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Amy Winehouse, la niña rebelde que revivió el soul

LA PARTIDA DE la cantante británica es una inmensa pérdida para la música popular y de calidad. Sus excesos eclipsaron una vida llena de talento, pero carente de profesionalismo.

  • Amy Winehouse, la niña rebelde que revivió el soul | Archivo | A pesar de todo esto, el halo de leyenda que empieza a crecer a su alrededor estará siempre atado a la idea de ser famosa no tanto por lo que hizo sino por lo que hubiera podido llegar a ser.
    Amy Winehouse, la niña rebelde que revivió el soul | Archivo | A pesar de todo esto, el halo de leyenda que empieza a crecer a su alrededor estará siempre atado a la idea de ser famosa no tanto por lo que hizo sino por lo que hubiera podido llegar a ser.
25 de julio de 2011
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El padre de Amy Winehouse, un taxista británico de clase media convertido en músico de jazz en su vejez, trató de explicar en medio de sollozos la tragedia de la partida de su hija. "Estoy devastado. La muerte de Amy no parece real", dijo. Y con su voz recogió el sentimiento del mundo de la música por la muerte de la mujer que volvió a poner al soul en las listas de la música popular.

Es difícil comprender que Amy Winehouse haya muerto a pesar de que su vida reciente era el conteo regresivo para su partida. Sus excesos, su desinterés por la salud y en momentos por su música misma, nos mostraban en un libro macabro los últimos capítulos de una existencia fugaz plagada de talento pero vacía de profesionalismo.

En los últimos cuatro años la balanza entre las noticias que hablaban de su música y aquellas que se referían a sus escándalos parecía siempre inclinada hacia el lado de la autodestrucción.

Por cada información que narraba un esfuerzo por publicar nuevas canciones existía una docena más que nos detallaban sus adicciones. Y ese torbellino finalmente levantó a esta muchacha flaca para nunca dejarla tocar el suelo. Para nunca darle ni siquiera una pequeña muestra de la realidad, de la cotidianidad, del mundo sencillo. Amy vivía envuelta en su propio planeta de drogas, orgías y rock and roll.

El pasado sábado, solo minutos antes de que el pájaro insistente del Twitter empezara a pitar desesperado que, al parecer, una sobredosis le había cortado para siempre la respiración, una ambulancia había llegado a su residencia de Londres para atender la emergencia.

La encontraron aún con vida pero quizá ella misma ya no quería luchar más. Quería irse y descansar del infierno en el que se había convertido su existencia desde que, paradójicamente, la admiración por su voz había saltado a niveles estratosféricos.

Una bocanada de talento
Amy Winehouse había conquistado a la crítica a sus 20 años con su primer disco Frank (un homenaje a su ídolo Sinatra) y tres años más tarde, en el 2006, explotó a la fama con su segundo trabajo Back to Black. En ambas propuestas lo que llamó la atención fue la increíble y bohemia voz de una mujer que parecía pertenecer a otra época y que le cantaba desde las tripas a las tragedias de la vida.

Alcoholismo, drogadicción, rehabilitaciones y desamores, pintaban el cuadro de sus canciones con una realidad tan apabullante que parecía imposible creer que salían de una mujer que apenas empezaba a vivir sus veintes.

Pero era cierto. Sus excesos eran combustible para su talento y con una fuerza que no se escuchaba hacía años en la radio nos transportaba a bares de los años sesenta, rodeados de humo de cigarrillo, con hombres de sombrero negro y gabardinas largas. Puede uno cerrar los ojos y sentirse en New Orleans escuchando una banda de jazz y una mujer robusta, de tez negra, cantando a todo pulmón. Pero no era cierto. Era solo Amy Winehouse y su increíble poder de comunicación musical.

En una coincidencia poco común en la industria de la música esta vez los críticos y el público aplaudieron al mismo tiempo. Eran canciones para las masas pero de igual manera estaban rodeadas de una calidad irrefutable e inmensa. Llegaron cinco Grammys de seis nominaciones, un BRIT award, dos NME award, un Q award? una lista que pasa del medio centenar de reconocimientos y que iluminaba de flashes una vida hundida en la oscuridad.

Pero Amy seguía viviendo como su música. Cuando el foco volteó su luz hacia la vida íntima de la exitosa joven descubrió que era un desastre que se descomponía a una velocidad imparable. La industria musical, que adora a los chicos problemas, aprovechó la situación para mover más la caja registradora y fomentó la imagen de una mujer que corría hacia la muerte.

Sin embargo, paralelo a sus escándalos Winehouse iba dejando su imprenta y colaboraba con una pequeña revolución musical. En años de música prefabricada y de estrellas pop con voz acomodada en consolas digitales, ella puso a adolescentes a fascinarse de nuevo con Aretha Franklin, con Nina Simone o con Ray Charles, al que nombraba en sus canciones como una terapia mejor para sus adicciones que una rehabilitación.

La realidad desconsoladora es que se quedó allí. Su esperado tercer álbum nunca llegó y la posibilidad de que su trascendencia y su influencia crecieran fue eclipsada por su vida de desenfreno. De haber logrado un nuevo trabajo con al menos un porcentaje de la calidad del anterior y una carrera medianamente consistente con más álbumes y colaboraciones, habríamos tenido que hablar de ella como un talento de esos que aparecen cada generación.

Seguramente un disco póstumo saldrá en pocos meses y el mito de la muerte en la juventud, que ha llevado al grupo de leyendas a muchos músicos cuando apenas despuntaban en sus carreras, pueda también impulsar a Amy Winehouse a ser una gran influencia y referente más allá de su muerte.

Ahora ha quedado en el denominado "Maldito grupo de los 27". Esa estúpida logia que reúne a artistas de inmenso talento como Kurt Cobain, Janis Joplin, Jim Morrison, Jimy Hendrix y Brian Jones que, en medio del pináculo de sus carreras, murieron a los 27 años.

Pero Amy no es ninguno de ellos. Estaba apenas empezando a escalar para llegar al nivel de uno de sus ídolos y se quedó a medio camino. Su aporte fue grande pero es difícil llamarla leyenda porque apenas nos dio un chispazo del talento desperdiciado.

Sin duda alguna ahora su nombre empezará a crecer más que en vida y sus discos se venderán de nuevo por millones para siniestra alegría de su disquera.

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