En 2019 un fan de Travis Scott declaró en Look Mom I Can Fly, documental biográfico del rapero: “Te puedes caer y todos te levantarán. Es extraño cómo la música de una persona puede convertir a todos en una familia así”. La realidad lo desmintió de un tajo: el viernes una multitud enfebrecida por la presencia de Scott en el escenario arrasó a cientos de personas, dejando ocho muertos y decenas de heridos.
Al enterarse de la noticia –concluido el acto– el cantante de treinta años trinó: “Estoy absolutamente devastado por lo que sucedió anoche”. Sin embargo, esta no es la primera vez que los desmanes y el desorden alteran sus conciertos. La suya ha sido una carrera marcada por la rabia y la provocación.
Nacido en Houston –con el nombre de Jacques Berman Webster II–, Scott es un fenómeno cultural. Para darse una idea de su estatus en el ecosistema mediático basta saber el nombre de su cónyuge: Kylie Jenner, miembro del clan conocido en buena parte del mundo por ventilar su vida privada en la serie televisiva Keeping Up with the Kardashians.
A diferencia de su esposa –hija de una celebridad y de un medallista olímpico–, el rapero no siempre tuvo tras de sí a las cámaras. Después de pasar unos años con su abuela en los suburbios de la urbe natal cuando era niño, el rapero volvió a la casa paterna. Interrumpió los estudios en la U. de Texas y viajó a Nueva York con el plan de consagrarse por completo a la industria musical.
El artista
La música de Scott –apodado La Flame– conquistó el favor de las audiencias jóvenes. Desde Rodeo, álbum lanzado en 2015, las ventas de sus discos han crecido con la prisa de la espuma. Astroworld, de 2018, fue su canto de cisne: en pocos días batió records al lograr el primer puesto Billboard 200. Tal éxito lo sacó de las fronteras del hip hop al transformarlo en líder de la industria pop. A esto se le suma su destreza en el mercadeo: promociona eventos con eficacia asombrosa en las redes sociales.
En síntesis, un coctel explosivo. Su impacto es visible. Por ejemplo, en los primeros minutos del documental citado se percibe el magnetismo del rapero: increpa, da órdenes, desafía, salta del escenario a los brazos del público. Por momentos, el espectador tiene la impresión de asistir a un mitin político, a un evento religioso, no a un recital normal.
Para entender el ascenso de Scott y los acontecimientos del sábado, el profesor de psicología Ricardo Andrade menciona una obra capital del pensamiento freudiano: Psicología de las masas y análisis del yo. En ella se explica el proceso “de identificación con el líder que ocupa el lugar del ideal”. Al ocurrir esto, los sujetos se convierten en masa y en consecuencia pierden las funciones críticas, la autorregulación emocional, entre otras capacidades.
“En la masa usted no es usted. En la masa las personas pierden las funciones inhibitorias. En la masa uno pierde la individualidad y por esa razón hace cosas que normalmente no haría”, comenta Andrade. Lo anterior lo completa el jefe del departamento de Psicología de Eafit Johnny Orejuela al explicar el papel de los líderes: “Ellos generan un referente hacia el cual orientarnos, interpretan el yo ideal. También nos libran del desamparo, le dan un norte a nuestra vida”.
Con el declive de los referentes identitarios –Dios, la familia, la patria–, la ciudadanía queda en una especie de deriva, una suerte de orfandad. Esto, asimismo, explica el surgimiento en todos los campos de figuras atractivas para las audiencias por sus altas dosis de radicalismo. Dicha tendencia cubre no solo el entretenimiento, alcanza la política, la economía, el deporte. El vínculo del líder carismático con sus seguidores en muchos aspectos es similar al enamoramiento: se idealiza al otro hasta el punto de considerar la mínima crítica al amado un acto mayor de deslealtad.
La Flame es muy consciente de su poder. En 2018 estrenó en YouTube el video Stop trying to be God (Deja de intentar ser Dios). Allí encarna una versión lumpen de Jesús: bautiza, conduce rebaño de ovejas mientras sus discípulos bailan alrededor. Incluso, para cruzar las fronteras de lo bien visto, aparece en el cielo disfrazado con el ropaje de Dios Padre.
La irreverencia de los modales y la crudeza de su lírica lo han llevado a ser comparado con Eminem, Tupac y Snoop Dog. Los conflictos con las autoridades son trampolín para su figura: en dos ocasiones la policía lo ha acusado de incitar el caos en sus presentaciones. Al declararse culpable y pagar las multas se ha librado hasta ahora de las consecuencias. Por supuesto, este es el camino corto para aumentar el impacto en la audiencia: el arresto de Jim Morrison en plena tarima lo corrobora. Después de ser fotografiado en 1967 con las esposas, el vocalista de The Doors alcanzó el nivel de la leyenda.
Las repercusiones
Según The New York Times, antes del inicio del programa el jefe de policía de Houston, Troy Finner, conversó con Scott sobre las preocupaciones con respecto a la seguridad pública. Las previsiones logísticas fueron superadas por la efervescencia de los asistentes, alimentada, desde luego, por el artista. Los videos en redes sociales y los informes policiales registran un ambiente salido de las manos. Una de las publicaciones con mayor cantidad de vistas fue la historia de Instagram hecha por Jenner: grabó fragmentos del concierto. Con el escándalo al rojo vivo, ella defendió a su marido al afirmar que de haber conocido la gravedad de la situación “no habría continuado el show y yo no habría seguido grabándolo”.
Corren historias –muchas apócrifas– de lo acaecido el viernes. Por ejemplo, se dice que un agente de seguridad fue inyectado en el cuello con una sustancia desconocida. Por lo anterior, la Policía abrió dos líneas de rastreo: homicidios y narcóticos. El abogado Tony Buzbee anunció una demanda contra Scott y los organizadores del festival.
A la espera de establecer responsables, La Flame prometió apoyo económico para los sobrevivientes al tiempo que su nombre y rostro aparece en mil partes. Frente a todo esto, el profesor universitario Juan Antonio Vázquez recomienda evitar el juicio moral y tratar de entender la complejidad del asunto: “En esto hay razones técnicas, logísticas, malas previsiones y la efervescencia que puede producir un fenómeno cultural (...). ¿Qué vemos en esos artistas? Las respuestas a muchas preguntas que nos hacemos. Son la expresión de una sociedad”.
La responsabilidad de los líderes en cualquier campo es la de evitar el apasionamiento de sus adeptos. Y la del resto de los mortales escoger guías menos proclives a la estridencia y el radicalismo. No obstante, las dinámicas de la civilización del espectáculo presagian lo contrario.
600
mil copias vendió Astroworld, la obra emblemática de Travis Scott.