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Pitchipoï, un lugar más allá de la imaginación

A Jacqueline Goldberg su papá le decía que cada paseo en carretera llevaba a Pitchipoï. La palabra tenía otro significado.

  • La parte gráfica que acompaña el relato de Jacqueline estuvo a cargo del ilustrador bogotano Juan David Quintero. FOTO cortesía Tragaluz
    La parte gráfica que acompaña el relato de Jacqueline estuvo a cargo del ilustrador bogotano Juan David Quintero. FOTO cortesía Tragaluz
07 de junio de 2019
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Hay un deleite extraño en apropiarse de las palabras. Escoger entre tantas consonantes y vocales, ponerlas entre los dientes y expulsarlas al mundo como un concepto que nunca había sido bautizado de esa manera.

Es un ejercicio a veces muy inocente, cultural incluso. Jacqueline Goldberg recuerda que su papá solía hacer eso, pero con una sola palabra: Pitchipoï. Para ese entonces, ella no sabía que ya se había usado antes. No era inventada por su padre, pero se volvió familiar, que tomaban casi de chiste.

Cuando ella era pequeña y su curiosidad crecía, tenía esa necesidad de preguntar absolutamente todo. “¿A dónde vamos?”, lanzaba mientras el carro andaba a toda velocidad por la carretera. Su papá, animado, le respondía casi todas las veces de la misma manera: “¡Vamos a Pitchipoï!”.

¿Qué significaba esa palabra tan sonora? Podía ser cualquier destino, ella sabía que era imaginario, pero podía ser lo que deseara. Su imaginación y su padre se lo permitían.

Su experiencia con esa palabra está plasmada en un libro triangular, que se espera que sea el primero de varios en esa forma que publicará Tragaluz Editores en ese formato.

En el comienzo del fin

“Pitchipoï era secreto sin secreto”, dice en una de las páginas del libro ilustrado en el que, con pocas palabras, Jacqueline formula las posibilidades que contemplaba cuando la escuchaba.

Que si sonaba a inglés o a francés. Que si era un lugar en Polonia, porque sus abuelos eran de allá, o si de pronto quedaba en el Polo Norte o en el Sur.

Llegó a pensar cualquier cantidad de opciones a medida que el tiempo se iba. Pasaron unas cuántas décadas, el uso de la palabra mermó, Jacqueline se hizo mamá, pero la curiosidad no frenó.

Desde que llegó internet a su natal Venezuela, por allá en 1996, se puso a indagar por su pasado, y entre unas cuántas búsquedas, apenas unos años atrás, se enteró de que antes de que su padre usara esa palabra, alguien más le había otorgado otro significado... Uno mucho más oscuro.

“Cuando los judíos veían los trenes partir, preguntaban a dónde iban. Los guardias solo respondían: ¡A Pitchipoï”, cuenta ella. “A los niños les decían eso como me lo decían a mí, como si fuera un lugar imaginario”, dice, pues se trataba de un campo de concentración, habla de Aushwitz-Birkenau.

Fue un impacto duro. La familia de su padre, judía, había huido del Holocausto en Polonia y viajó a Francia esperando sobrevivir. Esa palabra hizo parte de su historia otra vez, pero ahora era distinto. Para ella, “ha habido una resignificación, una dolorosa y memoriosa”.

Su padre nunca lo supo, aunque ella intentó contarle antes de que él falleciera, pero cree que él no lo entendió, quizá sea mejor así. Recordar Pitchipoï como aquel sitio donde todo podía pasar y no cómo el lugar donde todos los sueños se hacían pedazos.

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