Jefferson Duque se despidió del club que más amó. Le entregó a Atlético Nacional 12 títulos y se convirtió en el tercer goleador histórico del equipo: solo superado por Víctor Hugo Aristizábal y Jhon Jairo “La Turbina” Tréllez.
“La Fiera” o “El Devorador” –como le apodaron los narradores de televisión– creció en el Popular 2 de Medellín. Ha vestido la camiseta de siete equipos, pero su gran amor fue Nacional.
Lo demostró en 2017 cuando militaba en el Deportivo Cali. Era la final del campeonato. Minuto 19. La serie estaba empatada 2-2. Los entonces dirigidos por Reinaldo Rueda se descuidaron en el área y hubo un cabezazo que Franco Armani atajó. Pero dio rebote. El “9”, que siempre fue un delantero letal remató y mandó la pelota al fondo. Era gol. La serie se destrabó, pero Duque no celebró: se arrodilló y le pidió perdón a los 45.000 asistentes que ese día fueron al Atanasio Girardot.
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“El camino es largo y a la vez corto, si me pongo a recordar todos los sueños que he cumplido junto a ustedes, parece que fue ayer. Desde niño soñaba con jugar en el mejor equipo del país, un sueño que veía imposible pero Dios lo materializó”, dijo Duque en el comunicado que marcó el cierre del goleador con el equipo verde.
La primera vez que los hinchas de Nacional conocieron a Duque fue en 2012. El jugador venía de ser el goleador de la B con 20 anotaciones para el Rionegro y el presidente de entonces, Juan Carlos de la Cuesta, decidió ficharlo para reforzar el equipo del Sachi Escobar.
“Estoy contento por vestir esta camiseta, la voy a sudar todos los partidos para que el equipo consiga muchos triunfos”, decía un tímido Duque a los medios de comunicación durante su presentación. Fue premonitorio.
Rápidamente se impuso como titular. Superó en rendimiento a jugadores como Andrés Rentería, Diego Álvarez, Johan Fano y Fernando Uribe.
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Antes de su salto a Nacional, el devorador todavía vivía en su barrio del Popular 2. La casa estaba sin revocar y sus primos le insistían en ganar dinero con sus goles para que “vivamos en una casa más bonita”.
Doña Adriana Patricia Montoya, su mamá, siempre creyó en el talento de Duque. Apretaba sus bolsillos y sacaba unos pesos para poder pagarle la inscripción en la escuelita de fútbol de Luis Alfonso Marroquín. El calidoso respondió rápido y fue a dar en la divisiones menores del Deportivo Cali. Desde allí saltó a probarse en el Pereira.
Con los “matecañas” casi se retira del fútbol. Estuvo dos años sin jugar. Había contado en una entrevista con EL COLOMBIANO que “hasta hambre me tocó aguantar, debido al retraso de los sueldos, aunque al final me pagaron todo”.
La potencia, su buena definición y los cabezazos letales llamaron la atención de los Leones de Oriente (hoy en Itagüí). Cuando firmó, dijo, que esa sería su vitrina para saltar a la primera división.
“El fútbol es lo mío, lo que mejor sé hacer y me siento contento de tener la posibilidad de sacar adelante una familia”, había dicho Duque.
Duque silenció el estadio el Campín de Bogotá cuando fusiló a Camilo Vargas en la final del 2013. También dejó mudo al Sampaio cuando le marcó al Atlético Mineiro de Ronaldinho y llevó al verde hasta los cuartos de final de la Libertadores en 2014.
Después de ganar la liga de 2015, Jefferson Duque se fue al fútbol mexicano y se privó de ser campeón continental al año siguiente. En ese país vistió la camiseta del Atlas y del Morelia. Regresó y jugó para el Deportivo Cali y el Independiente Santa Fe.
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En 2019 regresó al equipo que más amó. Fue campeón de la Liga ante el Deportes Tolima en 2022. Alcanzó a jugar 315 partidos con la camiseta de Nacional y sumó 121 anotaciones.
“Conservaré siempre las grandes experiencias, mi más sincero cariño a todos. Me despido con el orgullo de ser el tercer goleador histórico del equipo más grande. Lo entregué todo a este escudo bañado en gloria y grandeza”, finalizó la leyenda que se despide.