Dos mujeres ocupan un lugar importante en la carrera periodística de Pablo Navarrete, el autor de Plegarias de un pueblo muerto El Aro, un libro sobre la masacre ejecutada por los paramilitares a finales de 1997, en un corregimiento del municipio de Ituango.
Las mujeres son Nina Pizarro, la hermana menor de Carlos Pizarro, y la periodista Olga Behar. De la primera, Pablo escuchó en la infancia los relatos sobre el conflicto armado colombiano. Al lado de la segunda aprendió los secretos de la reportería. De alguna manera, el ejemplo de ambas lo orientaron por la senda que lo llevarían a enfrentarse al horror de la guerra.
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En un proceso de investigación sobre las causas y las consecuencias del asesinato del humorista Jaime Garzón, Pablo recibió de una fuente del Congreso de la República un archivo con documentos sobre ese crimen. En la lectura de esos materiales –cuenta el periodista– encontró una carpeta con una inscripción llamativa: “El Aro vs Jaime Garzón”. Dentro de ella había páginas enteras con las declaraciones de Francisco Enrique Villalba Hernández, alias Cristian Barreto, uno de los paramilitares acusados de cometer los asesinatos en El Aro y quien en sus testimonios vinculó al expresidente Álvaro Uribe en el caso, aunque después se retractó de sus señalamientos.
Esos documentos le ayudaron al periodista a entender que las masacres hicieron parte de una estrategia de los paramilitares destinada a controlar zonas claves para el tránsito de la droga o de las tropas.
Hasta el momento no existe una verdad judicial sobre ese evento macabro en el que fueron asesinados más de 17 campesinos y otros tantos fueron despojados de sus pertenencias y de sus tierras. Muchos de los autores materiales de la masacre han desaparecido o, de plano, han sido asesinados en circunstancias que no dejan de levantar sospecha a los reporteros. Eso le pasó a alias Cristian Barrero, que fue asesinado en 2009 en el municipio de La Estrella.
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Para explicar este ambiente de suspicacia e impunidad, Pablo cita un fragmento de un discurso de Jesús María Valle, defensor de derechos humanos asesinado en 1998, que dijo que “el meridiano de la violencia pasa por Antioquia”. Frente a eso le corresponde al periodismo –en opinión del escritor– ayudar a esclarecer la verdad histórica de la barbarie desatada por guerrilleros, paramilitares y agentes del Estado.
“Después de conocer el caso, por alguna razón que no entiendo, no pude parar y comencé a investigar. Me puse en contacto con las víctimas, especialmente con dos con las que logré hacer muy buen match. Pasé seis años de investigaciones, buscándole la punta a la historia, la arista escondida. Yo quise hablar de las historias de las víctimas y de cómo las estructuras actualmente viven en el territorio”, dice Pablo.
En el caso de El Aro, entre otras razones, la masacre obedeció a las disputas de los paramilitares con el Frente 18 de las Farc por el dominio del Nudo de Paramillo, un corredor perfecto para pasar por tierra desde Antioquia a Córdoba y viceversa.
En la masacre de El Aro perdieron la vida William de Jesús Villa García, María Graciela Arboleda Rodríguez, Héctor Hernán Correa García, Jairo de Jesús Sepúlveda Arias, Arnulfo Sánchez Álvarez, José Darío Martínez Pérez, Olcris Fail Díaz Pérez, Wilmar de Jesús Restrepo Torres, Omar de Jesús Ortiz Carmona, Fabio Antonio Zuleta Zabala, Otoniel de Jesús Tejada Jaramillo, Omar Iván Gutiérrez Nohavá, Guillermo Andrés Mendoza Posso, Nelson de Jesús Palacio Cárdenas, Luis Modesto Múnera Posada, Dora Luz Areiza Arroyave, Alberto Correa, Marco Aurelio Areiza Osorio y Elvia Rosa Areiza Barrera, según el listado hecho por CIDH en una sentencia de 2006.
“Las víctimas de El Aro fueron campesinos que realmente no le hacían daño a nadie: vivían de la cría de ganado y de sembrar frijoles y café y de comercializar eso en los territorios que quedaban en la parte baja del municipio. Ellos no representaban peligro para absolutamente nadie. Eran gente que vivió de su trabajo”, dice Pablo.