En el Pacífico colombiano existe el Valle del Naidí, una ambiciosa apuesta que ha echado raíces en lugares como Tumaco, Buenaventura, Guapi y Timbiquí, con el propósito de cerrar la enorme brecha que persiste en el acceso a la tecnología como oportunidad de educación, empleo y desarrollo en comunidades históricamente vulnerables y abandonadas. Que es una apuesta ambiciosa no es decir cualquier cosa, fue pensada para convertirse en un Silicon Valley, como el de Estados Unidos, o en uno como el Vale do Dende, de Brasil, o el Valle Savannah, de Kenia.
El Valle del Naidí llega allí donde aún no hay agua potable, donde tener energía todos los días puede ser un privilegio, donde la pobreza habita y el hambre acecha, donde pueden pasar días seguidos sin internet. Pero, más importante, donde cientos de niñas, niños y jóvenes están sumando su inteligencia a la artificial para crear soluciones innovadoras con el tinte de su legado ancestral, pues la mayoría son de comunidades étnicas.
La iniciativa, liderada por la corporación Manos Visibles, permite que se formen para convertirse en “la nueva generación del liderazgo tecnológico” del país. En cuatro años, han beneficiado a más de 1.500 niñas, niños y adolescentes, han fortalecido a 20 instituciones educativas de Chocó, Valle, Cauca y Nariño en temas de tecnología y han construido 6 laboratorios tecnológicos en el Pacífico.
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El año pasado, una parte del Valle del Naidí llegó a Medellín, la única ciudad de la iniciativa que no queda en el Pacífico. Aquí se unieron con la corporación Flor Púrpura, que lleva más de cinco años trabajando por empoderar a las mujeres afrodescendientes en un mundo donde persisten barreras para tener oportunidades y estar en espacios estratégicos de desarrollo. Son dos programas en la capital antioqueña: Naidí Girls y Naidí Women, con los que niñas y mujeres jóvenes afro e indígenas aprenden sobre robótica, domótica, programación y desarrollo web.
Naidí Girls
Naidí Girls fue lanzado en 2023 en Medellín como el primer programa del Valle de Naidí de formación en habilidades Steam (sigla en inglés para las áreas de ciencia, tecnología, ingeniería, arte y matemáticas), para niñas y adolescentes afro e indígenas. Casi 100 niñas fueron formadas por profesionales de Manos Visibles, la corporación Flor Púrpura y la Escuela de Robótica del Chocó. Una segunda cohorte terminó hace unos días, con 60 participantes. Todas se forman en el Nodo, el centro de formación en nuevas tecnologías de la universidad Eafit, un aliado.
Dulce María Valencia es una de ellas. Su madre Kelly Salas dejó el Chocó cuando tenía 11 años. La mandaron en busca de un mejor futuro y la recibió una tía en Medellín, donde pudo estudiar. Ahora es profesora de Buen Comienzo y se desborda en palabras de orgullo cuando habla de su hija, que tuvo con un paisa de padres chocoanos.
Viven en Enciso, en la comuna 8, Villa Hermosa, y adoran que su hija sea una naidí girl. Serlo implica, cuenta la niña, ir a las clases a Eafit para aprender sobre robótica, domótica y programación, nociones que ella está convencida que le van a servir en el futuro: “Nos enseñan sobre páginas web, videojuegos en 2D, presentaciones en 3D. Pero a las niñas también nos dan empoderamiento para confiar más en nosotras mismas, para crear más”. Tiene 11 años, cursa grado sexto y desde muy pequeña quiso estudiar algo relacionado con tecnología, por eso, no dudó en presentarse a la convocatoria con apoyo de sus papás.
Erika Palacio, fundadora de Flor Púrpura, tuvo claro desde el comienzo que la iniciativa se debía enfocar no solo en dotar a las menores de edad con habilidades y herramientas tecnológicas y científicas, sino también en cultivar su capacidad para pensar de forma crítica y diseñar soluciones innovadoras en el campo de la robótica. Pero además era necesario trascender la conectividad o el acceso a internet, lograr que cambiaran el chip y se pensaran en espacios donde pueden planear, dirigir, aportar y fortalecer habilidades de liderazgo y poder.
Más que solo proporcionar habilidades técnicas, Naidí Girls busca empoderar a las participantes para que se conviertan en agentes de transformación en sus comunidades, un enfoque crucial porque esas niñas y adolescentes provienen en su mayoría de sectores históricamente marginados de la ciudad.
Compartir con otras niñas afro e indígenas hace sentir a Dulce María en confianza, con personas con las que tiene mucho en común. A su corta edad es capaz de verlo como una forma de apoyo para estar orgullosas de su identidad: “Como personas afro a veces no somos tan importantes para la sociedad, entonces, es algo que nos ayuda mucho a nosotras a empoderarnos más, a tener un poder más de liderazgo. Por ejemplo, estar en las Naidí me dio la idea de proponer en el colegio que vuelvan las ferias de ciencia, que se acabaron hace mucho tiempo”.
Los espacios formativos de Naidí Girls son en la universidad Eafit, pero hay empresas que se vinculan para que las niñas conozcan cómo se generan productos tecnológicos diversos. Dulce recuerda emocionada que el año pasado fueron a Ruta N, Nutresa, Polygonus, Yamaha, el Museo de Arte Moderno de Medellín, el Metro de Medellín y el Jardín Botánico. Las visitas las hicieron en octubre durante una semana de inmersión en la que pudieron conocer a líderes y referentes de la industria tecnológica.
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Hace algunos días, Dulce María y sus compañeras se graduaron del proceso de este año, mostraron sus páginas web y otras creaciones delante de familiares orgullosos como Kelly, que espera que su hija pueda presentarse a una próxima convocatoria Naidí: “Como familia nos gusta el proceso que hemos visto en Dulce y las herramientas que le brindan, porque sé que tienen un momento como de empoderamiento; eso ayuda a que esas niñas y mujeres se la crean”.
Naidí Women
Cuando los abuelos maternos de Keily Mejía salieron de su natal Chocó, hace ya muchos años, no dejaron su tierra por gusto. Buscaban un mejor futuro y partieron hacia Medellín, un paraje desconocido e incierto para ellos, pero donde se establecieron y criaron a sus hijos. Keily es paisa, pero honra sus raíces. Es hija de una lideresa social que mucho le ha hablado de identidad y amor propio, pero recuerda aún cuando duró casi tres años con el cabello recogido o trenzado porque le dijeron que se veía mal con él suelto: “Estaba como en cuarto o quinto cuando la profesora me dijo eso. Yo era una niña y venía de que en mi casa todos los días me decían que mi pelo era muy bonito, para mí fue como que un choque emocional, eso me afectó y yo pasé un tiempo a recoger mi cabello”.
Lo soltó de nuevo cuando estaba en séptimo y desde entonces empezó a construir una especie de barrera entre ella y el racismo, ya no la afecta de forma personal, pero no puede ser indiferente ante este problema que persiste, a veces de forma soterrada, por eso cuando tiene la oportunidad hace pedagogía sobre el tema. Keily tiene 17 años, es bachiller con media técnica en enfermería y vive con sus abuelos en la comuna 6, Doce de Octubre.
Le sigue los pasos en el estudio a su madre, que es licenciada en educación física, licenciada en tecnología y magíster en educación intercultural. Keily pasó a la Universidad de Antioquia a derecho y el año pasado estuvo en el primer grupo de las Naidí Girls, donde aprendió de programación y de liderazgo. Este año se postuló de nuevo, pero la inscribieron en las Naidí Women y allí ha aprendido de desarrollo web y ve clases de inglés.
Naidí Women se gestó por primera vez en Medellín este año y acoge a 27 mujeres entre los 16 y los 28 años, que se forman en desarrollo web en el Nodo de Eafit. Se trata de un programa técnico laboral que dura un año y que les permite habilitarse en el manejo de herramientas tecnológicas, así como encontrar oportunidades laborales. Pero, al igual que con las más pequeñas, se pone el foco en formar para el liderazgo y el empoderamiento femenino en un campo en el que las mujeres aún siguen teniendo menos cabida, más si se es mujer afro o indígena.
“La intención es generar una conciencia crítica sobre la experiencia de racialización como mujeres, pero sobre todo construir a partir de allí un nuevo tipo de poder, porque no es lo mismo desarrollar procesos con mujeres mestizas que con mujeres étnicas, porque su experiencia de vida gira en un entorno no solamente al sexismo, sino también al racismo”, señala Erika.
Así también lo siente Keily. Entre todo lo que puede hacer con las Naidí, lo que más valora es que sea un espacio donde se siente segura, donde siempre se puede hablar de todo, de lo que generalmente se calla, desde el corazón, en confianza. De sexo, de patriarcado, de racismo, de sororidad, de menstruación, de autoestima, de lo cotidiano. Y no falta el día en el que salen conociendo un nuevo término, pronunciando una nueva palabra o hilando la historia de su familia a la luz de conceptos sociales y culturales sobre los que conversan.
Tecnología y liderazgo
Valentina Escobar tiene raíces por parte de la madre en un resguardo indígena del Urabá, pero es de Medellín. Pasó su infancia con su hermana en una fundación que era su hogar en un municipio lejano. A los 13 años volvió a vivir a Medellín, entró al colegio y se graduó de bachiller. Tiene 20 años y vive en la comuna 8, Villa Hermosa. Pasó a la de Antioquia a ingeniería civil, pero no le gustó y la cambió por un proyecto de diseño gráfico, estudió soporte en sistemas informáticos y cuando ingresó a las Naidí Women lo hizo con su hermana Mariana, ambas con bases de HTML.
Esta apuesta del Valle del Naidí en tierra antioqueña busca que las niñas y mujeres pongan en práctica lo que aprenden en entornos reales. Se trata de procesos. Por eso, muchas de las que pasaron por el equipo Girls el año pasado ahora están en las Naidí Women, lo que les permite fortalecer el arraigo profesional en las áreas por las que sienten vocación, eso sí, en sectores como la tecnología con enfoque de liderazgo comunitario. Al finalizar la formación, las mujeres tienen todo el camino allanado para continuar su desarrollo personal y profesional.
Es una conexión laboral donde se esperar garantizar una tasa de empleabilidad del 70 % durante el primer año en Naidí Women. Tienen una ventaja: las empresas aliadas comparten con el Nodo retos reales para que ellas tengan un mejor entrenamiento para los trabajos. Terminar el curso no significa el final, las participantes se integran en una red nacional de liderazgo que cuenta con más de 16.000 personas, afirma Erika, lo que hace más fácil que se sumerjan en el ámbito laboral y el trabajo por sus comunidades. Esto para Valentina es una oportunidad de transformar los estereotipos que llevan a que haya menos oportunidades para las mujeres en áreas como la programación.
Esa fue tal vez la principal razón por la que Vrilli Castro entró a las Naidí Women. Es de Quibdó, Chocó, pero ha vivido los tres últimos de sus 29 años en Medellín, en la comuna 9, Buenos Aires. Es ingeniera ambiental e hizo un curso en desarrollo de software. Trabajó para una startup bogotana y ha acumulado experiencia en pro de las mujeres en entornos tecnológicos. Ha sentido también la discriminación directa, y la indirecta, esa que se camufla en gestos, miradas o chistes y refranes mandados a recoger hace mucho tiempo.
Para Vrilli, uno de los logros de Naidí es que pueden aprender cómo hacer frente a esas circunstancias entre todas. Ese mismo sentimiento lo tienen Dulce, Keily y Valentina. Todas destacan la importancia de la juntanza en los espacios formativos para fortalecer su identidad y autoestima, porque nadie más que ellas sabe lo que significa ser criticada por tener el “pelo malo” o excluida y hasta irrespetada por el color de la piel. Y aunque han vivido la discriminación en distintos niveles, hoy hablan como en una especie de experiencia colectiva, como si el relato de la otra aportara en la construcción de una realidad que justamente es la que quieren cambiar.
Para ellas, este compartir historias, miedos, alegrías, frustraciones, triunfos, sacrificios y sueños les ayuda a no sentirse solas en las vivencias que han tenido y siguen teniendo en sus colegios, sus casas, sus barrios. Por eso es tan importante pensar en cómo transformar comunidades y en cómo asumir roles de poder donde no se reproducen estereotipos.
Como Vrilli es una de las mayores, es una de las que más experiencia tiene en el servicio comunitario que presta por medio de los grupos a los que pertenece. Afirma que conocer a las Naidí niñas y adolescentes le ha ayudado a fortalecer sus habilidades para trabajar con comunidades como las de La Guajira, en donde ella y otros voluntarios capacitaron a niños wayú sobre tecnología y robótica, en ese lugar donde comprobó que a duras penas llega el internet y donde es notable el abandono estatal. Trabaja en proyectos sociales en comunas vulnerables de Medellín, a donde llegó tras graduarse como ingeniera ambiental y no encontrar trabajo en su natal Chocó, donde viven su madre y otros familiares.
Por todas esas niñas y mujeres afro e indígenas, Erika cree es fundamental que se abran este tipo de convocatorias, que les hablan directamente, con enfoque étnico, porque muchas de ellas están en desventaja para acceder a oportunidades. Señala que en Medellín más de 840.000 personas se identifican como afrodescendientes y que de ellos solo el 11% accede a educación técnica y profesional.
En mayo pasado, para un artículo de Eafit, Paula Moreno, presidenta de Manos Visibles, dijo que la intención es mostrar que una generación afrocolombiana está pensando en soluciones tecnológicas para problemas cotidianos: “Y esa generación es el Valle del Naidí, con una mirada profunda en el tema de género, porque el 70 % de nuestro valle son mujeres, son niñas que representan desde ya un talento que este país necesita”.
El anhelo es que muchas más niñas, adolescentes y mujeres puedan beneficiarse. En uno de los momentos más soñados, las Naidí podrían juntarse, revolucionar y sacar adelante iniciativas y proyectos en las comunas de la ciudad. Juntas como crecen los curiosos frutos de azaí, que se producen en Brasil y Colombia, a los que les atribuyen superpoderes y que llaman naidí en el Pacífico.
Los sueños de las Naidí
Dulce María sueña con crear sitios web para negocios y emprendimientos, tener su marca y crear un juego educativo para niños. Cuando termine el colegio cree que buscará carreras tecnológicas y siempre que pueda aprovechará espacios como las Naidí, que le permitieron viajar a Bogotá, visitar empresas a las que no hubiera podido entrar y conocer personas que le reiteran su potencial.
Keily quiere culminar el proceso en las Naidí Women y seguir fortaleciendo sus habilidades en tecnología. Asimismo, sueña con terminar la carrera y ser abogada, pero con un enfoque social. “Mi mamá dice muy seguido algo como que las mujeres somos mayoría en el país, que tenemos la fuerza, tenemos la resiliencia para estar en cualquier lugar donde queramos estar”.
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Valentina desea conseguir un empleo en el sector tecnológico tras su formación en las Naidí Women para ayudar a su familia. Después, quiere estudiar ingeniería en negocios internacionales o arquitectura. A largo plazo, tener una fundación: le ha dicho a su hermana, que es de un corte más social, que pueden apoyar niños con una organización, como la que les dio a ellas la oportunidad de estudiar.
Vrilli quiere llevar lo que sabe, todo lo que ha aprendido con las Naidí Women a comunidades de su natal Chocó. Le gustaría empoderar más a la población chocoana frente a la tecnología con el propósito de mitigar la violencia, que considera uno de los problemas más graves de su tierra. Quiere viajar al exterior, tal vez a Australia o Canadá, y seguir fortaleciendo su liderazgo.
Erika espera que se hagan más convocatorias de Naidí Girls y Naidí Women en Medellín, que acojan a más niñas y mujeres afrodescendientes e indígenas, porque está convencida de que en la ciudad hay una necesidad latente de fortalecer este tipo de estrategias, así se lo ha demostrado el gran interés que han despertado las convocatorias que se han hecho hasta el momento.