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El torero de 16 años, el de Castilla

TIENE 16 AÑOS, nació en la comuna cinco, es capaz de matar a un toro de 405 kilos y fue la sensación el 11 de febrero en la Plaza de Toros La Macarena, más que renombradas figuras de la tauromaquia. Es Juan Pablo Correa, Juan de Castilla, el adolescente torero.

  • El torero de 16 años, el de Castilla | Julio César Herrera | Todos los días, al menos cuatro horas, Juan de Castilla entrena tauromaquia junto a su apoderado, el matador José Fernando Arango. En las noches valida el bachillerato en la sede del ITM, en su comuna. En la foto, ante Mucamo.
    El torero de 16 años, el de Castilla | Julio César Herrera | Todos los días, al menos cuatro horas, Juan de Castilla entrena tauromaquia junto a su apoderado, el matador José Fernando Arango. En las noches valida el bachillerato en la sede del ITM, en su comuna. En la foto, ante Mucamo.
18 de febrero de 2011
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En Castilla nació un torero. Allí donde también lo hizo René Higuita y a los muchachos los encierran fronteras invisibles, se crió Juan de Castilla, el niño de 16 años, el torero más aplaudido por las 8.500 personas que el 11 de febrero asistieron a la Plaza de Toros La Macarena.

Lo vieron batirse con el capote y la espada ante Mucamo, el toro de 405 kilos que le bailaba a centímetros de sus escasos 55 de hueso y piel. Desde pequeño le enseñaron que el apretón de manos debe ser fuerte y la mirada a los ojos.

Cuando lo pone en práctica y viéndolo devorar en dos mordiscos media hamburguesa de res, se le cree que ya no le tiene miedo a los perros y que es capaz de matar un animal que crían cuatro años para que defienda su vida en diez minutos de faena.

Cuatro años tenía Mucamo, los mismos de Juan Pablo Correa Sánchez con el vicio de la tauromaquia, "porque hay quienes dicen que el que prueba el toro y le gusta, se envicia".

El suyo le llegó en el municipio de San Vicente cuando don Ramón, tío político de su padre, lo invitó al palco de una corrida. "Si ellos pueden yo puedo", pensó cuando vio a varios niños en el ruedo con el mismo vicio.

Desde ese día empezó a morir un "gamín". No hacía una tarea, se la pasaba sucio, durmiendo o en la calle. Lo dice él, "era un gamín" y "una gallina", como le dijo Arbey, su padre, el día que le contó que quería ser torero. Y si se escondía detrás de sus pantalones cuando veía a un perro o un caballo cómo no dudar de esa intención.

Ver para creer y cuándo el señor, oficial de construcción, vio a su hijo ante una vaquilla le dio el sí. Hoy es Juan quien le dice no, porque cada que su padres vencen el miedo para mirarlo en el ruedo a él le va mal. ¿Hay toreros sin agüeros? Por sí las dudas Juan tiene el suyo y por eso les prohibió que lo visiten para poder cortar orejas.

Dos de las más importantes, además de las de Medellín, las cortó en Manizales y todavía le duelen las que se perdió en Bogotá por pinchar, aunque en la capital le reconocieron los movimientos que, dicen los entendidos, tienen la elegancia de los europeos, sin la "chambonería" de los nacionales.

Pueden dar fe también en plazas como Fredonia y el público de sus constantes visitas a las de Santander. Allí se presentará mañana, si la carretera hasta Labaqueta lo permite y el bus que tomará hoy a las 7:00 de la mañana no se vara.

Se anunciará de nuevo a Juan de Castilla, el de la comuna, el niño, el de los 55 kilos, el que se sostiene con lo que le queda de los viáticos y sueña con Las Ventas, en Madrid.

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