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Casa Blanca, un enorme palacete abandonado en Prado, será ahora un centro gastronómico

Con su rehabilitación se espera que comience por fin la recuperación del único barrio patrimonial de la ciudad.

  • Casa Blanca, un enorme palacete abandonado en Prado, será ahora un centro gastronómico
  • Casa Blanca, un enorme palacete abandonado en Prado, será ahora un centro gastronómico
19 de agosto de 2024
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Hace un par de meses decía Daniel Rivera, el editor de este periódico, que el centro de Medellín era como la Leyenda del Dorado, un tesoro que siempre estamos buscando rescatar. La que quizás sea la joya más preciada de ese tesoro es Prado, ese barrio de casas y propietarios elegantes y extravagantes, de guayacanes florecidos y de antejardines amplios que en sus apenas 100 años de historia ha perdido tanto que hasta le quitamos el artículo del nombre: El Prado, no Prado, como se llamaba en sus días más señoriales.

Cada tanto tiempo aparece alguna noticia que reaviva la esperanza de encontrar otra vez el tesoro perdido y esta es una de esas: a través de una alianza público privada, en Casa Blanca, una de las casas más icónicas del barrio, se está construyendo Salón Prado: un gran centro cultural, gastronómico y de entretenimiento con restaurantes, billares, exposiciones de arte, teatro y librería que promete regresarle al barrio el prestigio que algún día tuvo.

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Los hombres más generosos y opulentos de este pueblo siempre tan austero construyeron allí entre las décadas del 20 y el 30 del siglo pasado sus sueños más exóticos: arcos, columnas altas y pronunciadas, fuentes exageradas, esculturas insólitas, castillos medievales y palacios egipcios.

Pero el destino de la clase alta de esta sociedad, tan orgullosa de su ascendencia judía, es ir de un lado para el otro. De las orillas de la quebrada Santa Elena a Villanueva, de allí a El Prado, de El Prado a Laureles y después a El Poblado, y de El Poblado ya van en Rionegro y en Puente Iglesias y en Cauca Viejo y de tanto huir quizás algún día terminen fundando una isla en el Caribe o refundando la ciudad después de darle la vuelta al mundo.

Así que a partir de la década de los 60 el barrio se empezó a caer.

Se fueron los comerciantes ricos y bien educados y llegaron el alcalde y el obispo. Esos tampoco aguantaron mucho y se fueron. Con el tiempo, las casas de dos pisos, techos altos, baldosas coloridas y salones amplios se convirtieron en conventos, hogares geriátricos, clínicas, iglesias y sedes de organizaciones sociales y culturales. Estas últimas, las más creyentes y perseverantes en la búsqueda del tesoro en los últimos años.

Una caída que ha sido fuerte pero que ha podido ser peor. Decía el antropólogo Víctor Ortiz, consultado hace un par de meses para una nota parecida a esta, que “el problema de Medellín ha sido entender el progreso como la necesidad de eliminar su pasado”. Pues bien, Prado no ha podido ser eliminado. Se fueron los masones y los cuasi monarcas que lo construyeron y lo habitaron, pero sus obras, con todo y los achaques por el sol y el agua, que en el centro de Medellín son igual de desmesurados, siguen en pie. Por eso es que la historia de cualquiera de esas casas es la misma del barrio.

Esta es la historia de Casa Blanca: antes de ser una casa fue un terreno de 2.000 varas cuadradas, de las de 80 centímetros, entre las calles Popayán y Jorge Robledo. Primero, en 1928, fue propiedad de una sociedad llamada Ortiz y Compañía, que se las compró a los Olano, que eran los dueños de La Polka, la finca donde se construyó el barrio. Costó 16.500 pesos oro colombiano que pesaba siete gramos y novecientos ochenta y ocho milésimos de gramo que se pagaron en monedas de cinco pesos oro.

El lote, según la escritura, podía destinarse para “la construcción de una casa de habitación, dejando al frente un prado o jardín de anchura no menos de nueve varas (7,2 metros) y en toda la extensión del frente”. La sociedad dividió el lote en dos partes y en uno de ellos construyó la casa de dos pisos alrededor de un patio principal a cielo abierto, con escaleras para llegar a la entrada, barandas de granito, marcos de madera, habitaciones conectadas entre sí y un baño de inmersión bajo tierra al que se accede por una escalera: un mikve, la palabra hebrea que describe las piscinas en los que en la tradición judía se sumergen para alcanzar la pureza. Las mujeres lo usan días después de terminado el periodo menstrual.

Un año más tarde, los constructores le vendieron la casa a un hombre llamado Abel Restrepo, que pagó por ella 4.000 pesos y que apenas meses después, en marzo de 1933, se la vendió a Justo Pastor Arango Sánchez por el mismo precio. Desde entonces, durante más de 40 años, Casa Blanca fue la vivienda de Arango y su esposa Teresa Velásquez.

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Arango era el dueño del Café Árabe, que quedaba en el edificio Vásquez en la Plaza Cisneros. Allí creció la familia y vivieron juntos hasta que liquidaron la sociedad conyugal en 1976. De esa liquidación a doña Teresa le quedó no solo su casa sino también la vecina del lado, pues Pastor Arango había comprado en sus días de derroche los dos lotes en los que Ortiz y Compañía habían dividido el terreno inicial. Teresa les vendió a los Mesa Jaramillo, parientes del historiador e intelectual antioqueño José María Jaramillo, que la dividieron en ocho partes: una para cada hijo, y así una mansión construida con habitaciones contiguas y conectadas entre sí, con una sola puerta, una cocina, un baño y un patio en común, empezó a fraccionarse en ocho partes pequeñas, comunes y corrientes.

Luego, en 1995 fue comprada por la Alcaldía de Medellín para que fuera la sede del recién creado Instituto Mi Río, una entidad descentralizada que tenía como objetivo el manejo integral del río Medellín y de sus quebradas afluentes, siempre tan peligrosas. Fue la misma Alcaldía la que le hizo la primera gran intervención a la casa: para que hubiera suficiente espacio de oficinas construyó todo un bloque nuevo con paredes en drywall en el sitio donde antes quedaba el jardín, el prado.

Fue como si le pegara una extensión, una ficha de lego, a una pieza que llevaba ya 60 años de terminada. Consiguieron baldosas parecidas y, salvo por los nuevos baños, que ya no traían escaleras al subsuelo sino orinales, respetaron las dimensiones de la casa antigua: un visitante desprevenido difícilmente sabría distinguir entre la parte vieja y la parte nueva.

Contrataron al maestro Ramón Vásquez para que pintara un mural en la pared más importante. La obra se llama Ríos de vida y en ella se ve a unos niños empelota —hay otros que tienen taparrabo— bañándose en un río indefenso y cristalino, rodeado de árboles y pájaros, bajo un cielo azul muy claro que ya casi se confunde con el blanco original de la casa. En el extremo izquierdo hay dos muchachos vestidos con botas y sombrero que sacan del agua con una pala lo que se asemeja a basura. Parecía que se iban a quedar allí mucho rato, pero apenas tres años después, en el 98, la entidad se fue para otro lado y desde entonces la casa ha pasado de mano en mano por cualquier cantidad de burócratas.

Casa Blanca, un enorme palacete abandonado en Prado, será ahora un centro gastronómico

Fue en 2020 cuando desde la Agencia para la Gestión del Paisaje, el Patrimonio y las Alianzas Público Privadas se la ofrecieron a Jorge García, un exitoso empresario del sector gastronómico e inmobiliario en Colombia y en América Latina para que pusiera ahí algún negocio de los suyos. García, por ejemplo, fue quien se ideó Mercados del Río, el mercado gastronómico que se hizo en la construcción de Ciudad del Río, uno de los procesos de renovación urbana más importantes de la ciudad en los últimos años. Después de ese, el modelo del mercado gastronómico se regó por toda la ciudad, pero ninguno más fue obra de García, que prefirió llevárselo por todo el continente, donde ya tiene más de 30 mercados de este tipo.

García asegura que en algún sueño le pareció verse como el dueño de una gran casa blanca, eso sumado al mural de Vásquez y a que la intervención del 95 hecha por Mi Río le daba espacio para montar una cocina de gran formato que en otra casa sin modificaciones sería impensable; dijo que sí, que la tomaba. Pero luego se pasó casi tres años encontrando un modelo de contratación y de negocio que fuera rentable.

Al final llegaron a un acuerdo que se parece al de la concesión de una carretera, donde el que construye es un privado que recupera la inversión a través de un peaje. En este caso, García se encarga de revivir la casa —y con esto se espera que el tesoro escondido empiece a brillar otra vez— sin hacerle grandes modificaciones, aunque el nuevo color será un rosado como de Karol G, y a cambio el distrito de Medellín lo deja explotarla comercialmente durante un lapso que puede durar entre 13 y 30 años hasta que compense la plata de la inversión que, según ha dicho la Alcaldía, es cercana a los $7.000 millones. En otras palabras: la casa seguirá siendo de la Alcaldía, pero los recursos invertidos por los privados los van a recuperar a través del canon de arrendamiento que no tendrán que pagar hasta que cubra lo invertido, esto sumado a que el privado se queda con las utilidades del negocio.

Pero la plata para la construcción de Salón Prado, que además de lo que ya se dijo tendrá zonas de coworking, salones para eventos privados y una terraza imponente, o mejor, un rooftop, no será solo de García, sino que cualquiera puede comprar su parte y luego, cuando el negocio empiece a andar a finales de este año, recibir sus utilidades o respaldar sus pérdidas. Las inversiones, que siguen abiertas, pueden ser desde $38 millones, son administradas por una fiducia y estiman que en cuatro años se recupere el capital.

De ser este el tesoro que le devuelva a Prado su artículo perdido y señorial, ¿quién lo encontrará primero, los habitantes de Medellín, descendientes de quienes en sus horas más opulentas lo construyeron, o los turistas que puedan pagar por él?

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