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El colegio de Medellín donde los alumnos venezolanos son tantos que hasta se canta su himno

La institución Héctor Abad Gómez no solo es modelo en acogida de extranjeros sino que allí estudian indígenas, afros, población Lgbtiq+, personas con discapacidades, víctimas del conflicto y hasta reinsertados de grupos armados.

  • En el cuarto grado, los alumnos tienen un afiche en el que destacan la gesta de independencia de Venezuela. FOTO: Manuel Saldarriaga
    En el cuarto grado, los alumnos tienen un afiche en el que destacan la gesta de independencia de Venezuela. FOTO: Manuel Saldarriaga
  • El colegio lleva su nombre en honor a Héctor Abad Gómez, salubrista y defensor de los derechos humanos que fue asesinado por el paramilitarismo el 25 de agosto de 1987. FOTO: Manuel Saldarriaga
    El colegio lleva su nombre en honor a Héctor Abad Gómez, salubrista y defensor de los derechos humanos que fue asesinado por el paramilitarismo el 25 de agosto de 1987. FOTO: Manuel Saldarriaga
  • Victoria Pérez (segunda de izq. a der) resalta que cuando buscaba colegio, acá fue donde la recibieron aun con el año avanzado. Junto a ella está la futbolista Ana Victoria Palacios (izquierda), Saray Cuitiva (afro), la personera Mariana Mazo e Isabella Bedoya, escritora. FOTO Manuel Saldarriaga
    Victoria Pérez (segunda de izq. a der) resalta que cuando buscaba colegio, acá fue donde la recibieron aun con el año avanzado. Junto a ella está la futbolista Ana Victoria Palacios (izquierda), Saray Cuitiva (afro), la personera Mariana Mazo e Isabella Bedoya, escritora. FOTO Manuel Saldarriaga
28 de septiembre de 2024
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Hay un colegio en Medellín donde los actos cívicos los encabezan los himnos de Colombia, Antioquia y Venezuela. ¿Venezuela? Sí, en las fechas especiales suenan las notas de ¡Gloria al Bravo pueblo! y lo más sorprendente es que se forma un coro que lo canta emotivo, como si la fuerza de sus voces saliera de las mismas entrañas.

Donde esto ocurre es en la Institución Educativa Héctor Abad Gómez, en todo el centro de la ciudad. De 2.700 alumnos en total, los migrantes del país vecino corresponden más o menos a una tercera parte, lo que en números concretos equivale a 865 jóvenes, niñas y niños, y se destacan en ese crisol de diversidad donde hay cabida también para una gran cantidad de indígenas, afros, deportistas de alto rendimiento, población LGBTIQ+, víctimas de la violencia y hasta reincorporados de grupos armados.

Se trata, sin duda, del colegio con más estudiantes venezolanos en la capital antioqueña, seguido por el Joaquín Vallejo Arbeláez, el Marco Fidel Suárez, el Vida para Todos y el Francisco Miranda, según un ranking de la Secretaría de Educación distrital.

El día que EL COLOMBIANO visitó el colegio, muchos alumnos de primaria no recordaban la fecha en que se celebra la independencia de la República Bolivariana de Venezuela. Sin embargo, Victoria Pérez, una estudiante de grado once de 18 años, respondió sin titubear que es el 5 de julio. Aseguró que, cuando escucha el himno de su país en esas fechas especiales, se llena de nostalgia.

Además, dijo que ha visto llorar a más de uno de sus coterráneos en esas ocasiones. “Es algo muy duro cantarlo fuera de nuestro país”, apuntó, pero agradece que los tengan en cuenta.

La primera estrofa de ese himno reza así: “Gloria al bravo pueblo/ Que el yugo lanzó/ La Ley respetando/ La virtud y honor. / ¡Abajo cadenas! (bis)/ Gritaba el Señor (bis)/ y el pobre en su choza/ libertad pidió/ A este santo nombre (bis) / tembló de pavor / el vil egoísmo/ que otra vez triunfó”.

Una venezolana acogida con afecto en Colombia

La historia de Victoria y su familia no dista mucho de las de cerca de 2,9 millones de venezolanos que han migrado hacia nuestro territorio desde que empezó a manifestar la crisis política y económica en su nación.

Ella recuerda que no se enteraba de los supermercados vacíos, ni le faltó nunca nada porque su padre y su madre siempre trataron de mantenerla al margen de las penurias, pero era evidente el ambiente de zozobra que se vivía en Caracas, donde residían.

“De ese entonces no me acuerdo mucho porque era muy pequeña y mis padres siempre trataron de no mostrarme el lado feo, pero perdí prácticamente un año escolar porque duré como cuatro meses sin ir al colegio debido a que no podía salir de mi casa por todas las manifestaciones que se vieron”, apuntó.

La empresa donde trabajaba su mamá cerró y les dijo a sus empleados que iba a plantar bases en Bogotá. A los tres meses la llamaron para ofrecerle que se viniera a trabajar de nuevo con ellos y no lo pensó dos veces en medio del clima de incertidumbre que percibía a su alrededor.

El aterrizaje fue en diciembre de 2018, en Bello, donde ya había venido a parar el hermano mayor de Victoria, que emigró tres años antes que ellas, cuando empezaban a hacerse más palpables los visos de la hambruna. En 2019 ella comenzó a estudiar en ese municipio del norte metropolitano, pero unos meses después se mudaron todos al barrio Buenos Aires de Medellín e inició la peregrinación para buscar de nuevo colegio.

El colegio lleva su nombre en honor a Héctor Abad Gómez, salubrista y defensor de los derechos humanos que fue asesinado por el paramilitarismo el 25 de agosto de 1987. FOTO: Manuel Saldarriaga
El colegio lleva su nombre en honor a Héctor Abad Gómez, salubrista y defensor de los derechos humanos que fue asesinado por el paramilitarismo el 25 de agosto de 1987. FOTO: Manuel Saldarriaga

“Fuimos a varias partes, pero decían que estaban muy llenos y que no podían recibir a más estudiantes; el Héctor Abad fue el único que nos dijo que sí”, añade.

La joven tiene patente la imagen del rector, Elkin Osorio, cuando les dijo que acá no le negaban el cupo a nadie, que estaba feliz por su llegada y que la recibía con los brazos abiertos, a pesar de que ya era mayo. De ahí en adelante la ayudaron a ponerse al día con los cuadernos y le tomaron en cuenta las calificaciones del establecimiento anterior.

Socializar tampoco fue difícil, no solo porque habiendo tanto venezolano era como estar en casa, sino porque los locales, que conformaban lo que técnicamente se llama comunidad de acogida, se mostraron dispuestos; de hecho, asevera que sus primeros amigos fueron colombianos y hoy día interactúa sin distingo con unos y otros. Ahora, destaca que los colombianos suelen ser más soeces y en ese sentido lo que más le sorprende es que en Medellín sea tan común insultar a otro apelando al nombre de una enfermedad venérea.

“Jamás había escuchado que nadie le dijera gonorrea a alguien. Nunca. No es un insulto que sea común allá”, dijo con un dejo de vergüenza por la palabra soez que pronunció.

Culturas que dialogan en Medellín

En el salón de clases de once, el de Victoria, el peso de ambas nacionalidades va por mitades y conviven de manera armónica, contrario a la imagen con la que quedó la ciudad el 21 de agosto pasado, cuando el colegio cuyo nombre recuerda al médico salubrista y defensor de derechos humanos que fue asesinado el 25 de agosto de 1987, se volvió tendencia a raíz de una pelea de dos alumnos que se hirieron a punta de navaja.

Desde su rol de mediadora de los conflictos escolares, Victoria acepta que si bien a su llegada, que coincidió con el éxodo más grande, de pronto sí había algunos resquemores y se notó el choque de costumbres y formas de comunicarse, con el tiempo las relaciones se fueron relajando, hasta el punto de asegurar que no son comunes los conflictos entre alumnos de uno u otro país y que en el colegio se respira más armonía que en cualquier otro sitio de la ciudad. La convivencia en la diversidad los ha llevado a ser más tolerantes con el que es diferente.

En el Héctor Abad también hay ecuatorianos, chilenos, argentinos, un español, una brasileña e incluso, hubo un africano, según aportó Isabel Bedoya, una alumna colombiana con dotes de escritora.

La integración se ha ido consolidando poco a poco, y los actos cívicos no son la única expresión de la hermandad binacional. Así mismo, existe un grupo de danzas que presenta montajes tanto de la cumbia colombiana como del joropo, el ritmo insignia de Venezuela, que también se baila de este lado del río Orinoco.

En agosto pasado, la Feria de la Antioqueñidad fue más un evento de diversidad porque las acudientes de alumnos venezolanos montaron un stand para vender comidas y otros productos autóctonos de su terruño. Además, cuando se acerca la Navidad, traen las hallacas, unos envueltos similares al tamal que se conoce en varias regiones del país.

Por ser un colegio de acogida para extranjeros, el programa Juntos Aprendemos de USAID y la Secretaria de Educación del Distrito, en asocio con Migración Colombia, OIM (Organización Internacional para las Migraciones), la agencia para los refugiados de la ONU (Acnur), Integrate Medellin y organizaciones de base comunitaria de migrantes han realizado jornadas de acompañamiento para el proceso de regularización con el PPT (Permiso por Protección Temporal).

Sede con acento caribeño

Si ya el porcentaje general de venezolanos parece alto en la institución, la superioridad numérica y el predomino del acento caribeño es irrefutable en la sede alterna Darío Londoño, del barrio Niquitao: de 320 estudiantes, 190 son venezolanos, es decir el 60%, en tanto que en la sede de la Placita de Flórez, la principal, la proporción es de unos 700 entre 2.350, o sea más o menos el 30%.

En aulas como la de cuarto grado la superioridad numérica es irrefutable. De 18 alumnos, catorce son venezolanos y solo cuatro colombianos.

La profesora Patricia Matute dirige ese grupo y asegura que le ha tocado ponerse a leer cosas que antes ni se imaginaba con el fin de incorporar a sus clases cosas que la conecten a su nutrida audiencia foránea. Junto al tablero, en la pared lateral, se aprecia un afiche hecho en papel satinado con todas las técnicas litográficas, en el que se rememora el grito de independencia de Venezuela, ocurrido el 19 de abril de 1810.

Isabela, una niña de mirada vivaz, cuenta orgullosa que su abuelo es diseñador gráfico y le colaboró haciéndolo para que ella lo trajera como tarea.

Victoria Pérez (segunda de izq. a der) resalta que cuando buscaba colegio, acá fue donde la recibieron aun con el año avanzado. Junto a ella está la futbolista Ana Victoria Palacios (izquierda), Saray Cuitiva (afro), la personera Mariana Mazo e Isabella Bedoya, escritora. FOTO Manuel Saldarriaga
Victoria Pérez (segunda de izq. a der) resalta que cuando buscaba colegio, acá fue donde la recibieron aun con el año avanzado. Junto a ella está la futbolista Ana Victoria Palacios (izquierda), Saray Cuitiva (afro), la personera Mariana Mazo e Isabella Bedoya, escritora. FOTO Manuel Saldarriaga

Luego relata que tiene 10 años y salió de su país a los ocho con destino a otro país. Y, tras rebujar en su memoria, añade que ese país era Ecuador, donde se quedó poco tiempo donde una tía y luego se vino con destino a Colombia.

La elección del Héctor Abad tuvo que ver con que quedaba cerca de la casa en la que reside con dos abuelos, en el sector de El Palo con el Huevo, aledaño al hotel Cupido, porque su mamá está en Bogotá trabajando.

Según ella, para no olvidar las cosas que dejaron en su país natal su familia se comunica con frecuencia con familiares y amigos con el fin de ponerse al día con los últimos “chismes”, por ejemplo si alguien murió en Acarigua, la ciudad del centro oriente de Venezuela de donde proceden.

***

La razón por la que tanto venezolano arriba a este colegio probablemente tenga que ver con la ubicación, en la parte más céntrica de la ciudad, a donde se asienta todo el que llega medio perdido y se incorpora a los circuitos de la economía informal, donde se ejerce el rebusque diario y se alquilan camas por noche, no por mes. Pero el rector Osorio lo relaciona también con que se ha dispersado la información de que su filosofía apunta a no rechazar a nadie y por esas cosas del voz a voz, “un venezolano trae a otro venezolano”.

Osorio recuerda que este boom de extranjeros inició hace siete años, cuando eran 28 venezolanos matriculados, y fueron aumentando a medida que se agravaba la confrontación política al otro lado de la frontera, con coyunturas de incremento como por ejemplo, cuando en el gobierno de Iván Duque, en mayo de 2022, entró en vigencia el Estatuto de Protección temporal que le dio acogida a la diáspora del vecino país.

Hace tres años, la población de migrantes en la institución aumentó de 240 a 600 alumnos. Sin embargo, durante la pandemia por Covid-19, cuando muchos retornaron a sus lugares de origen debido a la difícil situación en Medellín, no se observó una notable deserción, ya que se mantuvo la posibilidad de continuar estudiando a través de internet.

Ahora, Osorio avizora que incluso podrían subir en números dado que la incertidumbre sigue reinando en el país de Chávez y Maduro.

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