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Video | La pataleta de James que casi le cuesta la expulsión en México

El 10 colombiano hizo una protesta desmedida en el duelo en el que León igualó 1-1 con Querétaro, pero el árbitro le perdonó la roja.

  • La imagen de un James furioso lanzando su guayo. FOTO TOMADA DEL VIDEO DE X
    La imagen de un James furioso lanzando su guayo. FOTO TOMADA DEL VIDEO DE X
05 de abril de 2025
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El León mexicano no pasó del empate ante Querétaro, por 1-1, este viernes, y en medio de un duelo cargado de tensión, con la pelota ardiendo entre los pies y los corazones latiendo al ritmo de la ilusión, James Rodríguez vivió un momento que pudo haber tenido consecuencias fatales para su equipo. Un instante de incomodidad, una protesta enérgica, una tarjeta amarilla que no pasó desapercibida y que convirtió cada uno de sus movimientos posteriores en un ejercicio de prudencia y cálculo.

Corría el minuto 71 cuando el 10 cafetero, con el balón dominado en el centro del campo, fue derribado por detrás por Óscar Manzanarez, defensor de Querétaro. El árbitro no dudó en sancionar la falta a favor de León, pero la reacción del colombiano encendió las alarmas. Visiblemente molesto por la brusquedad de la entrada, James recogió uno de sus guayos y, en un gesto de frustración, lo lanzó con fuerza al suelo, muy cerca del colegiado. El árbitro interpretó el acto como una protesta desmedida y, sin vacilar, le mostró la tarjeta amarilla.

Lo cierto es que el incidente no pasó a mayores. El árbitro, en una decisión que combinó autoridad y templanza, optó por continuar con el juego sin elevar el castigo. Pero la advertencia ya estaba sobre la mesa, y con ella el peso invisible que recae sobre un jugador talentoso cuando el margen de error se reduce a cero.

James tuvo que jugar condicionado. No era solo el riesgo de una segunda amonestación lo que lo limitaba, sino la conciencia de que cualquier protesta adicional, cualquier entrada mal medida, cualquier reacción intempestiva podía dejar a su equipo con diez jugadores y cambiar por completo la historia del partido.

Y es que James no es un jugador cualquiera. Es el faro que ilumina el camino, el cerebro creativo que conecta líneas y abre espacios, el capitán espiritual de un equipo que lo necesita tanto por su fútbol como por su liderazgo. Tenerlo sobre el campo no es un lujo, es una necesidad.

Por eso cada segundo que pasó después de la tarjeta fue una batalla silenciosa. Se le vio más cauto, midiendo cada pase, eligiendo las palabras con precisión quirúrgica, conteniendo gestos que en otro contexto quizás habrían sido más vehementes. Pero también se le vio comprometido, inteligente, sabiendo que el arte de jugar al fútbol también incluye saber resistir y no ceder al impulso.

Cuando finalmente fue sustituido, el banco respiró aliviado. Había cumplido su tarea, había aguantado el vendaval emocional y había salido ileso. James, con su experiencia y temple, le enseñó una vez más al mundo que el fútbol no es solo cuestión de talento, sino también de cabeza fría cuando el corazón quiere arder.

En partidos donde los detalles deciden destinos, esta escena, casi inadvertida, revela la madurez de un jugador que ha crecido con las cicatrices del juego y que entiende que, a veces, ganar también es saber no perderse.

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