Puestecita ahí, una pierna artificial. A un lado, en una silla, Luis Soriano, el creador del Biblioburro. Un suspiro. Unos minutos. Y ¡suaz!, la pierna puesta en Soriano, que en unos segundos ya no se ve así, digámoslo sin eufemismos, mocho. Ahora es Soriano entero y la vida que sigue para él muy normal, como si nada.
-Tranquilo señor, que eso pasa con todos los que vienen acá, son como bebés aprendiendo, pero al rato ya caminan normal-, le dice la joven terapeuta que le puso la pierna mientras lo guía en sus primeros pasos.
-Pero tengo miedo, tengo calor, yo quiero un tinto pa’que se me pase esta vaina-, dice Luis con sus manos apoyadas de las barras de metal mientras avanza inseguro en su primer entrenamiento.
Pero es que esa vaina de la que se queja Soriano no es cualquier cosa. A este costeño de acento tan costeño y de entusiasmo tan costeño, le acaban de poner una prótesis que le va a reemplazar su pierna izquierda, la cual le amputaron hace dos meses, y tamaño acontecimiento no es fácil para nadie, así sea fuerte.
Así sea Luis Soriano, el mismo hombre valiente e ingenioso que hace 15 años se inventó el Biblioburro, una biblioteca ambulante que empezó a recorrer las veredas lejanas de la Sierra Nevada y del Magdalena con la misión de poner a leer a los niños y adultos analfabetas de la Costa.
Esa vaina jode, por más que Luis haya desafiado montes y trochas a lomo de burro y por más que haya visto de frente a paramilitares armados que en ocasiones le impidieron seguir, “porque ellos se sentían amenazados con la mente, ilustrar a un campesino es armarlo también, el desconocimiento es una parte vulnerable, pero cuando conoces las leyes estás armando una persona a través de la intelectualidad”, dice Soriano.
Pero no niega que, de algún modo, los grupos armados lo frenaron, solo que él y sus Biblioburros vencieron la opresión y un día regresaron a los montes.
Lo mismo pasará ahora, cuando ya no tiene su pierna de hueso y carne sino una prótesis de polietileno de alta densidad con pie de jaipur, lo más similar al pie humano, explica John Jairo Tobón, directivo de Mahavir Kmina, la fundación paisa que se la donó y se la puso.
Luis ve esto con toda naturalidad y parece dolerle más a uno. Sí, porque es vicio compadecer a los que tienen alguna discapacidad, pero ellos suelen dar lecciones de grandeza.
Así pasa con Soriano. Será por su fortaleza mental, porque la mente es capaz de lo más grande. O de lo más pequeño. La suya es elevada y afirma que los designios de Dios hay que tomarlos con resignación, porque “esto no me va a vencer, no estoy para que me venza una amputación”.
Alfa no tuvo la culpa
Cuando le pregunto por su tragedia, así con esa palabra, sus respuestas me hacen dar vergüenza de mí mismo. En el mismo instante en el que él se prueba la pierna artificial, Mariana Pajón vence a siete rivales y se gana una medalla de oro en los olímpicos de Londres. Y al rato, Carlos Oquendo gana la de bronce. Pero Luis está ahí, como un niño, aprendiendo a caminar. Un lugar donde los burros no valen nada y su historia, su mágica historia y su grandeza, de nada le sirven ante la cruda realidad: le falta una pierna y debe aprender a caminar con prótesis.
Pero Luis no arma drama y aunque se queja de la incomodidad inicial, se ve dispuesto a seguir, seguro de que nada frenará sus Biblioburros, esos que les llevan educación a los niños pobres de esta Colombia de abandonos y olvidos.
Aclara que su burra Alfa no le pegó una patada, como habían dicho. Dice que se cayó del animal en febrero de 2009, que recibió la mejor atención médica, pero que una bacteria se incubó en el hueso, lo infectó, y tres años después se le creció tanto que obligó al doctor a recomendar la amputación.
El corte fue a principios de junio. Luego, un amigo le recomendó contactar a Mahavir Kmina, de Medellín, que dona prótesis a personas que han perdido sus piernas, sea en accidentes, por minas o porque así nacieron.
Soriano no dudó. Llamó. Se vino. Le pusieron la prótesis. Lo entrenaron todo ese día. Y cuando estuvo a punto y dominando su pierna artificial, regresó al Magdalena a montarse en sus burros Alfa y Beto, que simbolizan el alfabeto y que hoy en día no son solo los suyos sino una extensa red de 16 Biblioburros arropados en Cajamag, caja de Compensación Familiar del Magdalena.
Es decir, es una misión irrenunciable, que empezó en 1997, un año después de que Luis regresara a su pueblo tras un exilio obligado por la violencia, cuando el alcalde le hizo honores como el primer bachiller de Nueva Granada (Magdalena) y de paso lo nombro, por decreto, como el primer maestro de la municipalidad.
-Con miedo acepté y al tiempo nació el Biblioburro, cuando decidí ir a las veredas de unos amigos a enseñarles a leer a sus hijos. La mejor manera de llegar era en burro-, recuerda este hombre cuya inteligencia desbordante y calidez humana lo hermanan a uno con su sueño.
Ya hay Bibliollamas
Con los años, ese burro cargado con libros, que en realidad era una burra que él bautizó Alfa, se multiplicó. El primero en llegar a acompañarla fue Beto, burro varón que ayudó con las cargas, y luego se volvió un plan institucional de alfabetización.
-Ya somos una red de Biblioburros, una biblioteca itinerante, recorriendo los departamentos del Magdalena y Bolívar. Empecé con 70 libros de mi biblioteca personal y ya tenemos más de 5.000. En Medellín me han donado muchos.
Y así, Luis se volvió un ícono de Colombia, que da hombres como él, que sin esperar más recompensa que un abrazo o la sonrisa de un niño, lo dan todo.
Y un día Luis se hizo internacional. Ha viajado por el mundo enseñando su proyecto y ya hay Biblioburros en España, Italia y en América.
-Se replicó en Timor del Este, Singapur, Bolivia, Chile, donde no hay burros sino Bibliollamas... en Italia hay uno que se llama Serafino-.
Luis, hombre ya de historia eterna, inagotable, dio su lección. Seguirá con sus Biblioburros despertando sueños y llevando realidades a donde el Estado si acaso un día llevó promesas vanas.
Continuará su misión así le falte su pierna, “aunque la copa de mi árbol tenga que llegar al cielo y las raíces al infierno por ayudar a la gente”, advierte.
En un país donde la guerrilla carga los burros con dinamita para cometer atentados terroristas y asesinar inocentes, él les monta libros y se va de monte en monte a impartir educación. Así le falte una pierna. ¡Qué más da, qué vaina!.
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