El hombre que se paró en el estrado para dar el discurso de graduación a los estudiantes de la universidad Dartmouth College, en Estados Unidos, está lleno de sabiduría. Con una toga que le daba un aire de académico dedicado, el extenista suizo Roger Federer le dio una lección de vida a las personas que lo estaban escuchando. Lo hizo antes de recibir su título honorífico de Doctor en Letras Humanas, debido a su labor como filántropo.
Durante su carrera como tenista profesional, que terminó en septiembre de 2022, ganó 20 títulos de Grand Slam. También logró acumular una fortuna de más de 1.000 millones de dólares. Fue la imagen de reconocidas marcas de ropa deportiva y de relojes: se convirtió en una leyenda, un ejemplo a seguir para muchos como el tenista español Carlos Alcaraz, quien ha reconocido que es su ídolo.
Por eso su voz tiene autoridad entre los jóvenes. Entonces, con la sabiduría que le dio tocar el cielo con las manos en los mejores momentos de su carrera deportiva, pero también chocarse de frente con los problemas físicos que le trajo la edad y lo llevaron a retirarse a los 40 años, le dio lecciones de vida a los jóvenes universitarios en el discurso que brindó en suelo norteamericano.
Primera lección: Nada se logra sin esfuerzo
Cuando Federer jugaba, parecía que todo lo que hacía era fácil. Jugadas increíbles le salían con una naturalidad sorprendente. Uno de los “dichos” de los narradores de tenis cuando comentaban sus partidos era que los ganaba “sin tan siquiera sudar”, “sin hacer mucho esfuerzo”.
“La gente decía como un elogio que mi juego era sin esfuerzo. Pero solía frustrarme cuando decían que apenas sudaba. Tuve que trabajar muy duro para que pareciera fácil. Pasé años quejándome, insultando y lanzando mi raqueta antes de aprender a mantener la calma”, aseguró Federer, quien resaltó la importancia del sacrificio, el trabajo duro, silencioso, para conseguir los objetivos que se tienen.
“No llegué hasta donde llegué por el mero talento, sino porque hice todo para superar a mis rivales. Lo logré porque creí en mí, pero la confianza en uno se gana con trabajo”, agregó el suizo, que tiene 42 años. Roger también resaltó que ganar “sin esfuerzo” es un logro que conseguía porque antes había trabajado duro cuando nadie estaba mirando lo que hacía: la milla extra, que le llaman.
“El talento importa, pero la mayoría de las veces no se trata de tener un don. Se trata de tener agallas. La disciplina y la paciencia son talentos. Confiar en uno mismo es un talento. Abrazar el proceso, amar el proceso es un talento. Algunas personas nacen con esos talentos. Todo el mundo tiene que trabajar en ellos”, agregó.
Segunda lección: el trabajo duro no asegura el éxito
Roger Federer no solo fue un ganador. También perdió. Lo hizo muchas veces. Una de las más dolorosas fue en la final de Wimbledon de 2008. Aquella vez lo venció un joven Rafael Nadal, en un partido que duró 5 horas y 5 minutos.
Aquella vez Roger llegaba como el campeón defensor. Había ganado las 5 ediciones previas del torneo que se juega en Londres. Se preparó para cosechar el sexto triunfo. Hizo su mayor esfuerzo en la final. Con el mismo ímpetu jugó su rival, que también entrenó como loco para llegar a ese juego.
El intercambio de raquetas fue tan intenso que se necesitaron cinco sets para definir a un ganador. Nadal ganó los primeros dos sets, con parciales de 6-4 y 6-4. Cuando estaba a punto de perder el partido, Federer le dio vuelta: ganó la tercera manga con un apretado 7-6 (7/5) y la cuarta con un marcador de 7-6 (8/7).
La última manga se disputó a muerte. Nadal estuvo más fuerte tanto desde el punto de vista físico, como el mental. Ganó con un contundente 9-7. Federer se sintió frustrado. Cuando culminó el relato de lo que pasó, le dijo a los estudiantes: “puedes trabajar más duro de lo que creías posible y aun así perder. El tenis es brutal. Traté de no perder, pero perdí. Y a veces, a lo grande”.
Después que terminó ese punto diciendo: “perdí el número uno del ranking. Y la gente habló de un cambio de guardia”. Roger reconoció que en el deporte, como en la vida, hay que saber perder.
Esa reflexión la acompañó con cifras de su carrera. De los 1.526 partidos que jugó en su carrera profesional, ganó el 80%. En ellos ganó solo en 54% de los puntos que se jugaron. Eso le enseñó que cada vez que perdía un punto, aprendió que era apenas un paso de la vida, no el partido completo.
“Juegues a lo que juegues en la vida, a veces vas a perder. Es una montaña rusa con muchos altibajos. Y es natural, cuando estás abajo, dudar de vos mismo. Sentir lástima por vos. Pero la energía negativa es energía desperdiciada. Y el signo de un campeón es convertirte en un maestro de la superación de los momentos difíciles. Los mejores no lo son porque ganan todos los puntos, sino porque saben que perderán una y otra vez y han aprendido a lidiar con ello”.
Tercera lesión: “el tenis no lo es todo”
Federer hizo un llamado a encontrar un punto de equilibrio entre lo profesional y lo persona. “La vida es más grande que una cancha de tenis”, dijo.
“Trabajé mucho, aprendí mucho y corrí muchos kilómetros en ese pequeño espacio, pero el mundo es mucho más grande. Incluso cuando estaba entre los cinco mejores, para mí era importante tener una vida gratificante, llena de viajes, cultura, amistades y, sobre todo, familia. Nunca abandoné mis raíces, pero tampoco perdí mi apetito por ver este mundo tan grande. Quizá por eso nunca me quemé”.
Después contó que, gracias a la motivación de su madre, quien nació en Sudáfrica, creó la fundación que lleva su nombre, con la que busca ayudar a los niños del África Subsahariana para que accedan a educación.
“La educación infantil es algo que damos por sentado en Suiza, pero en el África subsahariana el 75% de los niños no tienen acceso a la educación preescolar. Hemos ayudado a casi 3 millones de niños a recibir una educación de calidad y hemos contribuido a formar a más de 55.000 profesores”, relató.
Finalmente, concluyó dando tres consejos más: “elijan el partido que elija, den lo mejor. Vayan por sus tiros, a su ritmo. Jueguen de manera libre. Intenten todo lo que puedan y, sobre todo, sean amables con los demás y diviértanse”.
El hombre que habló durante más de 20 minutos en el estrado de la ceremonia de graduación de la universidad Dartmouth College, en Estados Unidos, recibió un aplauso al unísono que lo emocionó. El sabio, el doctor, supo que caló su lección.