Al exfutbolista brasileño Adriano lo derrotó el éxito. El sueño que cumplió, gracias a su talento, se le convirtió en una pesadilla. Tuvo las cualidades para tocar el cielo con las manos, pero el dolor de la muerte de su padre en 2002 lo superó.
Era una estrella. Fue el sucesor de Ronaldo Nazario. Cuando todo el mundo se preguntaba quién podría reemplazar al “Fenómeno”, apareció el “Emperador” brasileño de 1,90 metros, tez morena, cabello rapado como artista urbano y una contextura física tremenda que le daba un aire al súper héroe Hulk.
Brilló como pocos. Anotó goles increíbles. Los remates de media distancia con su pierna izquierda parecían una bala de cañón. Fue campeón en Italia. También con la Selección de Brasil. Ganó la Copa América del 2004 en Perú, donde celebró siete veces y se quedó con la Bota de Oro.
Ese fue el mejor momento de su carrera. Los focos de las cámaras se posaron sobre su figura. Todo el mundo quería ser Adriano, pero él solo anhelaba ser el niño que jugaba fútbol por las calles de Vila Cruzeiro, la favela del sur de Río de Janeiro en la que creció, bajo el cuidado de su padre.
Así lo confesó en un artículo publicado por el medio norteamericano The Players Tribune, que fue titulado “Una carta a mi favela”. En el texto, Adriano Leite Ribeiro narró las razones por las que siempre regresa al barrio donde creció. Ese lugar de calles estrechas, música a todo volumen, venta de drogas y circulación de armas, es su refugio, el lugar del eterno retorno.
Perseguir una sombra
Al “Emperador” no le importó la fama, el dinero. Tampoco los rumores. Del exfutbolista de 42 años se ha dicho de todo: que es drogadicto y alcohólico, que se relaciona con los criminales de su barrio, que tiene vida de gánster.
Por eso los medios internacionales lo calificaron como una figura que se perdió. “¿Sabes lo que se siente ser una promesa? Lo sé. Incluso una promesa incumplida. El mayor desperdicio del fútbol: yo”, dicen las líneas con las que comienza la carta que dedicó a su barrio.
“Me gusta esa palabra, desperdicio. No solo por cómo suena, sino porque estoy obsesionada con desperdiciar mi vida. Estoy bien así, en un desperdicio frenético. Disfruto de este estigma. Bebo cada dos días, sí. (Y los otros días también.) ¿Cómo llega una persona como yo al punto de beber casi todos los días? No me gusta dar explicaciones a los demás, pero aquí va una: bebo porque no es fácil ser una promesa que sigue en deuda. Y a mi edad, esto es aún peor”.
Adriano creció en un barrio donde el fútbol es casi una obligación porque, para entrar y salir, hay que pasar por una cacha. Ahí vivió los mejores momentos de su infancia en compañía de su padre, Mirinho, quien los sábados lo llevaba a que lo viera jugar y luego se convirtió en su mayor fanático.
También fue el cómplice que lo convenció para disputar la final de un torneo del barrio contra un rival importante cuando ya era profesional: como en el cuento Esperándolo a Tito de Eduardo Sacheri, la estrella del balompié mundial llegó desde el Viejo Continente y ayudó a sus amigos a ganar. Se armó una fiesta tremenda en la cancha: música, juegos pirotécnicos, mujeres contentas y licor, mucho licor.
Una noche parecida a esa fue que Adriano conoció la sensación de estar borracho, pero cuando tenía 14 años. Estaba en la cancha con sus amigos y le dieron de beber. Su padre, un hombre que siempre estuvo en contra del licor porque su progenitor –abuelo del futbolista– falleció por la adicción al mismo, le quitó el vaso de la mano.
Lo regañó. Le reclamó que si era el ejemplo que le había dado. Adriano dijo que no. Soltó el vaso por el respeto que sentía por el hombre que, cuando él tenía 10 años, en 1992, recibió el impacto de una bala perdida cerca del cráneo y empezó a sufrir de ataques de epilepsia que lo aquejaron hasta la muerte.
Por eso no pudo trabajar más. Adriano y su madre se hicieron cargo de la casa. Ella hizo varios trabajos. Él lustró zapatos, vendió dulces. Sus familiares del barrio también los ayudaron. Una tía que recibía bonos de alimentación en su empresa, se los regalaba a la madre del deportista para que le diera algo de comer.
El barrio, donde hace un calor infernal que lleva a que sus habitantes anden en pantaloneta, sin camisa, descalzos todo el tiempo y a que se bañen tirándose cocadas de agua fría en cualquier calle, es algo que le permite a Adriano mantener vivo el recuerdo de su padre. Sí: dijo que lo ve en casi todas las esquinas. Desde hace más de 20 años, el “Emperador” persigue un fantasma.
“Un duelo mal tramitado puede tener efectos en el bienestar de una persona cuando no se cuenta con herramientas para enfrentar el dolor. En el caso de Adriano, los efectos se amplificaron debido a la presión del entorno deportivo y la expectativa sobre su rendimiento. El duelo genera síntomas depresivos, donde la tristeza se convierte en un estado constante. Eso afecta la energía, todo. Las tareas del común se vuelven más difíciles. Llega un momento donde siente que no lo llena lo que hace, que el dolor lo supera. Eso lleva al consumo del alcohol como manera de evitar la realidad que le duele. Por eso es importante reforzar la salud mental en el deporte”, analizó Natalia Franco, ciclista profesional y psicóloga deportiva.
¿Huir es para valientes?
Con la partida de su padre, Adriano sintió que quedó solo: era un niño desprotegido al que el peso de la gloria se le vino encima, como dijo el exfutbolista argentino Javier Zanetti, compañero en el Inter de Milán y amigo de la vida.
El futbolista ya conocía la soledad. Su primera Navidad en Italia fue aburrida: el frío, las calles vacías, la gente en silencio, contrastaban con el bullicio de su barrio. Por eso, cuando llamó a sus padres, lloró unas lágrimas amargas que pasó con vodka.
La depresión lo embriagó. Su vida se descontroló. Bajó el nivel y subió de peso. Se borró del mapa. “Cuando me ‘escapé’ del Inter y salí de Italia, vine a esconderme al barrio. Necesitaba la libertad. Ya no soportaba más tener que estar siempre pendiente de las cámaras cada vez que salía. No fue por la bebida, ni por las mujeres. Era por la libertad. Era porque quería paz. Quería vivir, volver a ser humano”, narró en su carta.
En el Inter llegaron a un acuerdo para que volviera a Brasil. Lo cedieron al Sao Paulo por una temporada. Debía regresar en 2009. Pero tocó fondo: no iba a entrenar por consumir licor, llegaba tarde. Volvió a desaparecer. Le terminaron el contrato. Flamengo lo recibió. Estuvo dos años. Luego, en 2010, regresó a la Roma de Italia. Se le rompió el tendón de Aquiles. No pudo jugar más. En Corinthians lo apadrinaron, pero no pudo jugar por un largo tiempo. Después de pasar por Paranaense y Miami F.C., se retiró en 2016.
Quedó sin dinero. Luego, con los años, se recompuso un poco. Vive en Barra da Tijuca, una zona “bien” de Río. Sin embargo, todo el tiempo va a Vila Cruzeiro para ser, cada tanto, el niño que creció, el hijo que nunca quiso dejar de ser, el amigo famoso: “no es el mejor lugar del mundo, pero es mi lugar”.
27
goles anotó Adriano con Brasil. En total, celebró 170 veces en 379 partidos durante su carrera.