Siempre actúa con la frialdad de alguien con nervios de acero. Parece no sentir presión en ninguna situación. Todo el tiempo está tranquilo. No importa si está abajo en un partido o tiene encima los medios por el escándalo que produjo el positivo por dopaje –del que siempre afirmó ser inocente–, que se conoció antes del inicio del Abierto de Estados Unidos 2024, por una prueba que le hicieron en marzo pasado.
No. A Jannik Sinner, joven italiano de 23 años que nació en San Candido, una localidad del norte de Italia que está cerca de Austria y que, durante gran parte del año tiene las montañas que lo rodean llenas de nieve, parece que nada lo perturba. Ni el asedio inquietante de la sombra del fracaso lo frustra, lo saca de casillas, como le ha pasado en varias oportunidades a Novak Djokovic; ni el éxtasis de la victoria lo vuelve loco, lo pone a celebrar con sollozos de alegría mientras está tirado en el suelo, como le sucede a Carlos Alcaraz.
Este hombre, de cuerpo extremadamente delgado, piernas y brazos largos endebles, y una palidez endémica que resalta su cara de infante eterno con unos rizos color cobre natural que, cuando no tiene puesta una gorra siempre le tapan la frente, está lejos de ser un “showman”.
Aunque es el mejor tenista del mundo en la actualidad (ocupa el primer puesto del ranking ATP desde junio) y aún cuando el fin de semana pasado se convirtió en el segundo italiano en ganar dos títulos de Grand Slams en su carrera profesional, detrás de Nicola Pietrangeli, campeón del Roland Garros en 1959 y 1960, él se mantiene firme en su tranquilidad, su serenidad.
El domingo, después de que venció en tres sets 6-3, 6-4, 7-5 al estadounidense Taylor Fritz y se quedó con la final del US Open de este año, tras superar la adversidad de tener en contra a la mayoría de los 23.000 aficionados que colmaban el estadio Arthur Ashe de Nueva York, lo único que atinó a hacer fue levantar las manos, morderse de manera sutil los labios, cerrar los ojos, ponerse las manos en el pecho y respirar profundo, lento, como quien está meditando.
Sí, ya sabe que es el mejor y en la cancha lo demostró. Sí, su carrera pasa por una curva ascendente que lo ha llevado a vivir el año con mejores resultados desde que es profesional (también ganó el Abierto de Australia). Sí, sabe que ahora más que nunca está llamado a liderar, junto a un Alcaraz golpeado en su salud mental, el recambio generacional del otrora deporte blanco.
Un chico de bajo perfil
Y como es consciente de eso, como sabe que todo el mundo lo voltea a mirar por ser una estrella, prefiere mantener un perfil bajo como lo hacen, en su Italia natal, Johann y Siglinde, sus papás, que antes tuvieron un restaurante en el que él cocinaba y ella era mesera.
Con el trabajo de ese lugar, le dieron a Jannik la oportunidad de practicar todos los deportes que quiso. Por eso el joven, conocido como “la zanahoria” en el mundo del tenis (por su color de cabello), fue campeón de esquí.
Ese fue el motivo por el que el niño, antes de que el entrenador italiano Ricardo Piatti, formador de Djokovic y María Sharapova, lo viera jugar y lo llevara lejos de su ciudad natal para perfeccionar su derecha metódica para golpear la pelota, jugaba fútbol.
Pero al final se quedó en el tenis y, alejarse de los suyos lo obligó a socializar, nunca superó la timidez crónica que es la base de su personalidad y hace que todo el tiempo actúe con frialdad y serenidad.