por la edad. En este caso, aunque no se ha confirmado, en los Carboneros que quedan en Medellín posiblemente el polinizador ya no está, por esta razón los frutos que produce no sirven para nada; también porque ya están muy viejos o por algún agente externo como la contaminación, la iluminación, algún patógeno o por una mezcla de varios factores.
La falta de confirmación se debe a que no se ha estudiado lo suficiente. Buitrago explica que Medellín ha tardado muchos años en tener una generación local de científicos enfocados en estudiar especies como ese carbonero, y quizá cuando empezaron a hacerlo, ya era demasiado tarde, los individuos estaban aislados y la ciudad muy intervenida.
Para conservarlo
Juan David Fernández, coordinador de Colecciones Vivas del Jardín Botánico de Medellín, explica que según los registros, este árbol nativo de Antioquia ya fue hallado en Tolima y Cundinamarca.
“En la actualidad no se conocen individuos en condiciones naturales (no han nacido más) y se volvió muy representativo en la ciudad”. Para conservarlos, precisamente el Jardín adelanta desde 2019 un proceso de domesticación, crecimiento y desarrollo de 30 individuos que están creciendo y cuidando allí, y que luego llevarán a otros espacios de la ciudad. “No están para la venta, nuestro único interés es aumentar las poblaciones de calliandra medellinensis”, aclara Fernández.
¿Cómo los cuidan? Permanecen en el vivero donde reciben los respectivos cuidados, según los requerimientos de cada uno: se sembraron, después fueron plantados en bolsas y luego pasaron por distintos grados de luz para que vayan creciendo (unos necesitan mayor cantidad de luz que otros). En este monitoreo se define además la necesidad de agua, no hay una receta exacta de cuándo se tienen que regar, todo depende de las condiciones ambientales (verano muy fuerte o invierno en el que les cae agua más seguido).
Pero no solo en el Jardín los quieren conservar. En el centro de Estudios Urbanos y Ambientales Urbam-Eafit se sumaron y ahora sembrarán una especie, la cual será donada por el Jardín.
“Se está perdiendo, si no hacemos algo quedaremos en manos de los que hay. Si no se están polinizando perderíamos una especie que hasta ahora no se encontró antes en otro lugar, según el registro que se hizo en 1927”, dice Juan Sebastián Bustamante, coordinador de proyectos de Urbam.
Por ahora hay que esperar que esos árboles que están cuidando en el Jardín puedan repoblar la ciudad en el futuro para que la calliandra medellinensis le siga dando color a parques y soltando sus pelusitas rojas en las calles. Por lo menos hay científicos intentando que no se extingan.