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¿La ha visto? Esta es La Madrecita, una mujer que cuida a los habitantes de calle en Medellín

María Suárez es una mujer de 54 años que lleva la mitad de su vida trabajando

por los habitantes de calle en la ciudad. Esta es su historia, por si la quiere ayudar.

  • María Elsy Amparo Suárez Mira, más conocida como La Madrecita, ha dedicado 20 años de su vida a cuidar de los habitantes de calle en Medellín. En sus correrías diarias, los motila y afeita. FOTO jaime pérez
    María Elsy Amparo Suárez Mira, más conocida como La Madrecita, ha dedicado 20 años de su vida a cuidar de los habitantes de calle en Medellín. En sus correrías diarias, los motila y afeita. FOTO jaime pérez
  • La Madrecita sale de su casa, casi todos los días, con medicamentos, implementos de aseo y comida, cuando puede. Recibe donaciones de ropa para atender a más de 500 habitantes de calle. FOTO jaime pérez
    La Madrecita sale de su casa, casi todos los días, con medicamentos, implementos de aseo y comida, cuando puede. Recibe donaciones de ropa para atender a más de 500 habitantes de calle. FOTO jaime pérez
25 de agosto de 2023
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María Elsy Amparo Suárez Mira odiaba tres cosas: a los gatos, a los habitantes de calle y a los negros. Decía que qué pereza los primeros, que los segundos ensuciaban todo y que no le gustaban los terceros. Ahora tiene una gata, anda la calle de arriba a abajo cuidando a quienes antes llamaba indigentes y convive con un hombre negro. Es que la lengua es el azote de lo que bien sabemos, dice, sentada en la parte trasera de la camioneta que nos lleva hasta su casa: un piso 18 de una urbanización vecina a Niquitao, por San Diego.

Nació en Yalí, tiene 54 años y lleva 20 trabajando, como dice ahora, por las personas en situación de calle. Y es que la vida da muchas volteretas: llegó a Medellín desplazada por la violencia, luego terminó en Cali, en donde cogió el mirá, ve, y allí se casó a los 15 años. Tuvo su primera hija a los 16 y a los 23 se separó. En esos ocho años, que los pasó en Medellín, supo de vivir maluco y se embarazó de su segunda hija. Era un militar su compañero, que dice María fue tío de Pablo Escobar, y que cuando se separó por la mala vida que le dio le quitó a sus hijas.

Una vida de mucho trago, droga y sexo de la que escapó. Y luego una vida sin hijas porque en el divorcio perdió la custodia y así terminó en Bogotá arreglando casas de familia, cocinando en restaurantes. Pero la vida no se queda con nada y en la capital conoció a otro hombre, que fue gerente de una EPS en el país, y con su ayuda pudo recuperar a sus hijas una vez volvió a Medellín. Se dedicó a que la amaran hasta 2005, cuando el hombre murió. Luego, un par de años después, se topó con un chocoano, profesor de inglés, que la enamoró. Hoy vive con él, ahí a unos pasos de Niquitao.

Y aunque todo amante quisiera ser determinante y fundacional en el ser amado, no fue este sino el segundo de los amores de María quien partió su vida en dos. Un 23 de abril el hombre caminaba por la Oriental con La Playa rumbo a una reunión cuando le dio un preinfarto. Las personas que más detestaba María, los habitantes de calle, a quienes pedía en sus adentros quemaran y enterraran luego bajo el pavimento, a aquellos que ante sus ojos eran contaminación, fueron quienes lo socorrieron.

La Madrecita sale de su casa, casi todos los días, con medicamentos, implementos de aseo y comida, cuando puede. Recibe donaciones de ropa para atender a más de 500 habitantes de calle.<b><span class=mln_uppercase_mln> </span></b>FOTO<b><span class=mln_uppercase_mln> jaime pérez</span></b>
La Madrecita sale de su casa, casi todos los días, con medicamentos, implementos de aseo y comida, cuando puede. Recibe donaciones de ropa para atender a más de 500 habitantes de calle. FOTO jaime pérez

Cuando cayó al suelo, dos habitantes de calle lo auxiliaron, lo llevaron a la clínica Soma y luego la llamaron: ¿Usted es la señora del doctor?, es que estamos con él en la clínica. Eso fue un miércoles, a las 9:45 de la mañana, y a María no se le olvida. Los dos habitantes de calle, un médico, cardiólogo, y el otro, periodista, cuidaban de su esposo y de sus pertenencias: un maletín con efectivo y un reloj.

Ahora, rumbo a su casa, recuerda esta experiencia como el antes y el después de La Madrecita, como le llaman cientos de habitantes que ya la conocen en la ciudad. Subimos al piso 18, en un ascensor viejo, y entramos a su casa. Empaca la máquina para cortar pelo, guantes, alcohol, antibacterial y otros elementos: peinetas, tapabocas, en un bolso que la acompaña desde la mañana hasta la tarde cada que sale de correría. Camina desde la 33, pasa por el centro y llega a la U. de A. Motila, reparte ropa, comida y, cuando se dejan, ayuda a resocializar.

Lo confirma Julio César, un conocedor de ingeniería automotriz que nació en Manizales pero que terminó viviendo en las calles de Medellín. Ahí, en los bajos de Niquitao, a unas cuadras de la casa de La Madrecita, cuenta que en principio se cayeron mal porque ella les echaba a Espacio Público por tanto desorden. Ahora, además de ponerle la cabeza para el corte, sabe de sus dolores de rodilla, que le quitan más tiempo que el marido.

María se ríe mientras lo afeita y le dice que vea, que ahora sí quedó guapo. Ella lleva gorra, delantal de peluquería porque estudió belleza cuando estuvo en Bogotá y el bolso que no le puede faltar. Pero antes de motilar al Mago, como le dicen a Julio César, llama desesperada a Carolina: la llama a ver si aparece por entre los carros, algunos hechos chatarra, parqueados en Niquitao. Carolina, la luz de sus ojos, una muchacha de 21 años que ahora se identifica como muchacho, aparece después.

Llega en medio de un viaje por meter bazuco y La Madrecita lo nota: ¿Cierto que metió droga? Es que no siempre es fácil mantenerse limpia, dice Carolina, de sonrisa amplia, holgada, como su ropa. María la salva cada que puede, es como un amparo, prácticamente, aunque ella no logra distanciarse por completo de la droga, de los hurtos. Duerme en un carro, de esos parqueados en Niquitao, allí se tiende por las noches.

La Madrecita usa gafas Ray Ban y, tras los lentes oscuros, cuenta que tiene ubicados a sus hijos por zonas: 430 habitantes de calle en Niquitao, otros 25 más arriba, en La Corraleja, y otros nueve en San Diego. Ella se endeuda, pide donaciones a sus amigos, gestiona en los Centro Día. Pero casi siempre hace falta. Por eso quien quiera apoyar su causa puede llamar o escribir a su WhatsApp, el 3218501004.

María motila al Mago, luego despunta el pelo de Carolina metida en un cambuche y después echa a andar, con un vaso de CocaCola en la mano. El calor pega fuerte, pica. Pero qué importa ponerse negra, padecer enfermedades por meterse en zonas de cuestionable higiene o perder el pelo por una labor que ha puesto a tambalear su tercer matrimonio. Pero ella es empecinada, como el Don Quijote que cuelga de un cuadro al interior del cambuche, donde nos cuenta su historia más temprano.

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